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pronunciada por Mons.
Eduardo Porfirio Patiño Leal, Obispo de la Diócesis
de Córdoba, Veracruz, en ocasión de
la peregrinación de su diócesis, a la Basílica
de Guadalupe.
17 de junio
de 2009
Queridos hermanos, nos hemos reunido todos como familia
diocesana. Nuestros hermanos sacerdotes de nuestra diócesis, nos alegra su presencia a la cabeza de tantos hermanos que vienen peregrinos de las diversas comunidades parroquiales.
Venimos como cada año, como peregrinos, caminamos en la fe de nuestro Señor
Jesucristo y su Evangelio, la
sola Luz que puede conducirnos a la Vida. Venimos al encuentro de nuestra
Madre, la Virgen María de Guadalupe, la
Señora del Cielo, que vestida del sol, de estrellas
y con la luna a sus pies, quiso traernos como evangelizadora elocuente a esta
Luz que anhelaban nuestros pueblos. En su rostro maternal, queremos asomarnos al rostro infinitamente misericordioso de su Hijo, nuestro
Salvador Jesucristo.
Venimos con la confianza de
todos los mexicanos, aceptando con gratitud su mensaje que
dirigiera a san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, ofreciéndole mostrar el amor de su Hijo entrañable
así decía:
Lo daré a las gentes en todo
mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación: porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en
esta tierra estáis en uno, y de las demás variadas estirpes
de hombres, mis amadores, los que a mi clamen, los que me busquen, los que confíen en mí, porque allí les escucharé
su llanto, su tristeza, para remediar para curar todas sus diferentes
penas, sus miserias, sus dolores.
Y cuantos venimos, traemos en nuestra mente y en nuestro corazón,
tantas cosas que decirle a nuestra Madre, cosas que queremos dejarle
confiados entre sus manos. Traemos encomiendas de nuestros familiares,
vecinos y hermanos de las comunidades a las que pertenecemos, junto
con las nuestras propias. Venimos con nuestras carencias y nuestras
tristezas, pero también llenos de proyectos y esperanzas para ser
fieles discípulos de su Hijo Jesucristo, de modo que en nuestras familias
y en nuestra patria, podamos construir un mundo más humano y lleno
de amor.
En nuestro Plan de Pastoral Diocesano hemos venido reflexionando sobre el proyecto de Dios para nuestras familias, que deben ser cuna, casa y escuela del amor, como hoy nos enseña el apóstol san Pablo en su carta a los cristianos
de Colosas:
Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo. Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección. Que la paz de Cristo reine en sus corazones: esa paz a la que han sido
llamados, porque formamos un sólo Cuerpo. Y vivan en la acción de gracias.
Hoy en nuestra patria hay una sentida necesidad por la paz y la armonía, la seguridad de nuestras personas y familias, la convivencia
civilizada para construir una
sociedad más justa,
equitativa y próspera. Queremos y anhelamos esa PAZ en plenitud, como la entendía
el antiguo pueblo de Israel, nuestros padres en la fe. El "SHALOM" que
no es solamente ausencia de violencia o de conflictos, sino salud, vida, plenitud de convivencia fraterna.
Para poder lograr esa paz necesitamos todos los católicos retomar
esta exhortación de san Pablo: "revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección
y que la paz de Cristo reine en sus corazones."
Por eso la necesidad de un encuentro con Cristo Vivo, Resucitado y presente siempre en su Iglesia, al que podemos encontrar en su Palabra y en la Fe con la que lo reconocemos como nuestro Señor y Salvador. Para ello requerimos estar de nuevo a la escucha de su Palabra
y emprender con mayor autenticidad un camino de conversión personal permanente.
Así, también, san Pablo añade esta invitación
Que la Palabra de Cristo resida en ustedes con
toda su riqueza. Instrúyanse en la verdadera sabiduría, corrigiéndose los unos a los
otros.
Allí está su Palabra llena de riqueza, esperando que nos acerquemos a ella, para instruimos
unos a otros fraternalmente. Ayudándonos a rectificar nuestras actitudes que no corresponden al testimonio de un bautizado o de una familia
cristiana.
Hoy queremos poner ante nuestra Madre de Guadalupe, el caminar de nuestra diócesis que acaba de cumplir sus primeros
nueve años como iglesia particular. Pedirle que bendiga nuestros proyectos y deseos de ser mejores.
Que nos decidamos a favor de Cristo y de su Evangelio.
Que
asumamos con entusiasmo y decisión los proyectos de renovación de la Misión
Continental a la que somos llamados en esta hora de la historia de la Iglesia Latinoamericana.
Queremos encomendar especialmente a nuestra Madre María a todos nuestros sacerdotes y diáconos, junto con su pastor obispo. Sobre nosotros que hemos querido asociamos a su misión redentora en el Sacramento del Orden Sagrado recae la grave responsabilidad por la
salud y
el bienestar del rebaño, que nos ha encomendado asumiendo los sentimientos y la entrega de Jesús el Buen Pastor, sabedores que al final de nuestra vida daremos cuenta al Señor no sólo de nuestra propia vidas, sino de todos los que por este ministerio nos fueron encomendadas.
Familias pasan ahora a veces angustia, como María y José,
que en el Evangelio escuchábamos, buscaban a Jesús extraviado, se
había perdido Él que era la luz de su familia y con frecuencia acuden
al sacerdote a buscar ese Cristo que no encuentran. Pidamos para que
el Señor nos encuentre a los sacerdotes, todos ocupados en las cosas
del Padre y no ocupados en cosas que no nos tocan o que al contrario
nos hacen daño. Siempre ocupados en las cosas de Dios para ayudar
a la Familia de Dios.
Por ello providencialmente
consolador, que este próximo viernes 19 de junio, Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, el Santo Padre Benedicto XVII dará solemne inicio a un Año Jubilar Sacerdotal. Se trata de un tiempo de gracia. Que nos permitirá consolidar en la Iglesia la estima y desarrollo de un sacerdocio santo, siempre puesto al servicio de sus hermanos.
Será
ocasión para que nosotros los sacerdotes profundicemos y reavivemos en el carisma que recibimos por imposición de las manos, renovando nuestra consagración al amor de Dios y al amor eficaz por cada bautizado
que necesita de nuestro ministerio. Los sacerdotes nos sentiremos favorecidos por las innumerables gracias
que brotarán de la oración ferviente de nuestras comunidades y del Corazón amoroso de Jesús Sacramentado. Por ello fortaleceremos la espiritualidad eucarística y sacerdotal, pidiendo por una conversión personal y pastoral de todos los agentes de pastoral. Desde esa oración seremos capaces de vivir en una actitud permanente de conversión y de misión.
Pidamos, hermanos, a María nuestra Madre, que interceda con nosotros y por nosotros, para que este Año Sacerdotal redunde en bien de todas las
familias y sea semillero
de muchas vocaciones de discípulos y misioneros. Tanto entre nuestros laicos comprometidos,
en
la Vida Consagrada y sobre todo en nuestros seminaristas
que quieren abrazar para siempre la entrega de Cristo Buen Pastor. Que el apóstol Pablo con su modelo ejemplar de conversión y testimonio, y que el Santo
Cura de Ars, san Juan María Vianney, intercedan también para que nuestros
sacerdotes sean portadores auténticos del amor del Padre Celestial.
Encomendemos, también, al Santo Padre y a toda la
Iglesia Universal, y oremos por las Iglesias
del Medio Oriente, a las que tendré oportunidad de
unirme en la clausura del Año Paulino en Damasco, Siria. Llevaremos
con alegría la Bendita imagen de María de Guadalupe, para que
conforte a todas esas comunidades que atraviesan por situaciones difíciles y el Señor les confirme
en la fuerza del Espíritu Santo, en esta
hora de la historia.
Por último, hermanos, oremos por todas las familias mexicanas que han vivido situaciones de dolor o de
violencia. Que
el Señor las consuele y fortalezca. Oremos por todos los cristianos testigos de Jesucristo, que están siendo perseguidos en muchos lugares de la tierra. Oremos por la
Paz en Jerusalén y en todo el Medio Oriente.
Y al regresar a nuestros hogares, a Córdoba, nuestras comunidades parroquiales,
llevemos desde esta casa bendita de nuestra Madre, muy impreso en
nuestro corazón las palabras que Ella entregó en San Juan Diego a
todos nosotros:
¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre? ¿No
estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy, yo la fuente de tu alegría?
¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes
necesidad de alguna otra cosa?
Con esa confianza, hermanos, que regresemos como mensajeros
de paz, de esperanza a todas nuestras familias. En este año como ustedes
recuerdan tuvimos que suspender el Congreso Familiar, el Congreso
de Laicos que trataría el tema de la familia, por eso queremos invitar
ahora, en este momento, para que 3 hermanos nos darán un testimonio
de ¿cómo debemos vivir en familia esta fe en Cristo? y que esto nos
estimule a todos para orar con más fuerza y para vivirlo en plenitud.
Muchas gracias, hermanos.
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