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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Javier Navarro Rodríguez, Obispo de la Diócesis de Zamora, en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

16 de enero de 2008

Muy queridos hermanos sacerdotes, hermanas y hermanos religiosos, hermanas y hermanos fieles que por el bautismo forman una sola familia regia y sacerdotal. Doy gracias a Dios que en su admirable providencia, por primera vez, me permita encabezar esta peregrinación de la querida Diócesis de Zamora como su décimo obispo.

Efectivamente el 25 de julio pasado, también el santuario guadalupano que la fe de nuestra Diócesis de Zamora ha levantado a la Celestial Patrona, en ese santuario he iniciado mi servicio a esta diócesis, encomendando a ella todos los trabajos y todas la fatigas que haya que afrontar por el Evangelio, porque vale la pena consagrarse a Jesucristo de lleno por amor a los hombres que Él también ha amado antes hasta el extremo.

Me alegra peregrinar junto con mis hermanos sacerdotes y demás fieles a este hermoso santuario que la fe del pueblo mexicano ha erigido a aquella que en el siglo XVI manifestó su maternal de deseo la indio de que aquí, en este lugar, se le construyera una casita de oración para mostrarse piadosa madre nuestra y escuchar las plegarias y enjugar las lágrimas de los  moradores de estas tierras. Me alegra a verles visto venir a ustedes expresando su fe, tomando la calle; expresando su fe en forma gozosa, pública, abierta. Porque la fe que se expresa en el canto en el culto a Dios, en la alabanza de su nombre, ha de ser como la lámpara que no se enciende para esconderla debajo de la cama o de la mesa, sino para ponerla por lo alto para que alumbre a todos. Y así  debe alumbrar a todos y a todas las circunstancias de nuestra vida la luz que brota de la fe.

Han venido ustedes con la música, con la flor, con el canto; como ofrenda a la santísima Virgen, nuestra Señora de Guadalupe; pero sobretodo con un corazón que quiere consagrarse completamente a ella, evocando aquel lema del escudo del querido Papa Juan Pablo II de feliz memoria, quien varias veces estuvo aquí, presidiendo a la Iglesia católica entera desde este santuario: totus tuus, todo tuyo. Evocando esa oración que ustedes y yo hemos aprendido de nuestros padres: Oh señora mía, oh madre mía, yo me ofrezco enteramente a ti. Esa es hoy la mejor ofrenda

Y que con la flor, el canto y la música, nos ofrezcamos todos enteramente a ella, todos enteramente a su Hijo, en quien existimos nos movemos y somos.

Nuestro pueblo viene hoy a iniciar el año de Gracia 2008  ante las plantas benditas de Santa María de Guadalupe para implorar su maternal protección. A ella la hemos celebrado junto con el pueblo católico entero al iniciar este año con la fiesta de Santa María, madre de Dios.  Ella, nuestra Señora de Guadalupe, así se ha identificado ante su dignísimo interlocutor, el indio Juan Diego: Yo soy la madre del verdadero Dios por quien se vive. Ese es su mayor título, ese es el fundamento de nuestra profunda devoción: la íntima relación que existe entre y  su hijo Jesucristo, hijo suyo, Hijo de Dios. Dios y hombre que se nos ha acercado misericordiosamente para elevarnos  asombrosamente a participar de la propia vida divina.

En nuestro Estado de Michoacán, amanecimos el año estrenando nuevas autoridades en los distintos municipios, dentro de poco vendrá el relevo porque en el juego democrático así lo ha decidido la mayoría que participó.  Vendrá digo el relevo en la gobernatura de nuestro Estado. Queremos encomendar a Santa María la gestión, que al  servicio del pueblo desempeñan quienes ostentan la autoridad según la voluntad democrática.

Queremos encomendar a aquellos que han asumido la autoridad para ser servidores de todos. Queremos pedir al Señor que una vez constituidos en autoridad tenga la salud mental de olvidarse un poco de partido por el que han sido postulados para ver por el bien de todos, para promover la unidad.

Queremos, nosotros sacerdotes junto con las autoridades civiles a los distintos niveles, colaborar para servir al mismo pueblo y hacer realidad, lo que hoy pedimos a Dios por intercesión de Santa María de Guadalupe en la Oración Colecta inicial de esta misa: que por intercesión suya el Señor nos haga profundizar en nuestra fe y buscar el progreso de nuestra patria. En este caso de nuestro Estado y municipio, por los caminos de la justicia y de la paz.

La jornada electoral del 11 de noviembre y los días sucesivos han tenido, en distintos municipios de nuestra diócesis, distinto contexto, no siempre con  la armonía y la paz que quisiéramos; más aún, en dos de nuestros municipios, hay todavía cuestiones por resolver en lo que se refiere al resultado que arrojaron las elecciones. Pedimos para toda nuestra diócesis que la paz prive sobre cualquier diferencia basada en las distintas y por otra parte necesarias opciones políticas. Pedimos que esta paz sea una aspiración a la que lleguemos  no sólo basados  en el esfuerzo humano sino también en la oración, considerando que  la paz verdadera es un don de Dios y a Él, a Jesucristo príncipe de la paz, hay que solicitársela.

Queremos que esta paz en nuestros distintos municipios sea una paz que se genere y se viva en las familias teniendo siempre como cimientos, la verdad, la justicia, la libertad. No podrá haber una paz verdadera sin estos tres cimientos o pilares.

Hoy están representadas aquí muchas familias de nuestras diócesis pero habrá que resaltar de manera especial la nutrida participación que tienen quienes han venido desde la Vicaría de la Sierra, de la zona purépecha. Sin duda, ellos vibran tal vez más que nosotros y en esto tendríamos que tomar ejemplo, con esta bendita imagen de Santa María de Guadalupe y con todo el mensaje guadalupano y también con la docilidad y prontitud con que su digno embajador de confianza, Juan Diego, cumple el mandato de tan Dulce Señora.

Cada familia, iglesia doméstica, ha de ser un espacio de oración, donde la devoción a Santa María de Guadalupe sea uno de los elementos primordiales. Y es bueno recordar  aquí que los pontífices anteriores de la Santa Iglesia, hasta el actual, han  recomendado como una de las devociones más importantes, precisamente  el  rezo del Santo Rosario, compendio del Evangelio y oportunidad de profundizar en los misterios centrales de nuestra fe. La familia que reza unida, permanece unida, decía un antiguo eslogan del rezo del Santo Rosario. Habrá que preguntarnos los que  queremos tanto a Santa María de Guadalupe y manifestamos nuestra devoción en las distintas advocaciones a la Virgen María, si estimamos en mucho esta plegaria tan recomendada por los Papas, si  acostumbramos juntarnos en familia para rezar de vez en cuando, o para meditar juntos la palabra de Dios que a todos vivifica.

Hará falta intensificar nuestra oración familia, para que cada una sea una célula donde se viva la paz y la armonía y esto mismo reflejemos y proyectemos a nuestras comunidades.

Hoy estamos contentos porque nos encontramos con Santa María en este santuario, cerca del lugar donde tuvo ella estos encuentros y diálogos amorosos con un representante de los nuestros, con san Juan Diego. Hay que recordar como la narración del Nican Mopohua de don Antonio Valeriano, dice como Juan Diego atravesaba estos parajes porque iba a participar del culto divino y a instruirse más en las cosas de nuestro Señor Jesucristo. En nuestro Plan Global Diocesano hemos optado este año por intensificar como un objetivo concreto la formación y capacitación de nuestros laicos.

Que interesante resulta que un humilde indígena del siglo XVI, que se considera así mismo indigno interlocutor de tal Celestial Señora, que se llama así mismo gente menuda, escalerilla, cola, alguien que no anda por aquellos caminos por donde lo manda aquella Señora. Él así de humilde, así de sencillo tenía clara convicción de que había aprender más y vivir más el Evangelio. Hace falta que en cualquier etapa de la vida y en cualquier circunstancia estemos siempre deseosos de capacitarnos más, para entender mejor el mensaje del Evangelio y comprometernos, como decíamos en la oración, a profundizar nuestra fe y a trabajar por un progreso integral de nuestra familia y de nuestra sociedad.

Hace falta que en nuestras comunidades haya catequistas que deberás con una doctrina clara y fielmente transmitida y con un testimonio coherente, con la Palabra de Dios y  la doctrina que transmiten vayan ayudando a las demás gentes a crecer en la fe. Parecería que alguien considera el ministerio de catequista, como un ministerio que se puede improvisar o como un ministerio que se proyecta en servicio solamente de los niños, de los infantes o tal vez que sólo se realiza coyunturalmente cuando se trata de preparar a la recepción de algún sacramento.

Creo, yo, que este progreso gradual, sistemático en la comprensión de las verdades de la fe y en la práctica creciente de las virtudes cristianas tiene que ser un proceso de la catequesis, dirigido a todos, en todas las circunstancias y en todas las etapas de la vida.

Queremos, pues, ilustrar más nuestra mente y formar mejor nuestra voluntad, para distinguir muy claramente la verdad del error, lo justo de lo injusto y para que distinguiendo claramente estemos habituados a practicar el bien y rechazar el mal, seguir por la senda de la virtud y alejarnos de todo aquello que pudiera ser senda de perdición o de vicio.

Hoy alabando a Dios y manifestándonos fieles devotos de la Santísima Virgen, nuestra Señora de Guadalupe queremos celebrar la Eucaristía que nos hace crecer como familia diocesana y queremos que esta celebración de la Eucaristía sea deberás una celebración auténtica en el sentido de que nos proyecte en actitudes de servicio hacia aquellos que son más pobres, más necesitados, están más marginados o tal vez han tenido menos oportunidades de beneficiarse con los progresos que la ciencia y la técnica del mundo moderno presentan.

Queremos celebrar esta Eucaristía como preparación a estas fiestas eucarísticas que próximamente viviremos en la sede metropolitana de nuestra provincia eclesiástica, en Morelia de fines de abril y principios de mayo, en el que celebraremos el Congreso Eucarístico Nacional en preparación al internacional que se celebrará luego en Canada. Que Cristo el centro de nuestra reunión sea Él que nos conduzca al Padre y que podamos llegar a Cristo centro de nuestra vida de la mano de María. Que a Jesús vayamos, pues, siempre por María y desde Jesús vayamos al Padre y desde ahora anticipemos esa vida gozosa, que todos anhelamos gozando, disfrutando, pregustando de la vida eterna que se nos anticipa en este banquete de la Eucaristía.

 
 
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