21 de octubre de 2010
"Me arrodillo ante el Padre,
para que les conceda que su Espíritu los fortalezca interiormente
y que Cristo habite por la fe en sus corazones" Ef 3, 14. Son palabras de
la Escritura que acabamos de escuchar.
Queridos peregrinos de la Diócesis
de Colima y de otros lugares del país: saludo a todos ustedes
con mucho gusto en este día, en el que, desde hace muchos
años, venimos confiados y con entusiasmo a esta Basílica
de Nuestra Señora de Guadalupe, a lila casita" que
pidió la santísima Señora a san Juan Diego.
Venimos ahora desde la Diócesis
de Colima con el corazón lleno de alegría porque estamos
ante la Madre de Jesús y Madre de la Iglesia que nos acoge
siempre con singular amor, pero a la vez llegamos con el
corazón partido de dolor, por estar experimentando el sufrimiento,
el desprecio a la vida y los virulentos ataques a la familia,
a nuestras familias.
El sufrimiento de estos tiempos
nos hace venir con más confianza para contarle a la Madre
del cielo lo que Ella sabe y solicitar su maternal protección
y defensa. Queremos "vivir el presente con responsabilidad
y proyectarnos al futuro con esperanza" (Ep. Mex. Conmemorar
nuestra historia desde la fe... sept.201º, introducción).
Ahora estamos celebrando el
bicentenario y de ello nos han dado suficientes notas los
medios de comunicación social. Este acontecimiento nos lleva
a reflexionar desde nuestra fe y a comprender que "la
gestación y el crecimiento de una nación es un proceso siempre
prolongado y nunca totalmente acabado, con luces y sombras
que hay que acoger con espíritu generoso y también agradecido
hacia quienes contribuyeron a su realización (Id, 8).
Es cierto que muchos clérigos
participaron en el movimiento de la independencia, que fue
configurando cada vez más el rostro de la patria; es cierto
que Miguel Hidalgo enarboló el estandarte de nuestra Señora
de Guadalupe y alentó a muchos para que se unieran al movimiento
libertario; es cierto que Morelos llamó a nuestra Madre
de Guadalupe "la Patrona de nuestra libertad"
(J. M. Morelos y P. (Sentimientos de la Nación, n. 19);
es cierto que nuestra Señora de Guadalupe ha caminado con
el pueblo de México, que está en el corazón de muchos y
que Ella nos lleva "en el hueco de su manto" (NM);
es cierto que es la Madre de Dios y Madre nuestra y que
por todos los rincones de la patria encontramos su imagen
que consuela y que alienta.
Bien sabemos que Ella es la
“Madre del verdadero Dios por quien se vive" y que
nos entregó a su Hijo para nuestra salvación, sabemos que
Ella es la gran misionera, la continuadora de la misión
de su Hijo, la formadora de misioneros y que Ella trajo
el Evangelio a América (DA 269). Es Ella la discípula modelo,
que escucha la Palabra de Dios y la deja hacerse carne en
su seno virginal; es Ella, la Mujer bien dispuesta a ponerse
en camino para servir a su prima que estaba en necesidad;
es Ella la que guarda en su corazón la Palabra de Dios y
la medita y es Ella la que nos invita a "hacer lo que
É, su Hijo, nos diga" (Jn 2,5)
También aquí, en el Tepeyac
se presentó como la portadora de buenas noticias y como
la madre que acoge. Ella es nuestra Madre. Por eso estamos
aquí Madre, en representación de muchos hermanos que la
contemplan desde sus hogares en las cálidas tierras de Colima
y en las costas de nuestros mares. Ante tus plantas queremos
depositar todas nuestras miserias y necesidades, nuestras
angustias y alegrías, nuestros miedos y nuestras pobrezas,
nuestros esfuerzos por vivir la fe y volvernos constructores
de paz en nuestra patria, así como nuestros esfuerzos para
alentar la MISIÓN CONTINENTAL.
También en nuestros pueblos
de Colima "el Evangelio ha sido anunciado en el pasado
presentando a la Virgen María como su realización más alta"
(P 282) Y el acontecimiento Guadalupano tiene un eco sorprendente
y profundo en el alma del pueblo, a la vez encontramos muchas
iglesias dedicadas a la santísima Señora.
Hoy celebramos con todo México
el don de la libertad, lo agradecemos y tenemos que esforzarnos
por preservarlo. A los pies de nuestra Señora de Guadalupe
ponemos a México y a nuestra patria chica que es Colima
y que la deseamos en paz.
II.- LA PALABRA DE DIOS
El apóstol san Pablo, en la
carta que escribe a los cristianos de Éfeso, de la cual
hemos escuchado un fragmento, les dice que ruega a Dios
Padre les conceda que "conforme a la riqueza de su
gloria, los robustezca con la fuerza de su Espíritu, de
modo que crezcan interiormente". El crecimiento de
la fe de cada cristiano no es posible sin la fuerza del
Espíritu y sabemos que el Espíritu Santo "es Señor
y dador de vida" y que viene del Padre. El Espíritu
del Padre da vida, quiere la vida para todos, no la muerte,
el Espíritu del Padre fortalece el interior con sus dones,
con sus frutos, con sus virtudes, Él nos hace crecer, y
sin Él nada podemos. Si el discípulo se encuentra fuerte
por la acción del Espíritu, será capaz de dar un testimonio
convincente de su fe. De igual manera, si la fe se fortalece,
se comprende y se vive, deberá transformar la vida del creyente.
Si nuestro interior está fuerte, seremos capaces de asumir
todo lo que llegue a nuestra vida, de encontrar sentido
a la vida y aparecer fuertes también exteriormente.
Juan Bautista fue lleno del
Espíritu Santo desde el seno de su madre (Lc 1,15.41) (CC
717). María, la siempre Virgen, es la obra maestra de la
misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud de los
tiempos (CC 721). En María el Espíritu Santo realiza el
designio del Padre. Ella concibe y da a luz al Hijo de Dios
con y por medio del Espíritu Santo (CC 723) y su virginidad
se convierte en fecundidad por medio del poder del Espíritu.
Por esto podemos afirmar que un espíritu fortificado será
capaz de dar el mejor testimonio de creyente, la debilidad
o la tibieza, en cambio, nos hará sucumbir, caer, quedando
sin fuerza para continuar. El Espíritu es el dador de santidad,
y es en la Iglesia "donde florece el Espíritu"
(CC 749). Si estamos cercanos al Espíritu de Dios y vivimos
como Él lo quiere podremos florecer ahí en nuestra parroquia,
en nuestra diócesis, en cualquier lugar donde nos encontremos.
En el texto del Evangelio (Lc
10, 1-9) se nos cuenta el mandato de Jesús a 72 discípulos:
"pónganse en camino, les dice, yo los envío como corderos
en medio de lobos" y digan a la gente "Ya se acerca
el reino de Dios". Es necesario despertar, dejarnos
llenar del Espíritu de Jesús y ponernos, también nosotros
en el camino de la misión. La misión es ahora más urgente
que nunca, el enemigo ataca y quiere destruir la vida, la
familia, la fe, la convivencia humana, quiere el reino de
la muerte, las leyes inicuas que desean imponer unos pocos
para que aceptemos la mentira y la muerte. En la MISIÓN
anunciamos a Jesús el viviente, a Jesús que llena, alegra,
consuela y da sentido a la vida.
III.- MARÍA DE GUADALUPE ESTÁ
SIEMPRE CON NOSOTROS
Hermanos, aquí, en el Tepeyac,
María ha dicho a Juan Diego que nos lleva "en el hueco
de su manto y en l cruce de sus brazos". Ella se presentó
entre nosotros como la portadora de buenas noticias, Ella
se apropió el mensaje de Dios y lo pone en palabras que
comprenda bien el indio Juan Diego, Ella le encomendó una
misión y se puso de parte suya, lo incluye como parte de
sus problemas, lo fortalece y confía en él y le da signos
de que es fiel discípula y misionera, le confía su deseo
de escuchar, de estar y de sanar a todos.
Hoy estamos aquí, a los pies
de Nuestra Señora, meditemos si es posible crecer como misioneros
y miembros de la Iglesia de Jesús a partir del mensaje que
nos dejó nuestra Madre de Guadalupe. Ojalá que vayamos felices
de haber estado con Ella y con su Hijo, que llevemos en
el corazón las palabras que nos dijo: ¿No estoy yo aquí
que soy tu Madre?". Y que aceptando el mandato nos
pongamos también en el camino de la MISIÓN.
Que así sea.