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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Benjamín Castillo Plascencia, Obispo de la Diócesis de Celaya, en ocasión de la peregrinación varonil de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

10 de octubre de 2010

Amados hermanos, bienvenidos a la casa de Nuestra Madre.

Después de estos días de camino, de estas jornadas, llegan a la casa de la Madre convocados por el amor de ella, por el espíritu de Cristo que nos mueve como a ella la movió.

Aquí es donde ella se muestra madre de todos nosotros, aquí cumple esa vocación de ser madre; la cumple con nosotros como con su hijo, Dios la llamó para que fuera la  Madre de su hijo y ella con generosidad llena de amor, respondió que sí quería, ser la Madre y lo ha sido siempre. 

Atenta a la palabra de Dios ha hecho suya esa palabra, ha vivido su voluntad hasta el pie de la cruz, padeciendo con su hijo; pero ahí también recibió el encargo de ser madre de todos. Esa vocación de madre se prolonga hasta nosotros, y en este lugar a querido mostrarse especialmente madre de los mexicanos, aquí estamos en la casa de Nuestra Madre llenos de agradecimiento, también para mostrar nuestras necesidades por que así quiso ella,  aquí quería mostrarse madre protectora, aquí quería recibirnos en su regazo, y aquí estamos.

Somos muchos pero no somos todos, somos representantes de nuestra diócesis, de todos nuestro Estado, de todo nuestro país, no está todo el presbiterio, pero representamos a cada uno de los sacerdotes.

Hoy hemos de tener presentes todas las necesidades de nuestro pueblo, y decírselas a Nuestra Madre, para que ella interceda por nosotros, mostrémonos también humildes, sencillos, como Juan Diego, escalerilla de tabla, cola, poca cosa; pero hijos de Dios, hijos de María, ella nos concederá lo que pedimos con fe.

Pero también venimos a darle gracias y le damos gracias porque a través de ella nos acercamos más a su hijo, cuando Cristo nos la entregó sin duda, le da esa misión de cuidarnos como hijos suyos, es decir parte de ese hijo.

Hoy venimos agradecidos como la palabra de Dios, como Naamán, aquel hombre sirio, es decir no judío que padecía aquella enfermedad de la lepra y que quería ser curado, milagrosamente pues se encuentra con una persona de fe, con una criada que le habla del profeta de Dios, y el aunque indeciso al principio, recurre al profeta y es curado por Dios, después de dudar y renegar porque él podía haberse bañado en otros lugares en otros ríos más importantes aceptó al final la voluntad de Dios y fue curado.

Hoy leímos ese pasaje en que se muestra agradecido con Dios con el Dios de Israel y va a entregar sus ofrendas, que el profeta rechaza, pero que luego Naamán en un acto de fe con el único de Dios quiere llevar algo de tierra para construir altar en su tierra, y ahí agradecer a Dios, no hay otro Dios será adorador del único Dios. Así llegamos nosotros también agradecidos a esta casa porque en María encontramos el amor de Dios, una proyección de amor en nuestra vida, un signo de ese amor fino, delicado, de Dios para con nosotros.

También llegamos como esos 10 leprosos a decirle que nos cure, que nos sane, que vea por nosotros; por nuestras necesidades, nos acercamos con confianza pero también nos pide que seamos agradecidos, que no solo pidamos, sino que sepamos dar gracias, dar testimonio de Él, no siempre somos agradecidos, siempre buscamos nuestros intereses, pero una vez recibido el don nos olvidamos.

Hay muchas cosas que nos impiden, que nos quitan de nuestra mente al autor de los dones que recibimos.  De aquellos 10 leprosos 9 no voltearon a ver a Jesús solo uno,  pero ese uno es el testimonio para nosotros. Así también nosotros debemos voltear a dar gracias y a  comprometernos de verdad a alabar a Dios por el don que nos da.

Al estar aquí en la casa de nuestra madre recordamos también a San Juan Diego, aquel indio a quien María llamó desde ese lugar.  María le confió a Juan Diego un encargo y él lo cumplió a pesar de su pobreza, de su miseria, de sentirse poca cosa, así también Dios nos invita a nosotros con María después de haber recibido la fe,  después de habernos renovado, después de este caminar; nos invita a ser mensajeros del amor de Dios, del amor de María Santísima.

María nos ha convocado por distintos caminos en este día, algunos vienen caminando, otros en bicicleta, otros corrieron, muchos llegamos en carros, pero aquí estamos, para sabernos hijos de María, hijos de Dios convocados pero también enviados a dar la Buena Noticia a nuestros hermanos.

Ya dijimos somos una representación, muchos se han quedado en nuestras casas, muchos se han quedado en el pueblo, en nuestra ciudad. Hemos de llegar a compartir la alegría de ser hijos de Dios, la alegría de sabernos por  María amados por Dios y servidores.

Siempre hemos de sabernos discípulos de Cristo, hemos de estar atentos a su palabra, a su vida. María lo quiere así: hagan lo que Él les diga, les decía aquellas personas en Caná de Galilea. Nos quiere también discípulos como ella que fue atenta a la palabra de Dios guardando en su corazón todo aquello que vivía y no entendía,  pero llena de confianza en Dios. Somos discípulos con María, somos discípulos de Jesús, hemos de aprender constantemente de Él,  hemos de conocerlo cada día más, para amarlo más, pero también estamos llamados a ser misioneros, a ser apóstoles como lo fue Juan Diego.

Tal vez Él daría catequesis pero sobre todo dio testimonio de fidelidad de amor. Aquí en esta casa que vayamos pues a ser mensajeros de ese amor de Dios. Tal vez con catequesis hablando comunicando compartiendo pero sobre todo con nuestra vida, con nuestro testimonio que nuestra casa se renueve, que nuestro pueblo se renueve en estos momentos difíciles que pasamos que llevemos ese aliento a todos los que sufren cerca de nosotros, que María Santísima nos dé la gracia de su Hijo para poder animar a nuestro pueblo, transformar nuestro pueblo. Sí, venimos agradecidos y venimos a pedir con confianza, pero hemos de comprometernos a anunciar ese amor de Dios.

Estamos para celebrar nuestra Eucaristía, María ocupa un lugar importante en nuestra Eucaristía, participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, que es mismo cuerpo que Jesús tomó de su madre, por eso en  la eucaristía siempre debemos tenerla presente.  Hemos de vivir ese encuentro con Cristo como ella lo vivió, con fidelidad, sencillez, entrega. Que después de participar en nuestra eucaristía, después de dar gracias salgamos pues a regresar a nuestro pueblo a llevar esa Buena Noticia del amor de Dios a seguir llenos de ese amor de nuestra Madre María que se quiere mostrar amorosa con nosotros, que expresa de esa manera sencilla, generosa, dulce, del amor de Dios.

Quedémonos un momento en silencio tratando de buscar esa presencia nuestra en esta su casa.

 
 
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