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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. J. Ulises Macías Salcedo, Arzobispo de la Arquidiócesis de Hermosillo, en ocasión de la peregrinación de su arquidiócesis a la Basílica de Guadalupe.

18 de julio de 2009

Las palabras que Isabel pronunció a su prima María que la visitaba me motivan a decirle, y hago también mi voz la de ustedes, una voz que brota del corazón para decirle: Virgencita, Morenita, Virgen de Guadalupe quiénes somos nosotros para que nos hayas visitado, más aún, para que también hayas querido quedarte con nosotros en esta casita que el pueblo de México te ha construido.

Quiero esta mañana compartir mi fe iluminado por la Palabra de Dios hablando de la belleza de la Santísima Virgen María ¿por qué es tan bella? Cuando contemplamos la imagen de la Virgen de Guadalupe y vemos su rostro moreno quisiéramos entonar un canto de admiración a la belleza de esta imagen, sin duda pintada en el cielo, que Ella nos dejó en esta casita que le ha construido el pueblo mexicano. Sí, dan ganas de entonar un canto de emoción y de gratitud al amor grande y misericordioso de Dios, que ha querido siempre darnos lo mejor que Él tiene. Y así ayudarnos en nuestro camino, por cierto difícil y árduo, nuestro camino al cielo.

Dios había hecho muy bien las cosas. En la Creación, lo mejor que le salió fue el hombre hecho con mucho cuidado y con muchos detalles. Este hombre salido de las manos creadoras de Dios, parecía un Dios con minúsculas, porque lo hizo a su imagen y semejanza el Señor. Pero, llegó la noche, el hombre y la mujer echaron un borrón enorme a su historia, se contagió y esa contaminación ha traspasado los siglos, el pecado original. Sin embargo Dios encontró la medicina con el mismo barro y con la misma sangre se propusó hacer un hombre nuevo. Nacido de una mujer limpia, que habría de liberar del contagio y aportar la salvación. Esta es una página divina y humana, porque lo divino se acercó a lo humano y lo humano tocó lo divino. Dios por amor quiso hacerse Hombre y el hombre por la fe se abre a Dios. Todo este misterio se desarrolla en la vida de María. Ella no es la protagonista, sino que deja que el Espíritu de Dios la cubra con su sombra, se entrecruzan el sí de Dios y el sí de María. Nos admira la belleza de la santidad de María, nos quedamos deslumbrados por ese abismo de luz y por ese gran misterio de amor. Es una belleza que supera los sentidos, porque es una participación de la hermosura de Dios. Toda hermosa es María, es decir: nada de barro sucio, ni de veneno, naturalmente sin pecado y sin defectos.

María es llena de gracia, llena, claro, pero fue creciendo la gracia en Ella. Llena, pero su capacidad creció con la edad, con la experiencia, con la oración, con la prueba, con el dolor y sobre todo con el amor. María es llena de fe, por eso fue dichosa, como lo dijo su prima Isabel, porque creyó y acogió la Palabra. Pero, su fe también creció en su trato diario con su Hijo Jesús, cuando Él se pierden en el templo y lo busca, cuando guardaba su Palabra en su entendimiento y la rumiaba en su corazón ante los milagros de su Hijo y al pie de la cruz. María es llena de esperanza, pero también fue creciendo, creció durante el adviento, cuando esperaba el nacimiento del Niño y cuando descubrió sus cualidades, cuando lo escuchó hablar del Reino y cuando anunció su resurrección y su segunda venida. Pero, María así como estaba llena de fe y de esperanza, está también llena de amor, pero un amor también en aumento. Amor hecho entrega obediente, cuando dijo: hágase tu voluntad. Hecho alabanza y servicio en la visitación, hecho ternura y cuidado en la cuna de Belén, hecho respeto y admiración en Nazaret. Creció María en el amor a Cristo y a Dios; cuando veía a su Hijo rezar; cuando captaba los latidos de su corazón; cuando partía el pan para sus apóstoles y les lavó los pies; cuando fue testigo de sus apariciones y ha resucitado. Y María estaba llena de fe, esperanza y amor, porque estaba llena del Espíritu Santo. Pero, también fue creciendo invadida por Él, porque su sombre la cubría y siempre la guiaba, bajo su dictado rezaba y meditaba todo, trabajaba y servía, acompañaba y se dejaba acompañar, pero esta fuerza del Espíritu que la invadía, por ella soportó estar al pie de la cruz y fue capaz de ofrecer a su Hijo muerto. Animada por el Espíritu Santo unía a los discípulos disgregados y entristecidos. Y ahí con ellos en Pentecostés su alma se convirtió en hoguera viva y su cuerpo en sagrado templo por la difusión del Espíritu Santo. Por eso María es toda hermosura, es toda belleza, porque es toda santa.

La hermosura de María tiene que ver con la gracia y con la Santidad, decir: que María es hermosa, es lo mismo, que es decir: santa y llena de gracia. ¿En qué consistía está belleza? me permito ofrecerles siete tipos de belleza de María.

Su belleza está en la humildad: he aquí esclava del Señor, y Él miró la pequeñez de su esclava. Lo de María fue siempre callar, servir y amar. San Bernardo gran devoto de la Virgen María afirmaba que: María recibió el don de la humildad, porque fue santa y llena por el Espíritu Santo. La humildad es la exigencia de la Santidad, la humildad de María contrasta enormemente con la vanidad de Eva, que quiso ser como Dios y María quiere ser la pequeña y humilde esclava.

Su belleza es la fe: hágase en mí. No entiende, pero se fía y confía. No es como Eva, que no confió en Dios y le creyó al tentador.

Su belleza está en la obediencia: hágase según tu Palabra. Es decir: Señor lo que Tú digas, lo que Tú me pidas, que se haga tu plan, no el mío. Lo contrario de Eva, que desobedeció y probando la manzana le dio también a comer a su marido.

La belleza de María es también su oración, Mujer orante. Oración hecha bendición y alabanza es su Magníficat, su oración es escuchada y acogida de las palabras de la Palabra de su Hijo. Meditaba, oración hecha intercesión: no tienen vino; oración hecha silencio y comunión, el entrañable y profundo intercambio, por eso guardaba todas las cosas en su corazón.

Su belleza es la servicialidad. Allá está la Madre de Dios sirviendo a Isabel durante tres largos meses, ahí está a su disposición, para todo lo que necesitaba la anciana madre. Así como sirvió a Isabel embarazada de Juan, servirá a la naciente Iglesia embarazada de Cristo ¿y cuántas fueron sus atenciones, servicios y esperado cuidado maternal a Jesús en los años de Nazaret? Buen servicio, también, prestó a los recién casados de Caná y todo hecho con tanto respeto y prudencia.

Su belleza está en la pobreza. María era una verdadera pobre Yavhé, no hablamos tanto de su pobreza sociológica, creó que el trabajo en la carpintería de José les daba para vivir pobre, honesta y austeramente, pero vivían. Habló de una pobreza espiritual, que va unida al desprendimiento y a la humildad. Después de la muerte de José quedó viuda, es otro tipo de su pobreza, porque José era un tesoro muy querido para Ella, después de la marcha de Jesús, quedó sola, lo que la hizo más pobre, pues, nada era tan valioso, como la compañía y la cercanía física de su Hijo. Quizá por eso Jesús un día entendería el testimonio de fe generoso de una viuda, que dio hasta su último centavo en el templo y por eso quizá también se compadeció de la vida de Naím, que iba a enterrar a su Hijo Único y se lo devolvió vivo.

También, su belleza está en el amor, un amor hecho entrega, cercanía, disponibilidad, compañía, comunión, martirio incruento sin derramamiento de sangre, un amor eternamente maternal, pero no sólo de un Hijo, sino de muchos hijos innumerables y por eso todo nosotros somos sus hijos. María, toda Madre siempre Madre, para todos Madre y desde el cielo nuestra Madre, la Virgen de Guadalupe. Y está mujer toda hermosa, santa, llena de gracia, de fe y esperanza es nuestra Madre y es Madre de la Iglesia a quien hoy en esta su casita honramos con profundo cariño y devoción, bajo el titulo de nuestra Señora de Guadalupe o como nosotros filialmente la llamamos la Lupita, la Morenita.

Quiero terminar con una letanía suplicante:

Santa María, Madre de Dios,
míranos siempre como hijos con ternura.

Santa María llena del Espíritu Santo,
enséñanos a ser templos vivos de Dios.

Santa María, Madre de Jesús
preséntanos a tu Hijo, para que
nos acerquemos siempre más a Él.

Santa María, trono de la sabiduría,
vive para que gocemos los dones del Espíritu Santo.

Santa María, Mujer creyente,
contágianos de tu fe.

Santa María, esperanza nuestra,
sostén siempre nuestra esperanza.

Santa María, Madre del amor,
envuélvenos en tu misericordia.

Santa María, fuente de la alegría,
v
ístenos de fiesta.

Santa María, reina de la paz,
haznos merecedores de tu protección.

Santa María, Maestra de Jesús,
enséñanos las lecciones que le diste en Nazaret.

Santa María, llena de dolor al pie de la cruz, bendice aquellas familias, que han perdido a cuarenta y ocho niños, sus hijos e hijas, pequeñitos, de seis meses a cuatro años en el siniestro y en el accidente de la guardería que se quemó, bendíceles. Bendice a esas familias y que tu amor ocupe el vacio físico, que ellos dejan.

Santa María, Mujer de la vida, que rompamos esta cultura de la muerte, esta inseguridad y todos hagamos der nuestra vida un auténtica vida y vida en abundancia que nos da el Señor.

Sin duda podríamos seguir más con estas letanías, pero María, Virgencita y Madre de Guadalupe, llena de gracia y hermosura, ruega por nosotros. Bendice nuestra Patria y Continente, y síguenos entregando a Jesús, para llenarnos de Él como sus discípulos y ser misioneros de su Buena Nueva y así compartir nuestro encuentro profundo de Dios con todos nuestros hermanos y hermanas.

Así sea.

¡Santa María de Guadalupe!
¡Viva!

¡Santa María de Guadalupe!
¡Viva!

¡Santa María de Guadalupe!
¡Viva!

¡Viva la virgen de Guadalupe!

 
 
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