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Homilía
pronunciada por Mons. Pedro Pablo Elizondo, LC., Obispo Prelado de la Prelatura de Cancún-Chetumal, en ocasión de su peregrinación a la Basílica de Guadalupe.

27 de julio de 2010

“El Señor hizo en mi maravillas, Gloria al Señor”

Queridos hermanos Sacerdotes, queridas hermanas consagradas y queridos hermanos laicos:

Con gran emoción, alegría y gratitud en nuestro corazón hemos peregrinado desde nuestras lejanas tierras de Quintana Roo para visitar a nuestra madrecita del cielo, para cantarle nuestro Magníficat y para colocar en sus benditas manos orantes nuestro plan pastoral renovado. Queremos compartir con ella la inmensa alegría y el profundo gozo de estar celebrando los cuarenta años de nuestro caminar como prelatura de Cancún Chetumal.

1.- Venimos a visitar a nuestra madrecita de Guadalupe como lo hizo Ella con San Juan Diego y  con su prima Santa Isabel con la esperanza y la ilusión de que entrando en su casita del Tepeyac nos pase lo que le pasó a su prima, que quedemos llenos del Espíritu Santo. Porque cuando estamos con ella y junto a ella, algo especial sucede y nos atrae al Espíritu Santo “Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo” Quien sabe que tiene María que cuando ella viene a visitarnos nos trae al espíritu Santo y  quedamos todo-s llenos del Espíritu Santo. Necesitamos la fuerza del amor del Espíritu Santo para que iluminados y fortalecidos prosigamos nuestro caminar de Iglesia Particular. Hemos caminado ya cuarenta años como prelatura territorial. Cuarenta años caminó el pueblo de Israel por el desierto para ser purificado, para recibir la revelación del Señor y para entrar en la tierra prometida. Cuarenta días pasó Jesús en el desierto orando y ayunando para prepararse a su gran misión evangelizadora y salvadora. Cuarenta años hemos caminado en esas tierras verdes y bellas, junto a esos mares y lagunas cristalinas de un azul turquesa conmovedor impresionante. Cuarenta años cargados de grandes retos, muchos sacrificios y muchos frutos pastorales. El camino que nos queda está cargado de retos aún más grandes, es largo pero muy prometedor y esperanzador, por eso necesitamos la fuerza, la luz y el auxilio del Espíritu Santo para mantener el paso y seguir creciendo más para evangelizar mejor. El Espíritu Santo está actuando poderosamente en innumerables laicos discípulos y misioneros comprometidos en cumplir el mandato misionero y llevar la palabra de Dios a cada comunidad de nuestra prelatura. El Espíritu Santo es el alma de la misión, el motor de la misión, el verdadero protagonista de la misión. El es el que conduce y guía a la Iglesia por los caminos de la misión. Es nuestra fuerza, nuestra luz y nuestra alegría en el cumplimiento de la misión encomendada.

2.- Venimos a cantarle a María Santísima y al Señor Jesús, nuestro Magnificat, nuestro cántico de alabanza, así como lo cantó ella en su visita a su prima Santa Isabel: “Engrandece mi alma al Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava y ha hecho en mi maravillas, gloria al Señor”. Venimos a entonar este cántico de alabanza y acción de gracias porque en verdad el Señor por intercesión de María ha hecho cosas grandes en nuestras vidas y en las vidas de tantos fieles que se acercan a nuestras iglesias y encuentran esa paz, esa luz, ese consuelo, esa fortaleza para proseguir su peregrinar como buenos cristianos, verdaderos discípulos y misioneros de su amor. En estos cuarenta años gracias al trabajo incansable de tantos sacerdotes Diocesanos, Franciscanos, Legionarios, Escolapios, Misioneros de Cristo Mediador, Misioneros Eucarísticos, Mercedarios y Franciscanos Capuchinos se han logrado establecer más de cuarenta parroquias nuevas. Se ha logrado la fundación del seminario menor. Necesitamos consolidarlo y apoyarlo todos para que produzca todos los frutos sacerdotales que  necesitamos urgentemente. Se ha logrado establecer la oficina de Pastoral pero necesitamos consolidar cada una de las comisiones y dimensiones de pastoral. Se han establecido los decanatos que en su breve tiempo de caminar ya palpamos y sentimos los abundantes frutos en la animación pastoral, en la fraternidad sacerdotal y en el apoyo mutuo espiritual y personal de los sacerdotes. Ante tantas gracias y bendiciones como no entonar un gran canto de alabanza y acción de gracias. “El Señor hizo en mi maravillas, Gloria al Señor” El Señor nos ha bendecido con muchos sacerdotes verdaderos misioneros que no escatimaron ningún sacrificio para construir con mucha paciencia y esfuerzo iglesias y comunidades fervorosas a lo largo y ancho de nuestro territorio. Y nos bendijo sobre todo con un obispo prelado, hoy emérito que se ha distinguido por su modestia, humildad, sencillez y afabilidad en el trato con todos, dispuesto en todo momento a servir a sus hermanos sacerdotes y a sus fieles laicos en lo que necesitaran en cada momento y ocasión. De esta forma alimentó y fomentó un sentido de unidad y comunión fraterna entre todos los sacerdotes tanto religiosos como diocesanos. Y logró que estuvieran siempre dispuestos a servir donde Dios los necesitara. Debemos reconocer la valiosa labor realizada por numerosos sacerdotes diocesanos y religiosos que desgastaron su vida por Cristo y por su Iglesia, abriendo brecha en la atención pastoral de los fieles, logrando abarcar todos los rincones y comunidades de la prelatura. Debemos dar gracias a Dios por estos cuarenta años ya recorridos como entidad eclesiástica sin olvidar que la historia de la evangelización en la Península de Yucatán es mucho más amplia y completa. Nos sentimos inmensamente agradecidos con Dios al reconocer que ahí en las tierras de la prelatura Jerónimo de Aguilar rezó por primera vez y durante muchos años las oraciones del breviario, ahí fueron bautizados Julián y Melchor los primeros cristianos mexicanos y que Cozumel fue la puerta abierta para que el signo de la cruz de Cristo y su evangelio quedaran sembrados en nuestra patria. Grabado en nuestra memoria y en nuestro corazón el suceso histórico de la implantación de la Santa Cruz en las playas de Cozumel, recordamos agradecidos que el mensaje de Jesucristo, quien murió en una cruz por nuestra redención, haya quedado sembrado y arraigado para siempre en nuestra patria y haya producido tantos frutos en la vida de los mexicanos. Celebramos con santo orgullo que el seis de mayo de 1518 se haya celebrado la primera misa en la Isla de Cozumel. Sentimos como un gran privilegio y bendición para nuestra prelatura estos acontecimientos históricos lejanos pero imborrables de la primera evangelización de nuestra patria. “El Señor hizo en mi maravillas, gloria al Señor”.

3.- Venimos a colocar en las benditas manos orantes de nuestra madrecita del Tepeyac nuestro plan pastoral renovado. En los últimos cuarenta años la población de nuestro estado se ha doblado cada diez años, a ese ritmo necesitamos crecer en sacerdotes y agentes de pastoral que sean verdaderos discípulos y misioneros de su evangelio. Por otro lado, la diversidad y pluralidad de procedencias, culturas,  tradiciones, costumbres y valores de nuestro pueblo y la enorme diversidad de zonas pastorales hace más compleja la atención pastoral a nuestros fieles católicos. Al pueblo nativo que convive con  los migrantes y colonos que ya se han asentado hay que añadir los millones de turistas que pasan por nuestro estado. Ante estos enormes retos pastorales queremos responder con un plan pastoral renovado. Queremos crecer más para evangelizar mejor. No queremos dejar ninguna comunidad sin evangelizar a fondo.  Queremos propiciar el encuentro vivo con Jesucristo Camino, Verdad y Vida que nos lleve al compromiso de conocerlo más profundamente, amarlo más intensamente, seguirlo más de cerca y anunciarlo con alegría, como verdaderos discípulos misioneros para que su  paz y su amor reinen en nuestra sociedad. Una evangelización que no provoque el encuentro con Cristo vivo y que no desemboque en el envío a la misión no puede llamarse nueva evangelización y no puede producir frutos que permanezcan. “El Señor hizo en mi maravillas, gloria al Señor”.

Necesitamos la participación más intensa y numerosa, más decisiva y responsable de los fieles laicos que son la fuerza de expansión del sacerdote. Al comprometernos en la Misión Continental Permanente estamos convocando, formando y enviando a los fieles laicos generosos y responsables que sienten el llamado de su bautismo a ser discípulos misioneros. Necesitamos potenciar la responsabilidad y el protagonismo de los fieles laicos. La contribución de los fieles laicos es imprescindible para poder llevar adelante la misión continental permanente porque ellos están llamados a salir y llevar la palabra de Dios a los alejados e invitarlos a volver a la Iglesia, y están llamados además a transformar el mundo de la cultura, la educación, los medios, la familia y demás realidades temporales. Como nos pide Aparecida los fieles laicos deben participar en el discernimiento y toma de decisiones, en la planificación y en la ejecución del plan pastoral. Tenemos que seguir impulsando la misión continental permanente a la luz de la palabra de Dios, centrados y robustecidos por la eucaristía,  en profunda comunión fraterna, propiciando una evangelización nueva que lleve a formar bien  esos discípulos  misioneros de Jesucristo constructores de la civilización del amor, constructores de justicia y paz en nuestra sociedad.

Necesitamos renovar y transformar cada parroquia en casa y escuela de comunión, de oración y de misión. Consolidar en cada parroquia la impartición permanente de cursos de biblia, de catecismo y de doctrina social de la Iglesia de acuerdo al compromiso y deseo de los obispos de nuestra provincia. Que nuestra principal estrategia pastoral sea el testimonio de una vida santa, entregada sin reservas, desgastada en el servicio alegre e incansable a nuestros hermanos. Ante la crítica de la Iglesia la única defensa válida es el testimonio de la propia vida: que seamos verdaderos testigos del amor de Cristo Resucitado en el cumplimiento de nuestra tarea y servicio diario, testimonio claro y nítido de amabilidad, bondad y afabilidad en el trato con todos en el servicio a todos.

Virgen Santísima de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive, colocamos en tus benditas manos orantes nuestro plan pastoral renovado para que lo ofrezcas y presentes a tu Hijo Divino, Jesucristo Nuestro Señor. Te consagramos nuestra prelatura, sus sacerdotes, parroquias y decanatos, te consagramos todas las religiosas y consagrados que trabajan incansablemente en la misión evangelizadora, a todos los agentes pastorales y sus apostolados, a todos los discípulos misioneros del evangelio, te consagramos nuestros programas, compromisos y nuestro esfuerzo misionero. Tú que eres la estrella de la evangelización, ilumínanos con tu ejemplo y con tu intercesión alcánzanos las gracias que necesitamos para no cansarnos de hacer el bien y participar activamente en la misión que nos encomendó tu hijo Jesucristo.  Te consagramos nuestros gobernantes y nuestras familias, a nuestros jóvenes, niños, ancianos y enfermos. Te consagramos a nuestros migrantes y visitantes. A todos cúbrelos con tu manto maternal y que sientan tu cariño, tu cercanía, tu protección y tu intercesión. Gracias Madre santísima por todas las gracias y bendiciones que nos has alcanzado a lo largo de estos cuarenta años de nuestro caminar eclesial. Te suplicamos que no nos dejes de tu mano en el camino que nos queda por recorrer. Intercede por nosotros para que el Señor nos conceda toda la luz, la fuerza y el amor de su Espíritu Santo que necesitamos para seguir creciendo en estructuras, en profundidad y en extensión y para producir todos los frutos que el Señor quiere y las almas tanto esperan y necesitan y llevar adelante la gran misión continental permanente para el bien de las almas y el establecimiento de tu Reino. Así Sea. “El Señor hizo en mi maravillas, gloria al Señor”.

 
 
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