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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. José Guadalupe Martín Rábago, Arzobispo de la Arquidiócesis de León Guanajuato, en la peregrinación de su arquidiócesis, a la Basílica de Guadalupe.

19 de octubre de 2008

Muy queridos y apreciados hermanos sacerdotes, quiero saludar con sentido de hermano y amigo a todos los peregrinos que han venido desde las tierras del Bajío, particularmente de nuestra Arquidiócesis de León, bienvenidos todos. Saludo a todas las demás personas, que como es costumbre vienen devotamente a participar en esta Basílica de nuestra Señora el Domingo, día del Señor.

Hoy la Iglesia Universal celebra el Domingo Mundial de las Misiones es una festividad que nos recuerda la verdadera naturaleza de la Iglesia, que nació del costado abierto de Cristo para continuar en el mundo y hasta el final de los tiempos la misma misión que Jesús recibió del Padre. Esta es la razón de ser de la Iglesia. Lo que define su identidad más profunda. La Iglesia es misionera por esencia. Providencialmente celebramos este Domingo de las Misiones en el Santuario de nuestra Señora de Guadalupe.

María es la gran misionera, lo dice también el Documento de Aparecida, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de los misioneros. Ella así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América. Nosotros como mexicanos especialmente hemos percibido el carácter misionero de María en el Acontecimiento Guadalupano. Cuando nacíamos, como nación mestiza, llegó María para abrirnos a los dones del Espíritu, para anunciarnos a Cristo, para fortalecer los vínculos de fraternidad entre pueblos y etnias de gran diversidad, alentando la reconciliación, el perdón, el sentido de pertenencia a una sola familia. La familia de Dios que es la Iglesia. María de Guadalupe nuestra Señora es sin lugar a dudas la gran misionera de nuestra patria y en general del Continente Americano. Esta actividad evangelizadora de María a impreso una fisonomía peculiar en el rostro de nuestro catolicismo latinoamericano.

Nuestros pueblos sienten la presencia cercana de María; manifiestan una gran fe y confianza en Ella. María, Madre de la Iglesia pertenece a todos los creyentes y ellos la sienten como una presencia de ternura y de protección. En Ella encontramos el modelo de creyente; en Ella encontramos, también, el espíritu de nuestra vocación de discípulos y misioneros. Viendo a la Santísima Virgen y concretamente en esta imagen bendita de nuestra Señora de Guadalupe aprendemos la lección. Amamos a Cristo en la medida que estamos dispuestos a comprometernos, a llevarlo, a testificarlo a los demás para que nuestra Iglesia sea el pueblo santo de Dios.

Hermanos, venidos especialmente de las tierras del Bajío desde la Diócesis de León, sabemos muy bien que hemos venido peregrinando hasta este Santuario con corazón de peregrinos. Hemos venido movidos por el deseo de encontrarnos juntos, como familia diocesana, como hermanos en la casa de la Madre común. Venimos con la confianza de ser escuchados por la Madre del verdadero Dios por quien se vive y estamos seguros que aquí escucharemos una vez más las palabras suaves y entrañables que la Virgen de Guadalupe dijo a Juan Diego y que fueron pronunciadas para todos nosotros: ¡qué palabras! ¡cuánto las necesitamos en este ahora difícil de nuestra patria! Como no recordar palabras que conocemos y aprendimos desde niños: “¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿no estás bajo mi sombra? ¿no soy yo tu salud? ¿tienes necesidad de alguna otra cosa?” Nosotros sabemos que estas son palabras sinceras, que estas son palabras dignas de confiar porque son palabras de Madre, de la Madre de Dios y Madre nuestra. Son palabras que engendran esperanza, sí, una esperanza que tanto necesitamos en estos momentos dramáticos de nuestra patria mexicana. Las necesitamos porque parecería que se han desatado las fuerzas del mal; crece la violencia y la inseguridad en forma tan preocupante, que no sentimos tranquilidad para viajar por los caminos y las calles de nuestras ciudades. No hay confianza, ni seguridad de poder conservar el patrimonio logrado con tanto esfuerzo y trabajo; sentimos temor inclusive de perder la propia vida porque se ha desatado una agresividad brutal, que destruye impunemente la existencia de seres humanos. Venimos a buscar aquí en esta casa común de la familia, donde nos espera la Madre, venimos a buscar la fuerza que engendra la esperanza cristiana porque queremos convencernos, más bien dicho, porque estamos convencidos que tenemos la posibilidad de un futuro mejor, que tenemos que labrar entre todos y en el cual debemos comprometernos como cristianos y como ciudadanos de esta patria nuestra.

Necesitamos esperanza cristiana, que nos es una simple resignación pasiva, sino una fuerza que nos comunica la seguridad de saber que Cristo que está con nosotros, que Él nos ha llamado a una existencia en la que ciertamente no se nos dispensa la experiencia de la crus, pero de una cruz que es signo, que nos conduce a la victoria gloriosa de la luz pascual. María es modelo de esperanza cristiana, en la esperanza María se sintió impulsada a vivir siempre fiel y obediente a Dios y disponible en el servicio a los demás. En Ella encontramos el apoyo y el modelo que nos anima a luchar contra todo lo que nos degrada, lo que se opone al proyecto de Dios. Ella quiere porque está siempre en sintonía con los sentimientos de Cristo. Ella quiere, también, que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

El creyente verdadero encuentra en su fe las motivaciones para perseverar en el esfuerzo constante de todos los días, nos comprometemos en la transformación de este mundo frecuentemente injusto e inhumano para que se convierta en un mundo conforme al proyecto salvífico de Dios. Actuando así nos hacemos ciudadanos comprometidos con las mejores causas que demanda el tiempo que estamos viviendo. En el mensaje guadalupano encontramos palabras que son como un bálsamo para el corazón y que nos gozamos saboreándolas una y otra vez y no nos cansamos de hacerlas pasar por las fibras más sensibles de nuestro ser, pero no son palabras sólo para meditar, como decía para saborearlas son palabras también que se convierten en una invitación a la realización de las tareas que nos competen en este ahora, como ciudadanos comprometidos y cristianos convencidos.

¿Qué espera María de nosotros en este ahora, hermanos? ¿qué espera María de nosotros? Hoy que hemos venido a su Santuario Ella nos mira; Ella conoce el nombre de cada uno de nosotros; Ella penetra la intimidad de nuestras vidas. ¿Qué espera? Ciertamente, serían muchas las respuestas que podríamos dar a esta pregunta, pero hay una respuesta que por su centralidad a mí me parece que tiene una especial necesidad de que la recordemos y que la asumamos con renovado vigor. La Virgen de Guadalupe dijo a Juan Diego, son palabras textuales del Nican Mopohua: “mucho deseo que se me construya aquí mi casita”. Era sin duda la petición de construir un templo donde la Virgen quería mostrarnos a Cristo para que lo conociéramos, pero la casa es también el hogar, el lugar, que congrega a la familia y donde se vive la experiencia del amor que se da y se recibe.

¿Por qué no interpretar la petición de María, nuestra Señora de Guadalupe como una invitación a ser de nuestras familias, de cada familia, una casa, un hogar de encuentro en la armonía y comprensión para que en Ella, la Virgen Santísima nos enseñe, nos evangelice a Cristo? La construcción de México, como hogar común de todos, pasa por la construcción de cada una de las familias mexicanas. No tenemos futuro, sino nos empeñamos en fortalecer nuestra vida familiar. Lo debemos hacer con mayor vigor, ahora que son más severos los ataques, los proyectos destructivos en contra de las familias, como lo constatamos en la multiplicación de los abortos, de los divorcios, del abandono de la convivencia matrimonial, del poco interés de muchos padres para asumir sus funciones educativas en favor de los hijos. Cuando se destruye la convivencia familiar se pierde la relación básica que nos humaniza. Cuando se destruye a la familia o se ataca a la familia se pierde la capacidad de amar, que es el fundamento de una sociedad civilizada y cristiana. La familia es el lugar donde aprendemos a amar y a sentirnos amados, no sólo por otras personas, nuestros familiares, sino por Dios mismo.

Queridos hermanos, es en la familia donde los padres realizan su tarea primordial e insustituible de ser los primeros educadores de los hijos, en familia aprendemos los valores que nos dan la condición de dignidad humana, como son: la honradez, la entrega desinteresada al servicio, la superación en el esfuerzo, la posteridad, la laboriosidad, la constancia en los proyectos que nos hemos propuesto. Los padres son educadores de valores humanos, pero también de valores religiosos, en la familia, y apelo a la experiencia especialmente de quienes hemos tenido familias religiosas, ¿no es acaso cierto que en las familias es dónde hemos aprendido a vivir y a confiar en Dios? Que es la familia donde hemos aprendido a orar y a reconocer que tenemos un destino de eternidad. Por eso, como dijo el Papa Juan Pablo II: “El futuro del mundo y el futuro de la Iglesia pasa por la familia”. Podemos aplicarlo con justa razón y decirlo en estos momentos de inseguridad, de dudas, cuando buscamos caminos que nos den certeza, podemos proclamarlo con confianza. El futuro que todos deseamos para México pasa por las familias mexicanas.

La familia, hermanos, es también educadora de un valor muy importante que es el valor de una sexualidad con responsabilidad. Dice, también, el Papa Juan Pablo II: “La familia ha de ser la primera escuela de la vida para los hijos preparándolos para la responsabilidad personal en todos los aspectos incluidos los que se refieren a la sexualidad”. Nuestro mundo padece de un asfixiante erotismo, que exaspera las pasiones y que engendra lamentablemente, tristemente mucha de la violencia que padecemos. El amor responsable y comprometido tiene su escuela privilegiada en el hogar.

Construyamos familias integradas y tendremos, también, una sociedad más armónica y serena. Construyamos familias que tengan la experiencia de poner a Cristo en el centro. Y entonces descubriremos que en Él, en el Cristo podemos fraternizar para comprendernos, respetarnos y salvaguardar el don valioso de la vida.

¿Cómo podemos concluir nuestra reflexión? ¿cómo podemos volver a nuestros hogares sin desahogar, también, nuestros corazones? Para pedirle, también, tantas cosas a esta Señora, nuestra Madre, todo lo que nos agobia y que queremos aprovechar esta peregrinación para pedírselas a Ella.

Señora, Madre nuestra, queremos pedirte que se trasforme nuestro corazón, que seamos capaces de responder a la encomienda que tú nos haces de ser verdaderos adoradores del Dios por quien se vive. Que nos convirtamos para vivir una fe de verdaderos discípulos de Cristo y que seamos activos misioneros comprometidos en la obra de la evangelización en los ambientes en que cada uno de nosotros vive. Que sepamos tomar con decisión la cruz de Cristo en el ejercicio de nuestras responsabilidades diarias.

Te pedimos por quienes tienen el poder entre nosotros, siempre pedimos por nuestras autoridades, como nos lo recomendaba hoy la segunda carta que hemos escuchado para que tengamos tiempos más pacíficos y más serenos. Que ilumines a los que nos gobiernan para que los sepan hacer con verdadera sabiduría, con sentido de servicio. Que se pongan decididamente de lado de la verdad, de la honestidad y de la transparencia, para que se destierre entre nosotros la cultura de la corrupción, del egoísmo, de la mentira y del acaparamiento injusto.

Señora, tú mostraste tu ternura y compasión por los más pobres y por los que menos cuentan ante los ojos del mundo. Te pedimos por tantos hermanos nuestros que hoy sufren, son los modernos Juan Diegos que crecen en número, como consecuencia de la desocupación, de la falta de oportunidad. Ellos tienen rostro, son los rostros de los campesinos desplazados por la ruina del campo, son los rostros de las mujeres sin marido, porque sus hombres han tenido que abandonar el hogar para ganarse en el extranjero el pan de la humillación y de la persecución. Te pedimos por todos nosotros los que hemos sido bautizados, pero que muchas veces hay que reconocerlo con humildad, pero con verdad vivimos un cristianismo desdibujado, sin valentía para mostrarnos coherente con los valores del Evangelio. Que todos descubramos el atractivo del rostro de Cristo y que su presencia nos cautive y nos convierta en mensajeros del Evangelio que tú viniste a traer a estas tierras.

Señora finalmente antes de retirarnos de este Santuario queremos que tu bendición nos acompañe en el retorno a nuestros hogares. Bajo tu amparo nos acogemos, líbranos de todo peligro o dulce o Santa Virgen María.

Amén.

 
 
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