6 de julio de 2010
Qué hermoso es llegar a la
casa de la Virgen María, nuestra casa, donde ella nos recibe y atiende
con cariño maternal, nos escucha y consuela, nos conduce al encuentro
de su Hijo Jesús: éste es el sentir de los peregrinos de la Diócesis
de Coatzacoalcos al venir un año más en peregrinación a la Basílica
de nuestra Señora Guadalupe.
Me es grato saludar a todos
los participantes en esta celebración: mis hermanos sacerdotes,
diáconos, religiosas, seminaristas y queridos fieles de las diferentes
parroquias de la Iglesia diocesana. Igualmente saludo a los demás
fieles que se encuentran participando en la Santa Misa y que son
de otros lugares.
- Reconocimiento de la obra
de Dios en la vida de la diócesis.
Damos gracias al Señor por
el trabajo primero y fundamental que estamos realizando en la evangelización,
siguiendo el proceso de nuestro Segundo Plan Diocesano de Pastoral
y con el impulso de la Misión Permanente. Todo lo que hemos ido
avanzando en este gran compromiso de vivir y promover el encuentro
y seguimiento de Jesucristo y su mensaje de salvación; el esfuerzo
de entusiasmar a más hermanos para conocer y hacer vida este tesoro.
El haber concluido el año jubilar del aniversario XXV de la diócesis,
al mismo tiempo que nos ha llenado de alegría, también ha sido una
oportunidad para renovar nuestro compromiso de seguir siendo una
Iglesia evangelizada y evangelizadora, atenta a la realidad y necesidades
de nuestro tiempo; dispuesta a continuar por el camino del servicio.
Las gracias de la celebración
del Año Sacerdotal para los hermanos sacerdotes de la diócesis,
en unión con todos sus hermanos de la Iglesia en el mundo, también
las reconocemos como regalo especial del Señor, con la intercesión
de la Virgen María, para renovar la vida y el ministerio de nuestros
queridos sacerdotes.
Ponemos en las manos de María
Santísima los frutos de la gran semilla que hemos recibido de su
Hijo Jesús, y le pedimos que ella nos siga acompañando en este camino
de entrega generosa para hacer más fuerte nuestro proceso de conversión
personal y pastoral, pues sabemos que aún hay mucho por renovar,
purificar y fortalecer en la vida de nuestras comunidades.
- Preocupaciones y desafíos
que nos inquietan y presentamos a María Santísima.
Compartimos con nuestros hermanos
de todo el país la espiral creciente de violencia e inseguridad,
con sus múltiples manifestaciones, que nos cuestiona sobre las causas
y factores que la han originado y fortalecido. En el fondo de esta
realidad se constata el vacío de la experiencia del amor de Dios,
y por consecuencia el desprecio por la dignidad de la vida humana,
como lo hemos dicho los obispos de México en la Exhortación pastoral
"Que en Cristo nuestra paz, México tenga vida digna"
en el mes de febrero pasado (Cf. No. 108).
Le pedimos al Señor, con la
intercesión de María Santísima, que esta realidad la podamos asumir
con la fuerza de la fe, y dispuestos a colaborar de manera solidaria
y responsable en este problema, que es de "salud pública",
con lo más valioso que tenemos como hijos de Dios, como Iglesia
creyente y activa: Una Evangelización con un nuevo impulso misionero
que pueda "asumir con creatividad y decisión revisando e
impulsando los procesos de transmisión de la fe, de manera que lleven
al encuentro con Jesucristo, inviten a su seguimiento, inicien y
fortalezcan la vida comunitaria, el compromiso social y misionero"
(Ibíd. 185).
Otro gran desafío es renovar
con sabiduría y docilidad el proyecto pastoral para hacer de nuestras
parroquias centros de comunión, lugares donde se predique el Evangelio,
renovando mentalidades, transformando esquemas, que están ya anticuados
y que son ineficaces para que la Palabra de vida resuene de manera
comprensible al hombre de nuestro tiempo. La parroquia, como célula
viva de la evangelización y de experiencia de caridad fraterna debe
responder a los diversos ambientes y necesidades que hoy vivimos.
Al venir a la casa de María
nuestra Madre deseamos pedirle que nos siga impulsando para que
este cariño que le tenemos nos lleve a abrimos una vez más al
misterio del verdadero Dios por quien se vive, y de igual modo
a comprometernos para seguir luchando por la promoción humana, la
reconciliación y la paz. Que sepamos ser valientes para tomar la
cruz de Cristo. La cruz de nuestras responsabilidades diarias.
Que sepamos ser cristianos
decididos, para confesar a Cristo con valentía más que con nuestra
Palabra, con el testimonio coherente hecho de fidelidad a nuestra
propia vocación: en el hogar, en el trabajo, en los compromisos
de la vida diaria. Volvemos a meditar y hacer nuestro el mensaje
reconfortante, lleno de esperanza y consuelo que nos ha dado María,
por medio de Juan Diego: "¿no estoy yo aquí que soy tu madre?,
¿no estás bajo mi sombra y resguardo?, ¿no soy yo la fuente de tu
alegría?, ¿no estás en el hueco de mi manto en el cruce de mis brazos?,
¿tienes necesidad de alguna otra cosa? (Nican Mopohua 119).
- El testimonio misionero
y de servicio de María.
En la lectura del Evangelio
de San Lucas se nos ha dicho que "En aquellos días, se levantó
María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad
de Judá" (Lc. 1, 39). Fue a visitar a su prima Isabel para
estar con ella y ayudarle en la preparación del nacimiento de su
hijo (Juan Bautista); y su presencia es motivo de gozo porque lleva
ya también en su seno a Jesús el Mesías Salvador. Ella se hace la
sierva del Señor, y su servicio se enriquece con la alegría de llevar
a Cristo que ha concebido; y además con la oración del Magníficat,
exalta la buena nueva del amor y poder de Dios por los pobres y
sencillos.
El ejemplo de María nos invita
a todos a salir, a ponernos en camino y llevar a los demás la Buena
Nueva de la presencia de Jesús. Somos Iglesia Misionera si estamos
convencidos del tesoro que llevamos en vasos de barro y que puede
transformar la vida de todo aquél que cree. Como María, pongámonos
en camino para llevar el mensaje de Jesús: Seguramente que todos
los peregrinos tenemos mucho que decirle a nuestra Madre morenita:
en este momento pongamos todo en su regazo, en sus manos, en su
corazón... y ella nos escucha, pues nos ha dicho: "¿No estoy
yo aquí que soy tu Madre?". Y nos va a llevar al encuentro
de su Hijo Jesucristo para que sigamos creciendo como sus fieles
discípulos misioneros: Es un afán y un anuncio misioneros que
tienen que pasar de persona a persona, de casa en casa, de comunidad
a comunidad (Doc. Aparecida, 550).
Conclusión.
Los peregrinos queremos manifestarle
también a nivel personal a María Santísima nuestros proyectos,
necesidades, peticiones... en este momento pongamos todo en su regazo,
en sus manos, en su corazón. Digámosle: Gracias Virgen María por
ser la madre de Jesús nuestro Salvador.
¡Gracias por ser nuestra
madre que nos amas tanto!