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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Leopoldo González González, Obispo de la Diócesis de Tapachula, en ocasión de la peregrinación de las Diócesis de Chiapas, Tapachula, Tuxtla y San Cristóbal, a la Basílica de Guadalupe.

31 de mayo de 2009

Saludo con mucho cariño y gratitud al Señor Obispo don Samuel Ruiz, Emérito de San Cristóbal de las Casas en el Año Jubilar de sus bodas de oro episcopales. Nuestra gratitud a Dios nuestro Padre, al Señor Jesús, que le llamó a este ministerio en la Iglesia. Nuestra gratitud a Don Samuel que día a día entregó su vida, entrega su vida en la construcción del Reino de Dios, que en esta Eucaristía cada uno de nosotros haga una oración a Dios nuestro Padre por Don Samuel. Así le mostremos al Señor nuestra gratitud por él y también a Él le mostremos nuestra gratitud.

Saludo con mucho cariño al Señor Arzobispo Don Rogelio Cabrera y su Obispo Auxiliar Don José Luis, al Señor Obispo Don Felipe y a su Obispo Auxiliar Don Enrique. Agradezco mucho su cercanía fraterna, su sabía orientación y la fortaleza que siento junto a ellos. Que la provincia es bendecida a través de ellos.

También, saludo con mucho afecto a los padres que han venido para concelebrar esta Eucaristía desde aquellas tierras nuestras tan hermosas de Chiapas, en especial un cariñoso saludo a los padres más jóvenes, de más recién ordenación sacerdotal de la Arquidiócesis de Tuxtla Gutiérrez.

Vienen a las plantas de nuestra Madre Santísima, la Virgen de Guadalupe a poner en sus manos su ministerio sacerdotal. La Virgen acoja lo que hay en corazón de cada uno de ellos y les ayude a ser imagen viva de Cristo Jesús, Buen Pastor cada día en sus comunidades.

Muy queridas hermanas religiosas muchas gracias por hacer presente en medio de nosotros el vivir de Cristo Jesús. Muy queridas hermanas, muy queridos hermanos, me da mucha alegría que hayan tenido un buen camino y ya estemos en esta nuestra casa, la casa de Dios nuestro Padre el Templo que María Santísima de Guadalupe nos pidió construirle para en el mostrarnos a su Hijo Jesús.

Dios quiera la semana que concluye haya sido buena para ustedes de armonía en su hogar, que su trabajo les hay permitido obtener lo necesario para vivir, ponemos en manos de Dios, nuestro Padre, esta semana que iniciamos con tanta ilusión, con tanta alegría al reunirnos en su casa.

Como los apóstoles en Pentecostés, nos decía Don Felipe al inicio de la Eucaristía, también nosotros nos encontramos reunidos en torno a la Virgen María la Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive. Para recibir el don que viene de lo alto, el consolador prometido por el Señor Jesús, el Espíritu Santo. En esta celebración, unidos a todas las diócesis y comunidades parroquiales de nuestra patria, renovaremos nuestra consagración al Espíritu Santo. Estamos convencidos de que necesitamos de su presencia vivificante, para fortalecer y animar nuestra identidad cristiana, nuestro ser cristiano y construir una sociedad más justa, más fraterna, más pacífica. Tal vez nos preguntemos ¿cómo puede nuestra consagración al Espíritu Santo ser fermento de transformación de la realidad que vivimos? Como nos decía Don Felipe: son muchas las situaciones que nos preocupan la violencia y la inseguridad. Los ataques contra la vida y la familia. La extrema pobreza de muchos hermanos nuestros y la perdida de empleos que dejan desprotegidos los hogares. La marginación y exclusión de muchos pueblos indígenas. El abuso y al violencia contra migrantes centro americanos a su paso por nuestra patria. La falta de sentido de la vida, que frecuentemente hace víctimas del alcohol y de la droga. La destrucción del medio ambiente donde podemos vivir y hacia dentro de nuestra comunidad eclesial, nuestras infidelidades que hieren y debilitan a tantos hermanos nuestros. El gris pragmatismo en el que parece que nada sucede, pero que debilita nuestra fe.

¿Cómo puede nuestra consagración al Espíritu Santo ser fermento de transformación de esta realidad nuestra? La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ayude a comprenderlo. San Lucas al presentarnos la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia nos dice: que al escuchar aquel ruido, mucha gente se acercó, cada uno oía a los apóstoles hablar en su propia lengua a pesar de que eran de lugares muy distantes e impresionados preguntaban ¿qué significa esto? San Pedro se puso en pie e hizo oír su voz: a Jesús de Nazaret a quien ustedes dieron muerte, Dios Padre lo resucitó y de ello nosotros somos testigos. El Padre Dios lo ha exaltado y el habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo lo ha derramado, como ahora lo están viendo y oyendo.

Gracias al Espíritu Santo, san Pedro no sólo transmitía la verdad de unos hechos, no habla de Jesús como de algo externo a él, sino que lo hacia movido y atraído por Jesús desde dentro de él. Era Jesús quien hablaba a través de él. La gente se sintió tocada en el corazón y preguntó a los discípulos ¿qué tenemos que hacer? ellos respondieron: conviértanse. Y esa mañana muchos cambiaron su vida haciéndose discípulos de Jesús constructores del Reino de Dios, que había empezado con Jesús, que paso la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal, porque el Espíritu de Dios estaba con Él.

Hermanos, consagrarnos al Espíritu Santo nos da la fuerza para ser testigos del Señor Jesús, para hablar no sólo de Él, como si se tratará de alguien ajeno a nosotros, sino movidos por Él, atraídos por Él dejándole hablar y vivir en nosotros así nuestra realidad. Miremos ahora eso que tanto impresionó a las personas que escuchaban a los apóstoles, los oían hablar en su lengua materna a pesar de venir de regiones con idiomas muy distintos. La lengua expresa lo que hay en nuestro corazón y en nuestra mente. Esta lengua nueva, esta lengua que hablan los apóstoles es signo de un corazón nuevo, de un nuevo modo de pensar, que supera las barreras que dividen a las personas ¿cuál es esta nueva lengua que para nadie es extraña, que para todos es lengua materna? es ese idioma que Dios escribió en nosotros al crearnos a su imagen y semejanza. Él no es soledad, Él es tres personas en comunión. Nos hizo a imagen suya, personas llamadas a vivir en comunión con los demás.

El Espíritu Santo nos une, nos hace fuertes para vivir orientados hacer el bien a los demás, mirándonos unos por otros, como el Señor Jesús que entregó su vida cada día por nosotros y por nuestra salvación. El Espíritu Santo hace nuestra otra manera de mirar y de tratar a los demás. No nos permite mirar a los demás, como contrarios a quienes derrotar y eliminar, ni tampoco mirarlos como medios desechables de los cuales aprovecharnos y dejarnos cuando ya no nos sirven, cuando se han hecho ancianos o ya no trabajan. El Espíritu Santo nos lleva a superar la mirada indiferente con la cual excluimos de nuestra vida a quien nos necesita. La mirada indiferente que hace sentir los problemas de otros completamente ajenos a nosotros. Si con la ayuda del Espíritu Santo superamos estas barreras que nos dividen, ciertamente nuestra realidad será otra.

San Juan nos presenta al Señor Jesús dándonos al Espíritu Santo desde el inicio de los cincuenta días de la Pascua, se apareció a los apóstoles, sopló sobre ellos y les dijo: reciban al Espíritu Santo a quienes les perdone los pecados, les quedan perdonados y a quienes no se los perdone les quedan sin perdonar. El sopló es el aliento de la vida, lo que hace que una realidad sea viva. Expirar es dejar ir el aliento. Una persona viva tiene el aliento, el principio de vida. El Espíritu Santo es aliento vital de Jesús y al ser dado a los discípulos se convierte en el principio vital de los discípulos por ello pueden prolongar la presencia del Señor.

El libro de los Hechos de los apóstoles nos dice: que el Señor Jesús actuaba con ellos. A cada uno de nosotros nos ha sido dado el don del Espíritu Santo, somos morada suya, Él está en nosotros, pero no está en nosotros como un objeto, una caja, esta en nosotros como aliento vital, como principio de vida. Él nos permite vivir la vida del Señor Jesús y así prolongar su presencia y continuar su obra: la del Reino de Dios en medio de nosotros. La Santísima Virgen María quedó llena del Espíritu Santo y por obra de este mismo Espíritu Santo y por obra de este mismo Espíritu concibió y dio a luz al Hijo de Dios, nuestro Salvador.

Hoy es una gran alegría, un gran honor, una enorme satisfacción para todo la Iglesia que peregrina en la provincia de Chiapas venir a postrarnos ante nuestra Mamá del Cielo, la Virgen de Guadalupe. Ella es el camino seguro para llegar al Señor Jesús, su Hijo, nuestro Hermano Mayor.

Hoy como hijos confiamos en su amor de Madre, en este lugar donde pidió a san Juan Diego la construcción de un santuario signo de amor, de cercanía y de protección a todos los mexicanos. Queremos confiar a su maternal intercesión, como nos decía Don Felipe, las necesidades, los temores y esperanzas de la Iglesia que peregrina en nuestro Estado de Chiapas.

Madre de Guadalupe intercede por nosotros ante tu Hijo Jesús para que nos conceda la gracia de un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente. Una venida del Espíritu Santo que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza.

Así sea.

 
 
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