Saludo
muy cordialmente a todos los hermanos sacerdotes, diáconos, religiosas,
religiosos, seminaristas y queridos fieles de las diferentes parroquias
de la Diócesis de Coatzacoalcos, que han venido para participar en
la peregrinación anual a esta Insigne Basílica de Guadalupe, la casa
de María Santísima, y también nuestro hogar. Un saludo a todos los
demás peregrinos de otras comunidades tanto que aquí de la Ciudad
de México, como de otros lugares de nuestro país.
Acción de gracias por el XXV Aniversario de la diócesis.
En
esta ocasión le damos gracias al Señor de manera especial por el año
jubilar que estamos celebrando al cumplir la diócesis el XXV Aniversario
de su erección canónica, un acontecimiento que nos llena de gozo,
de esperanza por todo lo que el Señor ha realizado en la vida de nuestra
iglesia particular, de manera especial en la tarea evangelizadora.
Así lo manifestamos en la celebración solemne diocesana del pasado
20 de junio. Y la Santísima Virgen María ha estado haciendo camino
con nosotros en estos primeros años, animando y llenando de consuelo
nuestras vidas y llevándonos al encuentro de su Hijo amado, Jesucristo.
Hoy queremos manifestar, al estar en la casa de María Santísima, su
cariño y protección en la vida de nuestras comunidades diocesanas
a través de sus primeros veinticinco años; reafirmamos que sigue siendo
actual lo que le hizo saber a Juan Diego en sus apariciones: “¿no
estoy yo aquí que soy tu madre?, ¿no estás bajo mi sombra y resguardo?,
¿no soy yo la fuente de tu alegría?, ¿no estás en el hueco de mi manto
en el cruce de mis brazos?, ¿tienes necesidad de alguna otra cosa?”
(Nican Mopohua 119).
Renovación del compromiso evangelizador iluminados por el ejemplo de la
Santísima Virgen María.
El
corazón de la vida y de la misión de la Iglesia es la evangelización:
anunciar y dar testimonio de la persona y de la obra salvadora de
Jesucristo. Sin la experiencia de esta tarea no se puede ser y vivir
como verdaderos discípulos de Jesús.
María
nos enseña cómo vivir en profundidad la fe y ser perseverantes en
el ejercicio de la caridad, así lo escuchamos en el texto del Evangelio
de san Juan, de este día y también recordemos aquel pasaje clásico
del Evangelio de san Lucas: “cuando María después de que se le
ha anunciado que ha sido elegida para ser la Madre del Salvador y
estando ya en ese proceso de gestación de su Hijo Jesucristo va también
presurosa a visitar a su prima Isabel”.
En
este día hacemos manifiesta la renovación del compromiso de asumir
y darle vida a la “Nueva Evangelización” en toda la Iglesia diocesana:
anunciar y proclamar el tesoro que es Cristo y su Buena Nueva, con
un nuevo ardor, nuevas expresiones y nuevos métodos. Que haya una
entrega incondicional de todos los Agentes de Pastoral, para que aceptemos
entrar en esta espiral de Evangelización y Misión, que tengamos el
ardor y la pasión para dar testimonio de Cristo en todos los ambientes.
Compartir la oración de alabanza de la Virgen María, el Magnificat.
María
en esa acción de gracias que conocemos del Evangelio de san Lucas:
“Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en
Dios mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”
(Lc 1,46-48). También nosotros hemos venido llenos de júbilo a
proclamar las grandezas que Dios ha hecho en nuestra diócesis durante
los primeros veinticinco años de su existencia. Dios nos ha bendecido
desde el inicio con la entrega generosa del ministerio pastoral de
su primer obispo, Don Carlos Talavera Ramírez, a quien recordamos
con cariño y agradecimiento por su dedicación para poner los cimientos
en la vida y organización de la diócesis, y a quien Dios lo llamó
desde hace ya tres años al encuentro definitivo con Él. Con el trabajo
pastoral también de todos los primeros sacerdotes que entregaron su
vida para fortalecer la naciente Iglesia diocesana; igualmente con
la presencia y el testimonio de las comunidades de vida consagrada
que han ido colaborando para anunciar y proclamar la novedad de la
Buena Nueva, viviendo de manera especial los consejos evangélicos;
y desde luego con la entrega generosa de los queridos hermanos laicos,
muchos de ellos llegados de otras parte de la república con su gran
experiencia de vida de fe y caridad.
Todos
ellos han colaborado en la obra del Señor para hacer de la diócesis
una iglesia evangelizada y evangelizadora. Hoy le decimos al Señor
y a María Santísima: ¡Gracias por el testimonio y el trabajo de
esta primera generación de discípulos misioneros!
Queremos
también poner en las manos del Señor y en el regazo de María los retos
y desafíos de la iglesia diocesana en esta nueva etapa de vida para
que siga creciendo y responda a las necesidades de la Nueva Evangelización
para los hombres y mujeres de hoy; que estemos dispuestos a retomar
con renovada entrega la misión permanente, movidos por el amor a Cristo
y a los hermanos, sobre todo los más alejados del círculo de vida
del Señor. Por ello es fundamental la formación de discípulos misioneros,
fortalecer el proceso evangelizador para entusiasmar a más y más bautizados
para que surjan los obreros de la viña del Señor de nuestro tiempo;
los misioneros que vayan y hagan presencia en los ambientes variados
de hoy, tanto en las zonas urbanas, como semi-urbanas y rurales con
sus múltiples necesidades. Y en esta promoción de discípulos pedimos
al Señor, por intercesión de la Virgen María, que nos haga tener más
vocaciones para el ministerio sacerdotal; que surjan más jóvenes llenos
de la experiencia de Dios que estén dispuestos a entregar su vida
por Cristo y en servicio total a la Iglesia.
Otro
gran desafío, el cual compartimos con prácticamente todas las demás
regiones del país, es la creciente espiral de violencia e inseguridad
que tiende a querer imponerse como la cultura de hoy, y que es catalogada
como “cultura de muerte”. Quisiera recordar en este punto lo
que manifestaba en la Carta pastoral de noviembre del año pasado de
un Servidor después de la Visita Pastoral a la diócesis, y leo textualmente:
“El narcotráfico, el secuestro con sus múltiples formas de redes de corrupción
y tortura, la impunidad, nos cuestionan fuertemente para preguntamos
una y otra vez: ¿Por qué un ser humano puede actuar con tanta saña
contra otro por dinero y poder? ¿Por qué en un país, en un Estado
como el nuestro, en donde la mayoría decimos que creemos en Dios,
se está dando esta violencia lacerante, salvaje, inhumana? Por momentos
seguramente muchos pensamos no tener respuestas categóricas y lógicas,
mucho menos convincentes. Pero saben, queridos hermanos, les quiero
decir lo que hace poco escuchaba de un sacerdote de una diócesis hermana,
que tiene la delicada tarea de velar y cuidar de los migrantes centroamericanos
que en estos meses varios de ellos están siendo secuestrados y torturados:
"Están actuando así porque no tienen a Dios en su corazón, se
han olvidado de él", refiriéndose a los que secuestran y torturan;
y luego completaba: "pero también somos responsables muchos de
nosotros porque no supimos llevar/os al encuentro con Él”.
Y es volver al problema central de lo que no hemos sabido realizar
de forma adecuada, permanente y eficaz en muchos de los ambientes,
tanto a nivel rural como urbano. Ha faltado una buena evangelización
desde nuestras familias y en la vida eclesial y social. Muchos de
los que hoy están haciendo florecer esta cultura de la violencia y
de la muerte salieron de nuestras familias que no tenían experiencia
del amor de Dios en su vida cotidiana; quizás sí tenían ciertas tradiciones
y prácticas religiosas, pero no estaban influenciadas por la fe en
el Señor en los hechos de cada día". (Carta Pastoral, noviembre
de 2008, pág. 60-61).
Y
aquí termino esta cita textual.
Los
invito a actualizar y fortalecer nuestra vocación de discípulos fieles,
generosos, audaces y perseverantes para continuar remando mar adentro
en la iglesia diocesana, asumiendo al estilo de Jesús, Buen Pastor,
el camino del servicio con un nuevo impulso misionero, iluminados
y confortados por María Santísima, a quien hoy le manifestamos nuestro
agradecimiento por ser nuestra Madre tierna, amorosa y solidaria.
Que
así sea.