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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el Sr. Cardenal Francisco Robles Ortega, Arzobispo de la Arquidiócesis de Monterrey, en ocasión de la peregrinación de su arquidiócesis, a la Basílica de Guadalupe.

12 de Agosto de 2008

Testimonios
Danzas

Muy queridos hermanos sacerdotes, queridas religiosas, muy queridos hermanos y hermanas, todos en Jesucristo nuestro Señor.

Damos gracias a Dios nuestro Padre porque una vez más nos permite estar aquí, como peregrinos de fe, de esperanza, de amor, de amor a Dios y de amor a nuestros hermanos. Una vez más, damos gracias a la Santísima Virgen María nuestra Madre, porque nos recibe y nos acoge en esta casa, que Ella mandó edificar para dar paz y consuelo a todos sus hijos. Damos gracias a Dios porque nos reúne en torno a la mesa, para alimentarnos con el pan de su Palabra y para alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre de su Hijo Jesucristo.

Precisamente, hemos recibido ya el primer platillo del banquete eucarístico, la Palabra se nos ha proclamado; la Palabra se nos ha servido. Vamos a tratar de profundizar en esta Palabra para encontrar una luz, una enseñanza práctica para nuestra vida.

El Evangelio nos invita a contemplar a María: María que para este momento ya había acogido en su corazón, en su vientre, en todo su ser, ya había acogido, la Palabra viva de Dios. El Hijo eterno del Padre, ya había tomado carne de su carne y sangre de su sangre para ser verdadero hombre, nuestro Salvador. María, pues, llena de la presencia de la Palabra de Dios en su vida y en su ser, el Evangelio nos la presenta misionera, se fue inmediatamente a la montaña a visitar a su prima Isabel y a ponerse a su servicio. María recibe la Palabra, acoge la Palabra de Dios, se somete a la Palabra como verdadera discípula del Señor y resulta misionera, enviada, mensajera de esta Palabra hacia su prima santa Isabel. Por eso Isabel la saluda: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre ¿quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a verme?”

¿Y cuál es el efecto de esta visita que María hace a su prima Isabel? El primer efecto es ese suscitar la fe. Isabel hace una confesión de fe ante la Palabra viva y presente en María. Cuando el misionero lleva la Palabra lo primero que suscita es la fe. Esta visita de María, también suscita el gozo, dice Isabel: “apenas he oído tu Palabra y la criatura que yo llevo en mi vientre ha saltado de gozo por la presencia del Salvador”.

La Palabra suscita, despierta en quien la escucha y la recibe la fe. La Palabra origina en quien la recibe un grande gozo, por eso, hermanos y hermanos, contemplando a María como la primera discípula y la primera mensajera, la primera misionera de la Palabra de Dios no podemos menos que hacer una aplicación al momento eclesial que estamos viviendo en nuestra Arquidiócesis de Monterrey, fieles a la invitación que nos hace el Episcopado Latinoamericano y del Caribe en el documento aprobado por el Papa Benedicto XVI emanado de Aparecida Brasil allí se nos hace una invitación a que nos pongamos, nos actualicemos en nuestra condición de discípulos de la Palabra de Dios. Y acogiendo en esta Palabra en nuestro corazón aceptemos el compromiso de ser misioneros, de ser enviados de la Palabra, como María para llevarla a todos y a todas sin distinción, pero de una manera muy particular a aquellos hermanos y hermanas que por el motivo que sea viven alejados, viven indiferentes y tal vez hasta contrarios a la Palabra de Dios.

Nosotros queremos renovar nuestra conciencia de discípulos fieles, obedientes de la Palabra de Dios. ¡Cuántos medios, gracias a Dios, puede ofrecer nuestra iglesia particular de Monterrey para que el que quiera escuche la Palabra, la conozca, la profundice la haga vida de su vida! ¡Cuántas propuestas tenemos gracias a Dios para que muchos hermanos y hermanas vivan un auténtico discipulado en el conocimiento y profundización de la Palabra! Basta que quieran, que se acerquen a su parroquia, que se informen en su decanato, que conozcan las propuestas de las distintas comisiones diocesanas y se darán cuenta que es abundante la propuesta de evangelización de formación en la fe, de preparación en el conocimiento de la Palabra, y si queremos ser auténticos discípulos de Jesús tenemos que tener la voluntad, la determinación de querer formarnos en el conocimiento de la Palabra de Dios. Contemplando a María, la que puso su corazón y puso todo su ser a disposición de la Palabra, nosotros nos sentimos: animados, motivados a ponernos a la escucha de la Palabra y contemplando las necesidades y las variadas realidades, de nuestra iglesia particular de Monterrey, no nos podemos conformar con el significativo número de fieles cristianos laicos que militan en los grupos y en los movimientos. No nos podemos conformar, por más que parezca numeroso con el grupo que asiste a la misa dominical, no nos podemos quedar contentos sólo porque tenemos muchos hombres, hermanos, hermanas que practican los sacramentos movidos por la Palabra, movidos por el celo misionero, somos retados a mirar todos esos sectores, todos esos ambientes a los que todavía no llega la Palabra, en los que todavía no se ve una respuesta, en los que más bien prevalece la frialdad y la indiferencia. No podemos permanecer pasivos, inactivos ante esa realidad, queremos, como María, ir presurosos al encuentro de nuestros hermanos y hermanas para llevarles el alegre mensaje de la Palabra que despierte en ellos la fe, el encuentro con Cristo Salvador y el gozo de descubrir en el la vida y la salvación.

Precisamente con la misa a la que estoy convocando nada menos que en la Basílica de nuestra de Guadalupe, en Monterrey el día 16 de este mes y en todas las misas dominicales de todas las parroquias el domingo 17. Con esto queremos, como signo, arrancar este proceso de toma de conciencia de nuestra condición de discípulos y del compromiso misionero que tenemos hacía todos y todas nuestros hermanos, especialmente a los más marginados y alejados de la vida de la Iglesia y de la vida de la sociedad. María nos inspira, María nos edifica, María nos impulsa, María nos da la confianza de ser ahora nosotros los discípulos misioneros de su Hijo Jesucristo.

Ahora, bien, según el mensaje de Aparecida esta misión tiene un objetivo muy preciso llevar a nuestros hermanos y hermanas al encuentro con Cristo. Quien es el camino, la verdad y la vida y encontrándose todos con Cristo camino, verdad y vida, podamos todos encontrar en Él la verdadera vida y la salvación. No es, pues, una misión que quiera despertar solamente un sentimiento piadoso, un sentimiento espiritual solamente, esta misión quiere encarnar en cada hombre y en cada mujer los valores más transcendentes y exigentes del Evangelio para transformar nuestra realidades, que muchas de ellas son realidades de muerte. Ahí está la realidad de muerte que produce la violencia y la inseguridad. Ahí está el signo de muerte que produce el fenómeno tristemente en crecida del secuestro y del levantón ¿cuánta pena? no sólo al que es víctima, sino ¿cuánta pena, incertidumbre y desconsuelo a las familias que sufren un acontecimiento de esta naturaleza?

El ambiente de muerte que produce la injusticia, la avaricia, la ambición, que muchos teniendo los medios y teniendo la forma de ser solidarios y compartidos con los demás, muchos buscan acaparar de manera egoísta, buscan asegurar el presente propio y el futuro de sus hijos con una postura ambiciosa, codiciosa de los bienes de esta tierra. Todas esas situaciones de muerte y de mal quieren y deben ser transformadas por los discípulos de Jesús en la puesta en práctica de los valores de su Evangelio.

La misión evangelizadora tiene como fin la transformación del corazón de cada hombre y de cada mujer para que se conviertan en agentes de transformación del mundo de muerte, en un mundo de vida y de oportunidad para todos, si este no fuera el objetivo último de la misión: transformar la vida las estructuras la sociedad, si este no fuera el objetivo, creo yo que estaríamos equivocando la intención de el Hijo de Dios, que siendo Dios hizo a un lado su condición de Dios y tomó la forma de siervo, de esclavo, naciendo de María y entregando su vida para la salvación de todos. Estaríamos contradiciendo este mensaje, esta dinámica, este camino que Dios eligió para llevar acabo nuestra redención, nuestra salvación. El camino no es el de preservar, el de asegurarnos a nosotros mismos. El camino es de entregarnos, el de dar la vida por el bien, por la salvación de todos.

María nos inspira, María nos ilumina, María nos reta, Ella no se reservó nada para sí ante la propuesta de la Palabra de Dios, Ella dijo: “yo soy la humilde sierva, yo soy la humilde esclava que me pongo en todo mi ser al servicio de la Palabra”. Este es, hermanos y hermanas, el mensaje oportunisímo  que nos transmite la Santísima Virgen María. Ahora que hemos venido de nuevo, como peregrinos, como sus hijos al encuentro de Ella, nuestra Madre, Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, este es su mensaje. El Evangelio nos hace contemplarla así: la llena de la Palabra, la discípula fiel y que por eso, por ser discípula fiel, es misionera enviada incondicionalmente a llevar la Palabra que despierta la fe y que despierta el gozo y que producen la transformación.

Quiera la Santísima Virgen María velar por este nuestro proyecto pastoral. Quiera la Santísima Virgen María alentar en todos los agentes, en primer a los presbíteros en comunión con su obispo, a los presbíteros de nuestra arquidiócesis, ampliamente representado aquí nuestro presbiterio por este grupo. Quiera la Santísima Virgen alentar en primer lugar a los agentes presbíteros, a los agentes consagrados y consagradas, a los agentes laicos bautizados y bautizadas en Cristo. Que la Santísima Virgen nos contagie desde lo más profundo por esta convicción de ser discípulos de su Hijo Jesucristo y de ser dispuestos y generosos misioneros para que propiciando el encuentro de nuestros hermanos y hermanas con Cristo en el encuentren vida plena, vida en abundancia, vida en integridad. Que Jesucristo nuestro Señor con los valores de su mensaje de Palabra y de obra encarnados en sus discípulos el Señor Jesús nos conceda la gracia de ver a nuestra sociedad transformar de menos justa o de injusta en justa, de mala o menos buena nuestra sociedad se vaya transformando en bondad para todos. Que la mentira, el engaño se transformen en una verdad auténtica que despierte confianza, armonía, convivencia fraterna entre unos y otros. Que las escasas oportunidades que muchos tienen para allegarse lo indispensable para vivir en su persona y en su familia con la dignidad de hijos de Dios. Que la escasez de esos bienes que muchos experimentan se conviertan en oportunidades, para que todos tengan lo necesario para vivir con la dignidad de seres humanos y de hijo de Dios. Que las situaciones de rencor, de envidia, de confrontación que nos dividen, que esas situaciones se tornen en actitudes de respeto a la libertad y a la diversidad pluralidad de los puntos de vista y de la manera de ser de los demás para que haya, no confrontación violenta, sino para que haya búsqueda de la verdad y del bien común, en paz, en armonía, en acuerdo para ir adelante, para mirar por el bien de todos y todas anteponiendo la ambición de un grupo, la visión unilateral de otro, las aspiraciones o las ambiciones de otros. Que la Palabra hecha carne en nuestra mente, en nuestro corazón, en la mente y en el corazón de todos los discípulos la Palabra, la Palabra de Dios nos disponga y nos abra a la búsqueda del bien de todos, como quiere María.

Díganme, hermanos y hermanas, especialmente las que son madres, ¿qué es lo que más anhela una madre respecto a sus hijos? Que tengan salud, que tengan oportunidades, que tengan posibilidades, pero lo que una madre quiere para un hijo, lo quiere para el segundo, lo quiere para el tercero, lo quiere para el cuarto para los que sean, la madre lo quiere para todos sus hijos. Y la madre encuentra su verdadera alegría en ver como sus hermanos se entienden, se comprenden, se ayudan, se perdonan, se reconcilian. Y lo que más sufre en corazón una madre: es ver que un hijo le tenga rencor enconado a su otro hijo, a su hermano.

María nos quiere hermanados en Cristo. María nos quiere solidarios en Cristo. María nos quiere ver en el seno de la familia de su Hijo, la Iglesia. Todas estas y más reflexiones motiva en nosotros la Palabra, cuando nos proponemos contemplar a María la Madre del verdadero Dios por quien se vive, la Madre de Dios y la Madre nuestra.

Ponemos en sus manos este anhelo de nuestra iglesia diocesana, junto con los anhelos, las necesidades, las peticiones de cada uno y cada una de nuestros peregrinos traiga, las ponemos todas en nuestro corazón. Yo personalmente quiero poner en manos de María el don que su Hijo Jesucristo ha querido hacer a su iglesia de Monterrey, por ministerio del sucesor de Pedro, el Papa Benedicto ha querido hacer Jesucristo un don a la iglesia de Monterrey: comprometer más a su pastor actual en su condición de discípulo de Jesús. El ser cardenal de la Iglesia exige un mayor compromiso en el discipulado, en el seguimiento de Jesús. Ser cardenal de la Iglesia pone en compromiso de ser más celoso misionero del Hijo de Dios, de Jesucristo nuestro Señor y lo pone en el compromiso de la disponibilidad si es el caso hasta de dar la vida, hasta derramar la sangre por el Evangelio de Cristo, esto es un don, esta es una gracia, no que se merece. Gracia, significa: gratis, es fruto de un amor incondicional, de un amor totalmente desinteresado, todo es gracia, todo es gratis. Así lo acojo yo, así lo acogemos en la iglesia de Monterrey y así lo ponemos en manos de María para que Ella nos ayude a agradecerlo, para que Ella nos alcance la gracia de vivirlo y para que Ella nos alcance la gracia de permanecer fieles y hacer fructificar este don hasta la muerte.

Sigamos, hermanos y hermanas, peregrinos, peregrinas sigamos celebrando a María nuestra Madre y contemplándola a Ella motivados por su testimonio y su ejemplo acerquémonos a la mesa, al banquete de la vida, donde comemos el Cuerpo y bebemos la Sangre del Señor.

Que así sea.

 
 
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