15 de
octubre de 2010
Hermanos sacerdotes, hermanas
religiosas, hermanos seminaristas y hermanas y hermanos
laicos que en comunión con su servidor, tenemos la gracia
especial de presentar al Padre por su Hijo en el Espíritu
Santo, el peregrinar de nuestra amada Iglesia Particular
de Atlacomulco, acompañados del cuidado tierno y delicado
de nuestra piadosa Madre, la siempre Virgen María, Madre
del verdadero Dios por quien vivimos.
La Palabra de Dios que hemos
escuchado, da pleno sentido a esta vigésimo sexta peregrinación
de nuestra Iglesia Diocesana, que llenos de alegría y esperanza
iniciamos en nuestra Iglesia Catedral el lunes por la mañana,
y que hoy estamos clausurando con esta solemne concelebración
eucarística, en esta bella casita de nuestra Señora de Guadalupe,
en la que una vez más nos recibe para mostramos su amor,
auxilio y defensa.
Estoy seguro que todos ustedes,
hermanas y hermanos, auxiliados por la gracia de Dios, han
tomado conciencia de que somos una pequeña parte del Pueblo
de Dios en camino, que queremos conocer cada día mejor al
único Señor clemente, compasivo y misericordioso que perdona
nuestras culpas y se olvida de nuestros pecados, a fin de
que nos volvamos a Él con un corazón humilde y sincero.
Creo que nuestra peregrinación ha sido también una nueva
oportunidad del amor providente de Dios, para que nos convenzamos
que sólo inmersos en medio de nuestros hermanos, podemos
caminar juntos hacia ese único y verdadero Dios que nos
espera. Agradezcamos a nuestro único guía y maestro Jesucristo,
nuestro Señor, porque quiso hacerse peregrino, y caminar
resucitado entre nosotros en su admirable sacramento de
la Eucaristía.
Gracias Madre Santísima de
Guadalupe, porque al encontrarnos una vez más en tu Santuario,
nos enseñas que nuestro caminar en la fe en el único Señor
de vivos y muertos, es un verdadero canto de esperanza y
estar hoy a tus divinas plantas es un encuentro de amor,
que nos impulsa a tomar nuevas decisiones, para avanzar
en nuestro proceso de conversión.
Hermanas y hermanos, María
fue elegida para ser la Madre de Cristo, fue dotada por
Dios de la plenitud de la gracia, recibió los dones requeridos
para ser el único familiar más cercano del Hijo de Dios
en la tierra, la única a quien Él por naturaleza estuvo
obligado a venerar y admirar; la escogida para guiarle y
educarle, para instruirle día a día a medida que crecía
en sabiduría y estatura.
Hoy le presentamos nuestra
especial veneración, porque es la llena de gracia y por
la intimidad que guarda con su, divino Hijo, acudimos a
Ella para que interceda por nosotros ante El, en nuestras
necesidades, en las de toda la Iglesia y en las del mundo
entero.
Este es el momento oportuno,
para que ante su divina imagen, aprendamos de Ella y con
Ella a escuchar y a practicar la Palabra de Dios. Tomemos
en cuenta que al consagrarse como esclava del Señor, en
el servicio a la persona y obra de su Hijo, cooperó con
su fe y obediencia en la obra de nuestra salvación. Ella
es el mejor ejemplo de cómo se escuchan y reciben las palabras
de su Hijo cual exalta la felicidad de su reino por encima
de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamando
bienaventurados a los que escuchan y practican la Palabra
de Dios, como ella lo hizo fielmente.
La santísima Virgen María nos
enseña cómo avanzar en nuestro peregrinar en la fe, para
ello es necesario que sigamos su ejemplo de fidelidad en
la unión y el seguimiento de su Hijo hasta la cruz.
Virgen de Guadalupe: gracias
porque como a hijos pequeños, continúas enseñándonos a aprender
lo que tu hijo quiere de nuestra Iglesia Diocesana. Te felicitamos
porque eres la Madre excelsa del Divino Redentor..., su
humilde sierva y generosa compañera entre todas las creaturas,
porque llevaste en tu seno virginal y diste a luz al Hijo,
a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos,
de los cuales somos ahora nosotros una pequeña parte, te
rogamos que sigas cuidándonos y educándonos.
Queridos hermanos y hermanas,
les invito a crecer y a madurar cada día más en la verdadera
devoción a la Santísima Virgen María, ejemplo del único
amor maternal que ha de animarnos a todos los bautizados,
para que como discípulos y misioneros en la Iglesia y en
el mundo, cooperemos a la salvación de nuestros semejantes.
Ojalá que celebrando y viviendo
esta fe auténtica, en la que reconocemos la excelencia de
la Madre de Dios y madre nuestra, corno verdaderos hijos
suyos la imitemos en sus virtudes. De este modo, auxiliados
por la gracia de Dios y por la intercesión maternal de María,
ninguna forma de pesimismo y desaliento ante las manifestaciones
de desequilibrios sociales, políticos, económicos y religiosos,
nos impedirán continuar nuestro peregrinar diario como Iglesia
Diocesana, puesto que hemos puesto nuestra esperanza en
el Señor nuestra Paz. Que el amor del Padre por su Hijo
en el Espíritu Santo y la atención tierna y delicada de
Santa María de Guadalupe, nos guíen como Iglesia Particular
de Atlacomulco, nos alienten con su poder y nos iluminen
con su luz, para que seamos dichosos en la escucha y práctica
de la Palabra y continuemos avanzando en los procesos de
nuestro caminar pastoral, renovando y actual izando nuestros
métodos de evangelización y catequesis, para que seamos
hombres y mujeres abiertos al Evangelio que renueva y purifica
nuestras prácticas devocionales.
Que María la discípula más
perfecta del Señor, nos acompañe y oriente, para que a ejemplo
suyo seamos fieles discípulos misioneros de su Hijo, de
quien, por la escucha de su Palabra, de la oración y el
testimonio, esperamos alcanzar la gracia, para que sobre
todo, nuestros hermanos "alejados" e indiferentes,
reaviven su fe, su esperanza y amor, de modo que un día
volvamos a caminar juntos, disfrutando las delicias de este
banquete de la Palabra y de la Eucaristía, que diariamente
celebramos y compartimos.
¡Que así sea!