Muy queridos hermanos presbíteros y diáconos,
muy queridas hermanas de la Vida Consagrada, queridos seminaristas.
Muy queridos hermanos y hermanas, todos, de manera particular los
que vienen de peregrinos de la Diócesis de Mazatlán y todas las personas
que nos acompañan en esta Eucaristía.
En esta casa solariega de todos los mexicanos nos encontramos
con gozo y alegría los peregrinos de la iglesia particular de Mazatlán,
ante la bendita imagen de la Virgen Morena.
En la Palabra de Dios se nos presenta la crisis y el abatimiento
del profeta Elías, quién llega a perder incluso el sentido de la vida
y anhela que su existencia termine. También, nosotros seres humanos,
frágiles y débiles, en ocasiones nos puede acontecer algo similar
a lo que experimentó Elías, nos podemos llegar a sentir sumamente
cansados, desalentados y con el horizonte perdido o disminuido. Es
una situación natural que se puede presentar en todo hombre y mujer,
y en esta realidad deprimida sólo en el Señor encontramos nuestra
fuerza, como la encontró Elías a través del enviado del Señor y por
el pan y el agua que le ofreció.
El día de hoy nuestro
Padre providente alienta nuestra fe en Jesucristo y nos motiva a que
abramos de par en par las puertas de nuestro corazón y de nuestra
amistad al Salvador, “pues quién deja entrar a Cristo no pierde
nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella
y grande… Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades
de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que
es bello y lo que nos libera… ¡No tengamos miedo de Cristo! El no
quita nada y lo da todo. Quién se da a Él, recibe el ciento por uno.
Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontraran
la verdadera vida”. (Aparecida. 15)
Jesús es el dador
de vida, de la misma vida de Dios, vida inacabable y eterna.
Dador de vida, que nos da el don de sí mismo, con su Cuerpo
y Sangre, con su mensaje que nos ilumina, con su Sacramento Eucarístico
que nos vivifica, con su persona que se entrega a totalidad para Salvación
nuestra, con el Espíritu Consolador que junto al Padre nos ha enviado
para alentarnos y fortalecernos.
Y quién come de ese
pan que es Cristo, el Cristo total, Palabra, Eucaristía, ofrenda y
testimonio, quién se alimenta de él no vuelve a tener sed insaciable,
ni abatimiento perdurable, pues su ser más profundo estará plenamente
dimensionado y satisfecho con Cristo, y constantemente estará renovado
en sus fuerzas como se vigorizó Elías quién prosiguió su misión y
pudo llegar al Horeb, al Monte Santo, así nosotros podremos perseverar
en nuestra propia vocación y llegar siendo fieles al termino de nuestra
vida, donde encontraremos en Dios Uno y Trino la plenitud de nuestro
ser.
Jesús con claridad afirma:
“Yo soy el pan de la vida… Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo;
el que coma de este pan vivirá para siempre”. Lo central de su afirmación
y que ha sido su trascendente y maravilloso aporte a la humanidad,
es el don de sí mismo. Él no ha venido a dar “cosas”, sino
a darse él mismo a la humanidad. Por eso el pan que nos ofrece es
su propia entrega.
Y esto mismo él espera
de nosotros sus discípulos: El discípulo debe considerarse y ser el
mismo como “pan”, y debe repartir su pan como si fuera el mismo quién
se reparte. Ha de renunciar a centrarse en sí mismo, ha de renunciar
a poseerse egoisticamente, sólo el que no tema perderse encontrará
la vida en la medida en que se da, y se posee verdaderamente en la
medida en que se entrega. Hay que hacer que la propia vida sea:
“alimento disponible” para los demás, como ha sido la vida
de Jesús, y repetir el gesto continuo de la entrega del Señor, en
expresión de amor.
Y esta dinámica oblativa
y generosa hay que vivirla en la vida cotidiana y alimentarla en la
participación de la celebración Eucarística, donde se actualiza y
se hace presente la ofrenda del Cordero Inmaculado, la donación de
Jesucristo, y donde podemos unir conscientemente la entrega de nuestra
propia persona.
Así en la Eucaristía
se experimenta el amor divino en el amor de los hermanos y se manifiesta
en el compromiso de donarse a los demás como Él se ha entregado. El
amor de Dios se ha manifestado espléndidamente en Jesucristo, y ha
de seguir manifestándose por medio de los hombres y mujeres, con nuestro
esfuerzo y dedicación por el bien de los demás.
Hoy en este entrañable
Santuario nos encomendamos a la Perfecta Discípula del Señor para
ser nosotros más esmerados discípulos, lo hacemos a María de Nazaret,
que con su exquisita participación dispuso todo su ser para que el
Verbo eterno se encarnara y fuera a nacer de ella el don supremo para
la humanidad. Ella fue también siempre un don para los demás y lo
continua siendo en el curso de la historia.
Hoy alabamos a Santa
María de Nazaret y de Guadalupe, que con su oración y presencia propició
que su bendito Hijo Jesucristo, naciera en el corazón de los mexicanos
y le agradecemos que ella siempre ruega para que todos nos alimentemos
de Cristo, pan vivo bajado del cielo.
Ante nuestra Madre Santísima
del Tepeyac le rogamos por todas las familias del Sur de Sinaloa,
para que en ellas prevalezca la educación en la conciencia y en el
respeto de la dignidad humana, el amor a Dios y el amor al prójimo
y que de esta forma en nuestra sociedad se vivan los bienes de la
Justicia y de la Paz.
María Madre de los cristianos
y de los Sacerdotes te suplicamos que nuestros Presbíteros cultiven
con tu Hijo Jesucristo una relación creciente de amistad y que sean
decididos en su solicitud apostólica por favorecer que todos los bautizados
sean adoradores del Padre en Espíritu y en Verdad, hermanos solidarios
de todos y seres disponibles al Espíritu que hace todas las cosas
nuevas.
En el Año Jubilar de
los 50 años de nuestro Seminario Diocesano suplicamos a nuestra tierna
Madre de Guadalupe para que en nuestra Institución del Seminario se
formen futuros Sacerdotes que tengan madurez humana, equilibrio afectivo,
amantes discípulos de Cristo, fervorosos misioneros que busquen ser
al estilo de Cristo un don de sí mismos para el bien de los demás.
Santa María de Guadalupe
reina y patrona nuestra bendice el Sur de Sinaloa y alcanza gracias
abundantes para que nuestra Diócesis de Mazatlán y nuestra querida
patria sean cada vez más conformes al plan de Dios.
Santa María
de Guadalupe reina y patrona de México, salva a nuestra patria y conserva
nuestra fe.
Que así sea.