21 de enero de 2009
Excelentísimo Sr. Obispo Leopoldo González, muy queridos hermanos
sacerdotes, amables hermanas y hermanos religiosos. Hermanas
y hermanos, todos, familia creyente y fielmente devota de
la Santísima Virgen María, nuestra Señora de Guadalupe.
Como decía el señor canónigo, don Adolfo, a todos los pueblos
y rincones de la Diócesis de Zamora hemos dejado desde ayer
o desde hoy muy temprano nuestra casita y nuestros asuntos
personales, para venir a esta casa de todos, casa de Dios
y de la Santísima Virgen, y concluimos y coincidimos en
un sólo asunto y en un sólo propósito: ser como siempre
adoradores convencidos del Dios por quien se vive y firmes
y profundos en nuestra devoción a la Santísima Virgen, nuestra
Señora de Guadalupe.
Este atardecer, este anochecer, queremos unir nuestra voz y
nuestro corazón para sumarnos a la alabanza que Isabel,
la prima de María, le dirigió en las montañas de Judea,
según escuchábamos hoy en el Evangelio de san Lucas: “dichosa
tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado
de parte del Señor”. Esta bienaventuranza se agrega
al llamado código de las bienaventuranzas, que consignan
los distintos evangelistas en una misma serie, cuando ponen
en labios de Jesús, aquellas expresiones: dichosos los
pobres, dichosos los que lloran, dichosos los perseguidos
por causa de la justicia. Esta es una nueva bienaventuranza:
“dichosa tú que has creído” parecida a aquella otra bienaventuranza,
que expresa la mujer anónima en medio de la multitud del
pueblo: “dichoso el vientre que te llevó y los pechos
que te amamantaron” dijo dirigiéndose a Jesús, recibiendo
de este la respuesta: “dichosos, más bien, los que escuchan
la Palabra de Dios y la ponen en práctica”, es decir: dichosos
los que tienen fe en el Dios que habla y que promete y su
Palabra no es Palabra vana, sino es Palabra viva y eficaz.
Es Palabra verdadera, como plata limpia de escoria, refinada
siete veces y sus promesas, no son promesas de campaña para
ilusionar a la gente y manifiesta su entusiasmo a través
de un voto, sus palabras son promesas que ciertamente se
cumplirán, porque Dios dice y hace, promete y a su tiempo
cumple lo que promete. Y porque Él con el voto o sin el
voto de las mayorías, es rey de un reino de paz y justicia;
de un reino que se propone no se impone para que cada uno
de los que pedimos, que venga su reino, y lo pedimos cada
día en la oración del Padre nuestro, como hoy lo vamos a
hacer voluntariamente aceptemos esta oferta de salvación
haciendo realidad en nosotros el Reino de Dios y procurando
ser ciudadanos de este Reino.
Hoy, los que llamamos dichosa a María la primera creyente,
la que creyó, como Abraham nuestro padre en la fe, contra
toda esperanza, nos sentimos gozosos de compartir con Ella
y compartir en Ella nuestra fe. También, nosotros estamos
contentos, porque creemos y el creer es un regalo de Dios
y la fe es don gratuito suyo, que puede aumentar o puede
disminuir o también corre el riesgo de desaparecer. Nosotros
creemos con esta fe, al igual que María, que no consiste
tanto o en primer lugar en el aprendizaje de doctrinas o
en la memorización de oraciones o tal vez en el cumplimiento
un tanto forzoso de normas morales. Todo esto es parte de
la fe, si se hace conciente y libremente, pero la fe ante
todo va a ser esta actitud de creyente por la queremos invitar
a nuestra vida a Jesucristo, que es el caudillo y consumador
de nuestra fe.
El domingo pasado, el sábado, también, en este mismo templo,
en estos mismos atrios los ojos del mundo entero estaban
fijos en México, nuestro país, más en concreto en esta Ciudad
Capital y más en este santo templo, porque aquí se llegaba
al fin del VI Encuentro Mundial de las Familias. Gentes
venidas de distintas partes del mundo se dieron cita en
la ciudad para reflexionar sobre este proyecto de Dios,
que es la familia y para procurar sacar inspiración de la
misma Palabra de Dios, que es el objeto de nuestra fe en
relación con cada una de nuestras familias.
La familia, como la de ustedes y la mía, en otros tiempos era
siempre o casi siempre la que transmitía la fe a sus hijos
y la que se encargaba de iniciarlos a la fe cristiana y
de acompañarlos hasta un cierto grado de madurez, ya cuando
el hijo o la hija de familia pudieran por sí mismos afrontar
la vida con situaciones que no dejan de presentarse, que
pueden poner en riesgo esta actitud de fe. Parecería que
los tiempos modernos, que plantean la necesidad de que las
familias no vivan físicamente tan juntas todo el día o todos
los días o una buena parte del año. Parece que este impulsar
la moda de que el hijo, la hija de que apenas, tal vez tienen
cierta solvencia económica, quieren también ya independizarse
de la familia. Esto hace que la familia actual, donde quizá,
también la mamá o el papá tienen que trabajar, no tienen
todo el tiempo, no tienen toda la oportunidad de seguir
siendo como deberían: los primeros, principales e insustituibles
maestros y educadores de la fe para sus hijos. Si queremos
conservar nuestra fe, si queremos, también entrar en esta
corriente de los llamados: dichosos, porque hemos creído
y porque se cumple en nosotros todo lo que el Señor ha prometido,
hará falta hoy, como familia diocesana revisar, como está
siendo esta catequesis inicial que se da a los hijos en
familia, para enseñarles con el testimonio de vida antes
que con conceptos o lecciones de libros lo que es amor a
Dios. Y como del amor a Dios se desprende un amor concreto
y comprometido hacia todos los prójimos. Es en la familia
donde se aprenden virtudes humanas y cristianas, que van
a ser luego cimiento en la personalidad de hombres y mujeres
que queremos sean jóvenes y adultos cristianos maduros,
con esa madurez, que los hace vivir profundamente su fe
y proyectar esta fe a las distintas situaciones o experiencias
en las que nos vemos metidos cada día.
Para profundizar en nuestra fe, como hemos pedido a la Oración
Colecta inicial de esta misa y busquemos deberás juntos
caminos de progreso para nuestra familia y nuestra patria,
hará falta preguntarnos ¿qué tanto conocemos a Jesucristo?
porque Él es el principal objeto de nuestra fe. ¿Qué tanto
de la mano de María, que tiene como misión en principal
esa, de conectar el problema con la solución; al Creador
con la creatura; a los hermanos menores con el Hermano mayor
Jesucristo, para llevarnos a Él y aconsejarnos que hagamos
lo que Él nos diga? ¿qué tanto conocemos a Jesucristo? porque
para ser dichosos porque creemos hace falta conocer más
a Jesucristo. Que bueno que el reciente Sínodo sobre la
Palabra de Dios y nuestro empeño en la diócesis en este
año sea acercarnos más a meditar esta palabra donde vamos
a descubrir, sobretodo en el libro de los evangelios, la
clave de interpretación de toda la Sagrada Escritura, porque
Jesucristo es el que viene a consumar la ley y los profetas.
Tener fe significará conocer a Jesucristo y conociéndolo aceptarlo
como único y definitivo Salvador. Hay quien creyendo en
Jesucristo y manifestándose devoto de la Virgen María luego
da cabida en su vida a supersticiones y cree en maleficios
o en poderes de mucha influencia maléficos en su vida, que
en algún momento parecería que pueden más que sus convicciones
de fe. Hay alguien que manifestándose seguidor de Jesucristo,
luego se apega mucho a los bienes materiales y ante esta
crisis económica o financiera que el mundo entero vive y
que se siente también en nuestro país, en nuestra casa,
en nuestras comunidades se angustia, creo yo, excesivamente,
porque si bien hay crisis económicas el ser humano y el
creyente no es sólo un sujeto dedicado a las operaciones
mercantiles para comprar o vender, ni es tampoco un ser
hecho para consumir de tal manera que cuando compra menos
o vende menos o consume menos siente que se angustia y que
se desestabiliza emocionalmente.
Venimos hoy a los pies de Virgencita de Guadalupe para que
nosotros conociendo a Jesucristo y aceptándolo como de definitivo
Salvador no pongamos nuestra esperanza de salvación en los
centavos, ni en los bienes económicos y ante crisis, como
la presente que estamos afrontando nos manifestemos gente
sensata, que sabe reaccionar administrándose mejor y también
pensando que en tiempos de crisis hay otros valores, que
conviene promover y vivir e intensificar.
Nuestra fe en Dios conociendo y aceptando a Jesucristo necesariamente
nos tiene que impulsar a parecernos a Él. Invitarlo es manifestarnos
seguidores de Jesucristo, ya la V Asamblea de General del
Episcopado Latinoamericano y del Caribe al invitarnos a
ser discípulos de Jesucristo y misioneros suyos nos invita
como discípulos a ser imitadores, a procurar no hacer, ni
decir otra cosa, como Cristo hizo, que lo que vemos hacer
y le oímos decir al mismo Jesucristo. Ya san Pablo nos invita,
también, a ser imitadores suyos como él lo es del mismo
Jesucristo.
La fe es la presentación de la flor y del canto y de la danza,
el dirigir alabanzas y plegarías a Dios, pero va a ser sobretodo
este esfuerzo de cada día, por parecernos a Jesucristo.
Así mismo profundizar en nuestra fe significará compartir
con los demás, como tantos personajes que el Evangelio nos
presenta, que después de oír y ver fueron y anunciaron a
los demás que habían encontrado: al Niño en el pesebre,
al Mesías prometido o como la Samaritana Aquel que le ha
dicho lo que ella era y le ha contado su vida pasada sin
conocerse antes, por eso vengan y vean, porque a lo mejor
este es el profeta que estábamos esperando.
Nosotros queremos hoy como familia diocesana, pedir a Dios
por intercesión de aquella que es dichosa porque creyó y
se abandonó totalmente en las manos del Padre Dios. Queremos
pedir su intercesión para que cada una de las familias,
que se forman a partir de la celebración del sacramento
del matrimonio, como una pareja que se complementa y que
juntos procrean hijos para educarlos cristianamente en la
fe, pues, que cada una de estas familias sea deberás la
escuela del más rico humanismo, el espacio donde en la etapa
inicial de la vida el niño aprenda valores humanos y cristianos
fundamentales y pueda así ser el papá, la mamá estos maestros
que con su testimonio de vida y con su enseñanza clara ayuden
a los hijos a crecer y a madurar en la fe.
Que Santa María de Guadalupe nuestra Reina y Señora nos ayude
a creer en el único Dios que nos salva y como signo de fe
nos impulse también a comprometer y remediar solidariamente
las necesidades de aquellos hermanos y hermanas que sufren
más que nosotros. Que la Eucaristía que ofrecemos, la ofrenda
que presentamos sea signo de esta solidaridad, que en nombre
de Dios y con caridad cristiana, queremos manifestar siempre.