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Homilía
pronunciada por Mons. Juan Odilón Martínez García, Obispo de la Diócesis de Atlacomulco, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

15 de octubre de 2010

Hermanos sacerdotes, hermanas religiosas, hermanos seminaristas y hermanas y hermanos laicos que en comunión con su servidor, tenemos la gracia especial de presentar al Padre por su Hijo en el Espíritu Santo, el peregrinar de nuestra amada Iglesia Particular de Atlacomulco, acompañados del cuidado tierno y delicado de nuestra piadosa Madre, la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien vivimos.

La Palabra de Dios que hemos escuchado, da pleno sentido a esta vigésimo sexta peregrinación de nuestra Iglesia Diocesana, que llenos de alegría y esperanza iniciamos en nuestra Iglesia Catedral el lunes por la mañana, y que hoy estamos clausurando con esta solemne concelebración eucarística, en esta bella casita de nuestra Señora de Guadalupe, en la que una vez más nos recibe para mostramos su amor, auxilio y defensa.

Estoy seguro que todos ustedes, hermanas y hermanos, auxiliados por la gracia de Dios, han tomado conciencia de que somos una pequeña parte del Pueblo de Dios en camino, que queremos conocer cada día mejor al único Señor clemente, compasivo y misericordioso que perdona nuestras culpas y se olvida de nuestros pecados, a fin de que nos volvamos a Él con un corazón humilde y sincero. Creo que nuestra peregrinación ha sido también una nueva oportunidad del amor providente de Dios, para que nos convenzamos que sólo inmersos en medio de nuestros hermanos, podemos caminar juntos hacia ese único y verdadero Dios que nos espera. Agradezcamos a nuestro único guía y maestro Jesucristo, nuestro Señor, porque quiso hacerse peregrino, y caminar resucitado entre nosotros en su admirable sacramento de la Eucaristía.

Gracias Madre Santísima de Guadalupe, porque al encontrarnos una vez más en tu Santuario, nos enseñas que nuestro caminar en la fe en el único Señor de vivos y muertos, es un verdadero canto de esperanza y estar hoy a tus divinas plantas es un encuentro de amor, que nos impulsa a tomar nuevas decisiones, para avanzar en nuestro proceso de conversión.

Hermanas y hermanos, María fue elegida para ser la Madre de Cristo, fue dotada por Dios de la plenitud de la gracia, recibió los dones requeridos para ser el único familiar más cercano del Hijo de Dios en la tierra, la única a quien Él por naturaleza estuvo obligado a venerar y admirar; la escogida para guiarle y educarle, para instruirle día a día a medida que crecía en sabiduría y estatura.

Hoy le presentamos nuestra especial veneración, porque es la llena de gracia y por la intimidad que guarda con su, divino Hijo, acudimos a Ella para que interceda por nosotros ante El, en nuestras necesidades, en las de toda la Iglesia y en las del mundo entero.

Este es el momento oportuno, para que ante su divina imagen, aprendamos de Ella y con Ella a escuchar y a practicar la Palabra de Dios. Tomemos en cuenta que al consagrarse como esclava del Señor, en el servicio a la persona y obra de su Hijo, cooperó con su fe y obediencia en la obra de nuestra salvación. Ella es el mejor ejemplo de cómo se escuchan y reciben las palabras de su Hijo cual exalta la felicidad de su reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamando bienaventurados a los que escuchan y practican la Palabra de Dios, como ella lo hizo fielmente.

La santísima Virgen María nos enseña cómo avanzar en nuestro peregrinar en la fe, para ello es necesario que sigamos su ejemplo de fidelidad en la unión y el seguimiento de su Hijo hasta la cruz.

Virgen de Guadalupe: gracias porque como a hijos pequeños, continúas enseñándonos a aprender lo que tu hijo quiere de nuestra Iglesia Diocesana. Te felicitamos porque eres la Madre excelsa del Divino Redentor..., su humilde sierva y generosa compañera entre todas las creaturas, porque llevaste en tu seno virginal y diste a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos, de los cuales somos ahora nosotros una pequeña parte, te rogamos que sigas cuidándonos y educándonos.

Queridos hermanos y hermanas, les invito a crecer y a madurar cada día más en la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, ejemplo del único amor maternal que ha de animarnos a todos los bautizados, para que como discípulos y misioneros en la Iglesia y en el mundo, cooperemos a la salvación de nuestros semejantes.

Ojalá que celebrando y viviendo esta fe auténtica, en la que reconocemos la excelencia de la Madre de Dios y madre nuestra, corno verdaderos hijos suyos la imitemos en sus virtudes. De este modo, auxiliados por la gracia de Dios y por la intercesión maternal de María, ninguna forma de pesimismo y desaliento ante las manifestaciones de desequilibrios sociales, políticos, económicos y religiosos, nos impedirán continuar nuestro peregrinar diario como Iglesia Diocesana, puesto que hemos puesto nuestra esperanza en el Señor nuestra Paz. Que el amor del Padre por su Hijo en el Espíritu Santo y la atención tierna y delicada de Santa María de Guadalupe, nos guíen como Iglesia Particular de Atlacomulco, nos alienten con su poder y nos iluminen con su luz, para que seamos dichosos en la escucha y práctica de la Palabra y continuemos avanzando en los procesos de nuestro caminar pastoral, renovando y actual izando nuestros métodos de evangelización y catequesis, para que seamos hombres y mujeres abiertos al Evangelio que renueva y purifica nuestras prácticas devocionales.

Que María la discípula más perfecta del Señor, nos acompañe y oriente, para que a ejemplo suyo seamos fieles discípulos misioneros de su Hijo, de quien, por la escucha de su Palabra, de la oración y el testimonio, esperamos alcanzar la gracia, para que sobre todo, nuestros hermanos "alejados" e indiferentes, reaviven su fe, su esperanza y amor, de modo que un día volvamos a caminar juntos, disfrutando las delicias de este banquete de la Palabra y de la  Eucaristía, que diariamente celebramos y compartimos.

¡Que así sea!

 
 
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