"Este
es el dio del triunfo del Señor, dio de júbilo y de gozo" dos son
los grandes motivos por los cuales cantamos el aleluya propio
de esta celebración Litúrgica: la celebración de la Pascua
que nos introduce de lleno en el misterio de Jesús Resucitado,
triunfador de la muerte y sembrador de esperanza en la humanidad
y la oportunidad de que nuestra Diócesis, como lo ha sido
por largos años se hace presente en su peregrinación anual
para honrar a nuestra Madre la Santísima Virgen de Guadalupe
en su templo, de donde distribuye sus gracias y bendiciones,
de las cuales nosotros somos destinatarios y a la vez portadores
para todos los fieles de la Diócesis de Huajuapan de León,
Oaxaca.
La peregrinación en
sí mismo revela un contenido, un contenido teológico que
expresa de una manera concreta el caminar de la humanidad.
¿Hacia dónde camina nuestro pueblo? Si es propio de la naturaleza
humana el sentido de búsqueda, la meta puede ser visualizada
con los elementos que nos han sido revelados y con la sinceridad
del que busca la verdad. Para muchos, no podemos olvidar,
la "vida sin sentido" no tiene un objetivo, una
finalidad, ya que se vida se mueve en un terreno cenegoso,
pero para los que han puesto su esperanza en el Señor el
camino no solo se contempla firme, sino que en él se puede
avanzar, aunque las contrariedades y dificultades sean grandes.
No venimos con los
ojos cerrados en esta peregrinación, sino con la mirada
tierna para contemplar a nuestra Madre, que también ella
se ha hecho peregrina, como el ejemplo mas concreta de inculturación
evangélica, como se ha indicado en muchos documentos de
nuestra Iglesia. Por la milagrosa imagen se han posado millones
de miradas y muchos corazones se han convertido ante este
medio evangelizador que nos orgullece como mexicanos. Por
eso no podemos faltar a la cita en el feliz intercambio
de poner en sus manos nuestras miserias para recoger la
sabiduría y los tesoros que encierra una Madre para sus
hijos.
Nuestra historia es
testigo de lo que aquí aconteció y a la vez el presente
es una nueva página que vamos escribiendo y madurando ante
las nuevas situaciones que vive nuestro pueblo. Hoy, que
tanto se ha hablado de la unión de nuestro pueblo, no podemos
olvidar el acontecimiento guadalupano, en donde el fruto
mas elocuente se manifiesta en la unión de dos pueblos,
en donde se sembraron las semillas del mestizaje para dar
origen a una nueva nación, pero conservar esta unión es
trabajo que cada generación debe de emprender y consolidar
como bien lo había expresado su santidad León XIII en 1894:
"vosotros mismos reconocéis que la autora y conservadora
de esta unión es la misma bondadosísima Madre de Dios, que
se venera bajo la advocación de Guadalupe, por eso, con
grande amor y por medio de vosotros, exhortamos a la Nación
mexicana a que conserve su devoción y su amor como la más
pura de sus glorias, y el manantial de los más preciosos
bienes. Ante todo la fe católica, sobre la que en verdad
nada hay más excelente, pero en estos tiempos nada más combativo,
tened por cierto y seguro que vivirá inquebrantable y firme
en vosotros mientras dure constante esa misma piedad, digna
de vuestros antepasados"
Han pasado ya más
de cuarenta años del Concilio Vaticano II, pero en sus documentos
podemos todavía beber la frescura que emana de la fuente
de la Palabra de Dios, como nos lo dice GS 4 "Es deber
permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de
la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma
que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder
a los perennes interrogantes de la humanidad, sobre el sentido
de la vida presente y de la vida futura y de la mutua relación
de ambos".
Hoy la Palabra de
Dios nos envuelve en el misterio de la Resurrección. Son
Pedro y Juan los testigos de aquel enfermo que a la entrada
del templo les pide una limosna, y Pedro le dice: "no
tengo oro ni plata, pero te voy a dar lo que tengo: en el
nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y camina"
Un gesto de tal naturaleza nos introduce de lleno en la
misión que Cristo ha mandado a su Iglesia. Bien sabemos
que en el proyecto evangelizador, el cometido es anunciar
a Jesucristo para que los pueblos en él tengan vida, como
nos lo expresa el Documento de Aparecida.
Nuestra Madre Santísima
de Guadalupe a la vez llegó a nuestras tierras, utilizando
un método evangelizador que pudiéramos concretizar y trazar
en estas pocas líneas: la encarnación en la cultura, la
sola imagen suscito en entre los que la veían un movimiento
hacia el encuentro con ella que se identifica con el pueblo
y ella hablaba a la vez de la necesidad del encuentro con
su Hijo Jesucristo ... su mensaje corrió a la vez por este
mismo sentido, adaptado a los oyentes, elige a los humildes:
"Juan Diego desde su "pequeñez" realizará
el gran encargo de la Señora que está empeñada en convertirlo
en mensajero; él es el más indicado para transmitir su mensaje
en clave náhuatl, suscita la confianza: es pequeño, pero
es elegido como el embajador de la Virgen, digno de credibilidad
y confianza; anima a la esperanza, no está todo perdido
en su pueblo, sino que debe de mirar el futuro con esperanza,
promueve la superación, el mensaje tiene un colorido especial
que bien fue entendido por los evangelizadores: promover
a las personas en todos sus aspectos, es decir de una manera
integral, siendo artífices de su propio destino.
Este método compagina
plenamente en la búsqueda que la Iglesia realiza para responder
a los nuevos interrogantes de los hombres de hoy... ¿acaso
no se pide a toda la Iglesia una encarnación plena a la
realidad para i1uminarla desde dentro? Esto implica que
la misma Iglesia no se sitúe al margen o dé la espalda,
sino que penetre hasta el centro de donde se genera la cultura,
permitiendo que el Evangelio sea la vez comprensible en
el lenguaje propio de nuestros tiempo. Una y otra vez se
ha venido hablando de la opción por los pobres, que necesitan
ser incorporados a las nuevas realidades y la Iglesia está
llamada a ejercer un papel preponderante en el camino de
los pobres, animándolos a la esperanza, pero haciéndoles
sentir que el Evangelio es promoción, es superación. Los
métodos evangelizadores que hoy se proponen deben por lo
mismo inspirarse en la presencia evangelizadora de nuestra
Madre Santísima en nuestras tierras.
Nos cuenta además
el Evangelio el episodio de los discípulos de Emaús. Un
episodio que una y otra vez se repite y en donde podemos
ver en los rostros de aquellos dos amigos la desilusión,
que nos les permite ver el rostro de Jesús que los acompaña
y dialoga, hasta que cae la noche y en torno a la mesa de
la fracción del pan lo reconocen.
En la peregrinación
del mundo, algo semejante nos acontece: la verdad de la
Resurrección de pronto se ve ofuscada por un sinnúmero de
expresiones y realidades que vive nuestro pueblo. Si Cristo
está vivo y nos acompaña ¿por qué entonces no logramos ver
su rostro? De aquí surge el compromiso de ser testigos de
esta verdad en donde la Palabra ilumina y en donde el Sacramento
revitaliza. La Misión Continental que estamos viviendo,
quiere más que todo ser una respuesta ante los grandes acontecimientos,
porque una Iglesia replegada sobre si mismo desdice de su
condición de misionera.
Nosotros como Iglesia
Diocesana no hemos sumado ya a este gran acontecimiento
que vive Latinoamérica: evangelizar el corazón de la cultura,
promoviendo un encuentro con Cristo vivo en cada uno de
los Agentes, teniendo siempre en nuestra mirada el círculo
de los marginados y aún de los no creyentes. Sabemos que
la tarea no es fácil y por eso nos preparamos y nos formamos
desde la iniciación cristiana como una experiencia de encuentro
con el Señor. La permanencia de esta misión nos invita a
la vez a trazar estrategias evangelizadoras que nos permitan
ir al encuentro de nuestros hermanos, pero a la vez acompañarlos,
rescatando de todos los bautizados su ser y su quehacer
misionero, que nos permita hablar a nuestro pueblo y a la
vez levantarlo de los innumerables vacíos en donde se encuentra,
en donde prevalece la pobreza, la marginación y lo más doloroso
de nuestra contemplación el estado de injusticia y de falta
de oportunidades.
Es por eso que hoy
hemos querido venir a los pies de nuestra Madre, para nutrimos
de la fuerza que viene de lo alto. Un mañana sin Cristo
ni María es un mañana oscuro. Su luz nos abre a la esperanza
y su presencia siempre viva nos fortalece. Que nuestro corazón
no solo deje escapar los mejores sentimientos, sino que
nos comprometa a trabajar con decisión y valentía en la
región que hoy representamos y que siempre espera un mañana
mejor, que aglutine nuestros esfuerzos y haga operante una
acción evangelizadora que promueva verdaderamente al pueblo.
Te saludamos María
y te expresamos ese amor que siempre te hemos tenido.