Y no es que podamos evitar
la sensación de estrechez, esa angustia que
proviene de hallarnos en situación apurada. La angustia puede venir por muchas cosas y
nos puede deprimir. Jesús mismo se angustió en el huerto de Getsemaní (Cf. Mt 26,37). Y, ya el Señor, les había anticipado
a sus discípulos la persecución (Cf. Mt 5,10-12), misma que llegó apenas iniciada
la predicación Evangelio (Cf. Hech 8,1). Pero tampoco esto los hizo volver atrás y separarse del amor de Cristo.
A pesar de los muchos conflictos, la experiencia
es que el Señor no nos deja solos (Cf. 2Cor 7,5-7). Frecuentemente la vida del apóstol es la de alguien que está afligido, pero no desesperado (Cf. 2Cor 4,8). Es al discípulo misionero a quien
le tocan mil penas y, a pesar de ello, permanece alegre. Es
el más pobre pero, sin saber cómo, enriquece a muchos; porque
no teniendo nada, lo posee todo (Cf. 2Cor 6,10).
Les exhorto a dejarnos iluminar por esta experiencia de fe viva.
Cada uno debe preguntarse: ¿cómo es mi experiencia? ¿algo me está separando del amor de Cristo? ¿son las tribulaciones las que me alejan de Dios? ¿te sientes desorientado en medio
de las constantes pruebas? No desesperemos, ni nos dejemos vencer por los problemas de la vida, al contrario, confiemos en el poder de Dios, cuando
nos sintamos débiles, tenemos que buscar al Señor, entonces
seremos fuertes (Cf. 2Cor 12,10) y saldremos victoriosos para recibir la corona de
la vida (Cf. Sant.1, 12).
La
Palabra de Dios nos ilumina de forma providencial para que
tengamos confianza a pesar de las adversidades. Podemos afirmar
en verdad, que nada, absolutamente nada, nos puede separar
del Amor de Dios que se manifiesta en Cristo Jesús. Ninguna
cosa o situación, por difícil, compleja o dañina que sea (Cf.
Rom 8,31-39). Quiero animar a todos, ustedes, a cimentar nuestra
fe en el Amor de nuestro Salvador que todo lo puede: Cristo,
Jesús, es el poder de Dios. ¿Es tiempo de problemas
más grandes que nuestras fuerzas? Entonces hay que reavivar
en nosotros la fe que espera, la fe que confía en Cristo Jesús.
El Dios con nosotros tiene un enorme potencial de esperanza
que es capaz de ensanchar nuestro corazón para hacer frente
a los retos que nos rebasan.
El
camino que está por delante nos reclama mayores niveles de
fe, de esperanza, de amor y de conversión, pues, no sólo se
trata de sostenernos en la esperanza que no se rompe, sino
de comunicarla. Esa es nuestra misión: convertirnos en Buena
Noticia para la ciudad. Para
anunciar con nuestra vida y persona la Buena Noticia a todo
el pueblo, hace falta que tengamos el lenguaje del Padre,
el amor misericordioso. La Palabra de Amor gratuito del Padre
es Jesús: su gratuidad orienta nuestra historia hacia los
planes de Dios. Cuando nos ponemos en la senda de Jesús podemos
aprender de Él a no vivir para nosotros mismos y convertirnos
en misioneros, convertirnos en instrumentos del Reino Dios,
que tiene que hacerse presente.
Así,
el Señor otorga poderes a sus apóstoles, pero los envía a
que los pongan al servicio de sus hermanos necesitados con
el sello de Dios que es la gratuidad. Porque sólo el amor
gratuito confronta eficazmente, se ofrece a quienes no son
mi comunidad. Cuando damos ese paso de calidad, entendemos
que la razón de la comunidad cristiana es practicar la gratuidad
y el amor de Cristo nos impulsa al encuentro con los más pobres,
con los más alejados. Ellos necesitan tener la fe para que
puedan también vencer las dificultades.
Ahí
también se ubica nuestra participación en el Sacerdocio de
Cristo, la vocación del sacerdote y también del Pueblo Sacerdotal,
es uno de los signos más claros de la gratuidad de Dios, y
así se debe ejercer: don absoluto que se ejerce donándose.
No fuimos nosotros los que elegimos a Dios, Dios nos eligió
sin merito alguno de nuestra parte y nos ha destinado a que
demos fruto y fruto abundante. Y es que Dios mismo es
esencialmente donación, gratuidad, amor misericordioso, todo
lo hemos recibido de Él gratuitamente. Es experiencia de ser
los destinatarios del amor gratuito de Dios, es lo que recrea
la esperanza en nuestros corazones y nos da una seguridad
inquebrantable en que el Señor nos sostiene pase lo que pase.
No confiamos en nuestras fuerzas, confiamos en el Señor.
Podremos
ser Buena Noticia para la ciudad sólo en la medida en que
nos sostiene la esperanza en el Señor y todo lo hacemos como
expresión de ese amor misericordioso. La
Misión es Misión en la gratuidad. Sin merecerlo el Señor nos
eligió, nos llamó, nos envía y nos acompaña. Por su gratuidad
nos necesita. Cada bautizado está llamado a ser testigo del
amor misericordioso en medio de esta sociedad tan plural en
la que todo se hace por una ganancia económica, por intereses
personales o de grupo. Los que estén dispuestos a servir sólo
por amor, son hoy tan necesarios o más, que el ingeniero de
informática o el comunicador.
Es el amor misericordioso
el que nos permite reafirmar el valor de la persona incluso
sobre la justicia misma. Esa actitud de Dios es la que nos
enseña a estar para los demás, capacidad fundamental de quien
se convierte en discípulo y misionero de Jesús. Cuando se pierde el
sentido de la misericordia, se endurece el corazón del ser
humano, se piensa dueño absoluto y ya no respeta como sagrados
los dones recibidos, comenzando con la vida. Sus decisiones
son expresión de ambición y de poder, se olvida que todo lo
que tiene es regalo de Dios. Cuando olvida su origen, su esperanza
ya no radica en Dios sino en sí mismo. Ya no queda espacio
para el amor gratuito de las relaciones humanas ni, por tanto,
para la verdadera fraternidad. Cuando se acepta que todo es
don se encuentra la libertad para compartir lo recibido ¿qué
tienes que no hayas recibido? y si lo recibiste porque te
glorias, como si no lo hubieras recibido. La lógica de la
gratuidad permite entender que hay más alegría en dar que
en recibir (Cf. Hech 20,35), permite vivir la libertad de
tratar a un semejante como hermano hijo del mismo Padre.
Él continúa modelándonos siendo bueno con nosotros para que
podamos convertirnos en Buena Noticia para la ciudad de México.
Estamos en sus manos, no tengamos miedo en renovarnos con
ese espíritu. Los llamo a intensificar su entrega al servicio
de la Misión. Este período pastoral de 3 años que iniciamos
debemos aprovecharlo para consolidar nuestra capacidad de
diálogo y cercanía con todos los ambientes urbanos y poder
testimoniar el Evangelio. Para hacerlo es indispensable que
nuestros ambientes eclesiales se transformen para ser formadores
de discípulos misioneros para la Ciudad.
Hermanos obispos, quienes más dones hemos recibido debemos
también estar dispuestos a dar más. Debemos ser motivación
de servicio para todos los bautizados de nuestras comunidades.
Queridos presbíteros y diáconos, fortaleciendo la comunión
con su obispo, realicemos nuestra labor pastoral con un solo
corazón para que los frutos sean abundantes, demos testimonio
de la unidad de Dios. Hermanos y hermanas de Vida Consagrada, el aprecio a su vocación
nos debe llevar a darle más atención a la comunión fraterna.
Necesitamos de su testimonio para lograrlo en esta gran ciudad.
Hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo Jesús, ustedes
son la Iglesia en medio de las realidades seculares, son la
fuerza evangelizadora. Sigamos adelante en la formación de
todos los bautizados para que su presencia sea Buena Noticia
en nuestra la ciudad.
Con
el Señor les digo a todos: gratis hemos recibido el don
del Evangelio, debemos ofrecerlo con gratuitamente para ser
luz de Dios para con nuestros hermanos aprendiendo de Jesús
y unidos a Él demos gracias porque el Padre nos ha elegido
a pesar de nuestra pequeñez. En aquel momento Jesús se llenó
del Espíritu Santo, y dijo: Yo te bendigo,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado
estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado
a la gente sencilla. (Lc
10,17-21).
Con María, aprendamos
a reconocer la obra de Dios en nosotros y a estar dispuestos
para su plan salvador: “Proclama mi alma la grandeza del
Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque
se fijó en la humildad de su esclava”. (Lc 1,46-48).
El Señor, a través de
María de Guadalupe, confirmó en el Tepeyac esta lógica de
la gratuidad del amor misericordioso al elegir a San Juan
Diego y, en él nos eligió a todos nosotros discípulos y misioneros
como él lo fue. Demos gracias al Señor con nuestra decisión
generosa para convertirnos en sus discípulos misioneros para
esta gran Ciudad de México.
Que el Señor bendiga
a todos ustedes, bendiga a sus familias, bendiga a sus comunidades.