15 de
octubre de 2009
Hermanos y hermanas de la Diócesis
de Colima, hermanos, todos. Nos reunimos para celebrar esta Eucaristía
en esta Basílica, Santuario de nuestra Señora de Guadalupe, para presentarles
todas nuestras necesidades, para darle gracias por todos aquellos
dones que nos ha conseguido.
Queremos ofrecer esta Eucaristía
juntamente con las necesidades de toda la diócesis. Presentando también
al Señor nuestra súplica por un seminarista, que anoche murió estando
a un paso de la Ordenación Sacerdotal. En este mismo momento en la
ciudad de Colima se celebra su funeral.
Salve, Madre de Misericordia,
Madre de esperanza y de gracia.
Aquí estamos Madre de Guadalupe
tus hijos que vienen de otras tierras para estar contigo, como otros
muchos a lo largo del año hoy llegamos, también nosotros a ver tu
rostro, a estar contigo. Aquí donde encontramos la ternura y el amor
de Dios en tu rostro. Venimos de las tierras que están bañadas por
las aguas del Pacífico y que nos regalan la blanca sal, que da sabor
a nuestros alimentos. Venimos de los pueblos que se encuentran rodeando
los volcanes, el de nieve y el de fuego. Llegamos, también, del centro
del Estado de Colima donde el verde de la naturaleza cobija nuestros
pueblos y ciudades y asoma por doquier la sabrosa fruta de sus árboles
frutales, cual si fuese un paraíso. Venimos Madre de los 10 municipios
de Colima y de los 8 del Estado de Jalisco.
Sabemos que podemos encontrar
el rostro de tu Hijo en muchos lugares, de manera especial en la Eucaristía
y en la Palabra Santa, pero también sabemos si queremos reconocerlo
en tu rostro de Madre que lo llevó en su seno desde el momento feliz
para nosotros, en el que pronunciaste tu sí en Nazaret ante la mirada
perpleja del arcángel Gabriel y el coro de ángeles que esperaban que
tus labios se abrieran para escuchar tus palabras: hágase en mí
según tu Palabra.
En ti Madre de Guadalupe vemos
el mensaje esencial del Evangelio, que nos trae el amor completo de
Dios - Padre y que se manifiesta en Jesús tu Hijo. En el rostro de
Jesús, descubrimos toda la misericordia del Padre; que siempre espera;
que siempre perdona; que siempre hace fiesta porque este hijo mío
estaba perdido y lo hemos encontrado. Por esto nos alegramos al
recordar que estamos en el hueco de tu manto, que nos miras con amor
tierno y nos cobijas siempre con tu manto, por esto acudimos a ti
diciéndote, con muchas generaciones: bajo tu amparo nos acogemos Santa
Madre de Dios, somos la iglesia que peregrina en Colima y que hoy
en una pequeña representación llegamos en nombre de todos los que
allá vivimos para estar y conversar contigo, para darte gracias por
tus dones, para poner en tus manos nuestras aflicciones y pobrezas,
que crecen cada día más, para dejar también en tu regazo todas nuestras
preocupaciones. A todos y cada uno de tus hijos con sus penas y alegrías.
A poner en tus manos el inicio de su servicio a la comunidad de todos
nuestros gobernantes para que se preocupen de verdad por el bien de
tu pueblo que sufre tanto y que ya no aguanta tanta miseria. Madre
nuestra estamos ante ti, déjanos mirarte para que nuestros ojos se
llenen de paz, permítenos ver tus manos en oración para que aprendamos
a comunicarnos con Dios. Cúbrenos con tu manto lleno de estrellas,
para que se ilumine nuestro corazón y sobre todo sigue llamándonos
como a Juan Diego: hijo mío el más pequeño. Porque así sabemos
que tu amor no se acaba y que siempre podemos acercarnos a ti con
toda la confianza de un hijo, que ve el amor de Dios en tu rostro.
Aquí estamos Madre quienes representan los 10 municipios de Colima
y los 8 de Jalisco líbranos de todos los peligros oh Virgen gloriosa
y bendita y enséñanos a luchar contra toda adversidad.
Sabemos Madre nuestra que en
nuestro caminar como hombres y mujeres de fe deberemos preocuparnos
por realizar nuestra vida a la luz de los mandatos de tu Hijo Jesucristo
y que necesitamos luces que nos guíen en este camino de la vida. Estando
a tu lado deseamos recordar lo que la Santa Madre Iglesia nos enseña,
cuando se refiere a ti y a tu fe. Tú continuas siendo la creyente
por excelencia, te conocemos como la mujer que avanzó en su peregrinaje
de fe, como la que ocupas el primer puesto entre los humildes y pobres
del Señor que esperan y reciben de Él confiadamente la Salvación.
En ti observamos la máxima realización de la existencia cristiana,
quien por su fe y obediencia a la voluntad de Dios y por su meditación
constante de la Palabra y de las acciones de Jesús; eres las discípula
más perfecta del Señor y por lo mismo te conviertes en el mejor modelo
para nuestro caminar como cristianos.
Sabemos que nadie ha escuchado
la Palabra de Dios mejor que tú, que te abriste a la Palabra divina
y la pusiste en práctica con fidelidad. Sabemos que tuviste un papel
único en la historia de la Salvación concibiendo, educando, acompañando
a tu Hijo hasta la cruz. También, sabemos que eres imagen acabada
y fiel del seguimiento de Cristo, que eres la gran misionera continuadora
de la misión de tu Hijo y formadora de misioneros. Tú trajiste el
Evangelio a nuestra América y constatamos con gozo, que te has hecho
parte del caminar de cada uno de nuestros pueblos. Eres artífice de
comunión entre nosotros y esto lo experimentamos a menudo en todos
los santuarios marianos que suelen estar repletos de tus hijos que
van a visitarte, tú los ayudas a mantener vivas las actitudes de atención,
de servicio, de entrega y de gratitud, que deben seguir, distinguir
a los discípulos de tu Hijo. Por ello muchos al llegar a tus santuarios
te sienten como Madre, te sienten como Hermana sabiendo que eres imagen
acabada y fiel del seguimiento de tu Hijo. Por todo esto el Papa Benedicto
no dudó en exhortarnos, cuando vino Aparecida diciéndonos: permanezcan
en la escuela de María, inspírense en sus enseñanzas, procuren acoger
y guardar en el corazón las luces que Ella por mandato divino les
envía desde el cielo.
Queremos Madre llevarte en
el perfume de las flores que te traemos. Deseamos que vaya con nosotros
tu bendición, que podamos continuar viendo el rostro de tu Hijo y
el tuyo y seamos dignos de alcanzar las muchas gracias que nos faltan
y que tú bien sabes que necesitamos. Vamos comprendiendo poco a poco,
Madre, que es indispensable hacernos discípulos de tu Hijo, para vivir
como debe hacerlo el auténtico creyente, porque queremos entrar cada
día de modo más firme en la misión a la que somos invitados, de modo
que no hagamos a un lado a ninguno de tus hijos, ni a los que se han
ido, ni a los que se llaman no creyentes, ni a los que dicen ignorar
a Dios.
Queremos suplicarte que nos
ayudes a ser verdaderos discípulos de Jesús. Vamos sintiendo la urgencia
de que nuestras comunidades comiencen el proceso de iniciarse en la
vida cristiana y que este proceso tenga como punto de partida el anuncio
del Kerigma y sea guiado por la Palabra de Dios, de modo que se pueda
tener un encuentro serio con Jesucristo vivo. Un encuentro que entusiasme
y llene el corazón de cada uno y lo aliente a llevar este anuncio
de su presencia salvadora en nuestro mundo. Si logramos ser mejores
discípulos tuyos sabemos que estamos llamados a crecer cada día más,
ya que nadie que conozca a Jesús y se entusiasme con Él y por Él podrá
permanecer con este tesoro encerrado en su corazón. Si logramos entrar,
como comunidad diocesana en este camino de la iniciación cristiana
que vamos comenzando renovaremos nuestra vida comunitaria y estará
vivo el carácter misionero de todos sus miembros. Si entramos en esta
dinámica exigirá de todos y de cada uno de nosotros un cambio serio
en nuestras actitudes de pastor, pastorales, y aparecerán paulatinamente
en nuestra iglesia de Colima y en cada una de las comunidades los
verdaderos discípulos de Jesús. Para ser auténticos discípulos de
Jesús deberemos ponerlo a Él en el centro de nuestra vida por ser
nuestro Salvador ya que es la fuente de toda madurez humana y cristiana.
En segundo lugar cada discípulo se deberá conocer como auténtico si
logra entender que debe asumir un cariño y compromiso grande por la
oración. La comunicación con Dios, nuestro Padre, es indispensable
para dar vigor a nuestra a nuestra fe y mantenerla siempre viva. Convencernos
de ésta, como de una necesidad imprescindible nos llevará a alimentarnos
con ella en la presencia de Jesús ante el Sagrario o en cualquier
lugar y saber que sin ella nuestra vida cristiana y nuestro afán de
ser auténticos discípulos se irá desdibujando. Tendremos que ser,
también, amantes de la Palabra de Dios, la misma Santa Escritura nos
enseña que la Palabra de Dios es luz en el camino de la vida y que
es viva y tan eficaz, que puede llegar hasta lo más recóndito del
corazón humano.
Vale la pena recordar que si
no tenemos acceso a la Palabra de Dios, sino la amamos, la leemos,
la meditamos y la asimilamos, y nos la aplicamos, estaremos desconociendo
el corazón de Cristo. La constancia en la lectura y meditación son,
pues, requisito indispensable para el discípulo de Jesús. Para ser
discípulo fiel de Jesús, no puede faltar la cercanía al Sacramento
de la Reconciliación con Dios y con el hermano. El mensaje central
de Jesús nos llama siempre a la conversión y la haremos de manera
constante para poder gozar de la amistad con Jesús. Al mismo tiempo
se exige del discípulo ser amante de la Eucaristía porque es el pan
de la vida y el centro y culmen de la vida de todo creyente. Jesús,
nos lo dijo muy claro: si no comen la carne del hijo del hombre y
no beben su sangre no tendrán vida.
Y finalmente, hermanos, para
ser discípulos de Jesús es necesario estar comprometidos en nuestra
comunidad eclesial. No desear llevar nuestra vida de unión con Cristo
de una manera individualista, sino haciendo vida nuestra fe con otros
ya que Dios nos llama a vivir la fe como pueblo que Él mismo ha elegido.
Conocemos, como desde los primeros años de la Iglesia ya se juntaban
los cristianos para orar en comunidad y lo hacían, como consta en
el Libro de los Hechos de los Apóstoles, con María la Madre de Jesús.
Formando parte de una comunidad parroquial deberemos sentirnos urgidos
para hacernos solidarios con los necesitados y practicar la caridad
siempre que nos sea posible y en medio de nuestros hermanos cercanos
o lejanos. Cuando nuestras parroquias seas los lugares donde se lleve
a cabo la iniciación cristiana podemos gozar de comunidades más humanas
y cristianas.
Estos son los sueños que queremos
realizar en nuestra iglesia de Colima y en los que hay mucho que ya
se van empeñando. Como hermanos y peregrinos que venimos de Colima
a ver a nuestra Madre les invito a todos a que imploremos de la Santísima
Virgen María de Guadalupe, que nos proteja y nos aliente para ser
cristianos comprometidos en esta tarea evangelizadora. Y que podamos
formar estas comunidades vivas y dinámicas que deseamos para que los
valores de nuestra fe sean vividos con alegría en todas las comunidades
de nuestra iglesia diocesana.
Digámosle a la Santísima Virgen
María que nos ayude para que esto podamos realizarlo entre todos.
Nos ponemos de pie.