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Homilía
pronunciada por Mons. Víctor Sánchez Espinosa, Arzobispo de la Arquidiócesis de Puebla, en ocasión de la peregrinación de su arquidiócesis, a la Basílica de Guadalupe.

12 de febrero de 2010

Señores arzobispos y obispos, gracias por acompañarnos en esta peregrinación. Señores sacerdotes y diáconos. Amigos seminaristas y personas consagradas. Queridos laicos. Hermanas y hermanos todos.

"Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava".[1] Con estas palabras, que brotaron desde lo más profundo de su corazón, la Virgen María, que por obra del Espíritu Santo había concebido en su seno Virginal al Hijo de Dios,[2] reconocía la obra maravillosa que el Creador había hecho en Ella.

Estas palabras, este cántico al Señor lo hace en las Montañas de Judea cuando va a visitar a su prima santa Isabel. “María es grande dice el Papa Benedicto XVI en su encíclica Deus Caritas Est - y es grande porque quiere enaltecer a Dios en lugar de así misma... Sabe que contribuye a la salvación del mundo, no con una obra suya, sino sólo poniéndose plenamente a disposición en las manos del Señor. No se coloca a sí misma en el centro, sino deja espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo.[3]

Hoy, queridos hermanos, postrados a las plantas de la primera discípula y misionera de Jesucristo en el continente Santa María de Guadalupe, desde esta su casita imploramos su eficaz intercesión y siguiendo su ejemplo, unidos como una sola familia, la familia de la iglesia que peregrina en Puebla. Y esta familia suya debemos también exclamar, también: Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi Salvador”.

Damos gracias al Señor por nuestra Puebla, bendecida por el anuncio del Evangelio; damos gracias al Señor por tantas muestras de su divina misericordia a lo largo de los siglos, y por los dones que recientemente nos ha concedido.

Personalmente, agradezco al Señor que hace un año, en este mismo Santuario, en el que fui ordenado obispo el 26 de marzo de 2004, para servir a esta Iglesia Primada de México y en presencia del Sr. Cardenal Don Norberto, del Sr. Nuncio Apostólico Christophe Pierre, del Sr. Arzobispo Don Rosendo Huesca y de los señores arzobispos y obispos eméritos, de los sacerdotes de Puebla, de la vida consagrada, del seminario y de todos ustedes hermanos laicos de Cristo Jesús. Y acompañado, también, por sacerdotes de VII Vicaría de esta Arquidiócesis Primada, fueron leídas las letras con las cuales el Santo Padre Benedicto XVI me designaba nuevo Arzobispo de Puebla, en esa ocasión tuve la oportunidad de encontrarme con ustedes en esta casita del Tepeyac. En esa ocasión me reuní también con los medios de comunicación, que también hoy nos acompañan en esta peregrinación y a quienes saludo afectuosamente.

"Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi Salvador". Ciertamente, como iglesia que peregrina en Puebla, podemos unimos a este canto jubiloso de la Madre de Jesús, agradeciendo a Dios las innumerables bendiciones, que nos concedió al permitirnos poner en marcha en nuestra arquidiócesis la Misión Continental, y celebrar la nuestra Asamblea Diocesana de Pastoral, que, con el tema: "La Parroquia en misión permanente", reunió del 12 al 15 de octubre en el nuestro Seminario Palafoxiano a más de mil personas, entre sacerdotes, diáconos, personas consagradas y fieles laicos de Cristo Jesús, para ofrecer líneas de acción que nos permitan renovar en los fieles, y en nosotros mismos, agentes de pastoral,  la conciencia de ser discípulos y alegres misioneros permanentes de Jesucristo.

Hoy esa será una de nuestras ofrendas que le presentaremos a la Santísima Virgen de Guadalupe: nuestras orientaciones pastorales de esta Primera Asamblea de Pastoral, sobres este acontecimiento les he escrito a mis hermanos sacerdotes, a mis hermanos y hermanas de vida consagrada, a nuestras cuatro casas de formación del Seminario y a todos los fieles laicos diciéndoles: La Primera Asamblea de Pastoral, la parroquia en misión permanente, realizada en nuestro Seminario Palafoxiano es un paso más en el caminar pastoral de nuestra querida Arquidiócesis de Puebla, fueron días de oración y de reflexión, de diálogo, aportaciones y convivencia. Las orientaciones pastorales, fruto de este encuentro, se irán convirtiendo en el corazón de nuestra acción pastoral en el futuro inmediato. Si entonces experimentamos la presencia viva y la acción renovadora del Espíritu Santo. Ahora tenemos la gracia de contar con este documento conclusivo resultado del trabajo y comunión de los más de mil participantes: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. Además dos sacerdotes asesores de la Arquidiócesis de México: un obispo y un arzobispo emérito. Monseñor Rosendo Huesca y monseñor Gilberto Balbuena.

Deseo que a partir de esta experiencia caminemos juntos con espíritu misionero en sintonía con la Misión Continental propuesta por la V Conferencia de Episcopado Latinoamericano y del Caribe propuesto por Aparecida, cuyo documento final habrá que seguir profundizando sin dar, por supuesto, que ya se conoce lo suficiente. Como nos decía uno de nuestros asesores pastorales: las orientaciones pastorales al final de la asamblea me parecen muy claras y sustanciosas. Así mismo los comentarios y conclusiones de decanatos, habrá que hacer que estas orientaciones, la línea de la arquidiócesis, que todas las parroquias, decanatos, comisiones y estructuras deben tener en cuenta para idear, reformular y en dado caso inventar y así plantear el trabajo diario es continuar una marcha pastoral prometedora. Esta memoria es así fuente de avance diocesano futuro: no me queda, escribía a los participantes en esta asamblea, más que felicitarlos y reconocer su espíritu de trabajo en equipo que ha llevado a una diócesis a encontrarse, pensar y reflexionar juntos, expresión viva de una comunión, que ahora se va vitalizando.

En este día, también, "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi Salvador". Porque quienes hemos recibido de Dios el don inmerecido del Sacramento del Orden, podríamos hacer nuestras estas palabras, particularmente en este Año Sacerdotal, implorando la intercesión de María Santísima para que el Señor nos renueve de tal manera que, como san Juan María Vianney, el "santo Cura de Ars", seamos cada vez más plenamente presencia y prolongación de la vida y de la acción de Jesús, Buen Pastor, Cabeza y Esposo de la Iglesia.

En este día, al contemplar a María consciente de que el amor es la verdadera riqueza[4], y de que se encamina presurosa a un pueblo de las montañas de Judea para servir a su parienta Isabel, descubrimos que, como decía san Ambrosio: "la gracia del Espíritu Santo no conoce dilaciones”[5]. ¡No podemos esperar más! Es preciso que los discípulos de Jesucristo, también seamos misioneros. También, nos encaminemos presurosos a cumplir la misión que el Señor nos ha encomendado ¡Que nada, ni nadie detenga nuestra marcha las naves mar adentro sin temor a las tormentas confiados únicamente en la promesa del Señor!

Es cierto que en el camino vemos con frecuencia cómo aparecen obstáculos y se desatan tormentas. Tormentas  que pueden provocar en nosotros cierto desaliento. Pero, “la vida –como también nos dice el Papa Benedicto XVI- es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso. Pero nos recuerda que en medio de la oscuridad, Jesucristo es la luz, Jesucristo es el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia”.

“Para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía”.[6] Ciertamente, una de esas luces es san Juan Diego, quien habiendo recibido del Señor, por medio de Santa María de Guadalupe, una gran misión, cumplió con lo que se le pedía: edificar un templo.

Edificar un "templo", significa en la mentalidad náhuatl construir la nación, la comunidad, unida en el amor, que es Jesús, Dios y hombre verdadero. "Juan Diego al acoger el mensaje cristiano sin renunciar a su identidad indígena, descubrió la profunda verdad de la nueva humanidad, en la que todos están llamados a ser hijos de Dios en Cristo. Así facilitó el encuentro fecundo de dos mundos y se convirtió en protagonista de la nueva identidad mexicana, íntimamente unida a la Virgen de Guadalupe... Por ello, el testimonio de su vida debe seguir impulsando la construcción de nuestra nación mexicana, promoviendo la fraternidad entre todos sus hijos y favoreciendo cada vez más la reconciliación de México con sus orígenes, sus valores y tradiciones”.[7]

Ahora que en este 2010 celebraremos los bicentenarios de nuestra Independencia y de la Revolución, Juan Diego se nos ofrece como un gran ejemplo a seguir en la construcción de un futuro mejor. Ante la escalada de violencia y las crisis que distintos ámbitos que nos agobian, es preciso recordar el ejemplo de aquellos valientes que, unidos, con esperanza, esfuerzo, paciencia y creatividad, fueron labrando una Nación en la que se respetara la vida, la dignidad, la libertad y  los derechos de todo hombre y de toda mujer, desde su concepción hasta su ocaso natural.

Con esta conciencia, sintiendo dirigida a nosotros la encomienda dada por la Virgen Morenita a san Juan Diego, hoy queremos presentar al Señor, por medio de Santa María de Guadalupe, también otra ofrenda el proyecto de un nuevo Santuario Guadalupano y de un Centro de Espiritualidad, que será construido, con el apoyo de todos, en los campos de nuestro Seminario Palafoxiano. El equipo formador nos ha presentado un proyecto, el Consejo Episcopal conoce ya este proyecto, muy pronto lo presentaré al presbiterio. Los campos que están entre nuestro Seminario Menor y nuestro Seminario Mayor van a ser destinados a la construcción de un Santuario Mariano, de un Santuario Guadalupano. Y así nuestros hermanos, que peregrinan el 12 de diciembre de todas nuestras parroquias de nuestra diócesis, encontrarán ese espacio de culto y de expresión de amor a nuestra Madre de Guadalupe.

"No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna ¿No estoy yo aquí, que Soy tu Madre?". Estas palabras de la Santísima Virgen María son las que nos dan confianza  para presentarle ahora y como ofrendas estos dos proyectos. María nos conduce a Cristo, Ella, como lo escuchamos en la primera lectura, es la Madre del amor, del conocimiento y de la santa esperanza. Para que como verdaderos discípulos, permanezcamos a los pies del Divino Maestro, escuchando su Palabra, recibiendo la fuerza de sus sacramentos, especialmente la Eucaristía y platicando con Él en la oración, para que desde este encuentro, nos encaminemos presurosos a servir a la familia, a los jóvenes, a los pobres y a todos los hermanos, y ayudemos a quienes son llamados por el Señor a escucharle y seguirle.

Hagámoslo, queridos hermanos, imitando a María, que no vino al Tepeyac a anunciarse así misma, sino a ser discípula y misionera de Jesucristo.

Que así sea.


Notas

[1] Cfr. Lc 1, 39-48.
[2] Cfr. 2ª Lectura: Gál 4, 4-7
[3] BENEDICTO XVI, Enc. “Deus caritas est”, n. 41
[4] Cfr. 1ª Lectura: Eclo 24, 23-31.
[5] SAN AMBROSIO, Citado por SANTO TOMÁS DE AQUINO, “Catena Aurea”, n. 9139.
[6] BENEDICTO XVI, Enc. “Spe Salvi”, n. 49.
[7] JUAN PABLO II, Homilía en la Misa de canonización del Beato Juan Diego, Basílica de Guadalupe, México, 31 de julio de 2002
 
 
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