4 de agosto de 2010
Pueblo de Dios que peregrina
en la Diócesis de Linares, como pueblo de Dios nos gusta
peregrinar. El pueblo de Dios del Antiguo Testamento, peregrinó
40 años en el desierto y fue un proceso de purificación.
Nosotros cada año peregrinamos
a este Santuario Nacional de nuestra Señora de Guadalupe,
la casita de oración que ella quiso que se le construyera
y lo hacemos cada vez, con más devoción y un profundo agradecimiento
desde el año pasado empezamos un camino hacia el cincuentenario
de la diócesis. Esta palabra cada vez la oímos más en todas
partes en el Norte, en Sur y en el Centro. Y estas semanas
pasadas tuve la oportunidad de saludarlos en sus propias
comunidades parroquiales, la mayoría, para platicarles que
es importante fortalecer el tejido social; que es importante
llegar a los más alejados; que es importante organizarnos
porque sin organización no podemos practicar la caridad.
La caridad, también, exige una elemental organización que
permita atender a todos en su dignidad como personas, en
sus necesidades como pobres y en eso dediqué el tiempo de
entrevista con ustedes en sus parroquias.
La meta es llegar a noviembre
6 en una asamblea diocesana, donde estemos reunidos todos,
cada parroquia con sus respectivos equipos de pastoral social,
diversificados en sus tareas; quien a la educación; quien
a la necesidades alimentarias; quien a la salud; quien a
algún otro tipo de necesidad que se vaya dando en las comunidades.
Así vamos a ir fortaleciendo nuestro caminar como diócesis.
Esperamos culminar este proceso, terminará en el 2012, como
lo sabemos. En el mes de agosto, tal vez en la peregrinación
del 2012 se ya una peregrinación en que nos sintamos todos
listos, preparados para celebrar con agradecimiento en el
corazón los 50 años que lleva establecido el obispado en
la Diócesis de Linares, para atender a los 15 municipios
que lo integran.
Mientras meditemos hoy ante
nuestra Señora en esta condición y realidad que somos de
pueblo de Dios, vuelvan a su casa y relean el capítulo 13
del libro de Jeremías. Es un capítulo conmovedor nos habla
de los sentimientos de Dios: ve y cómprate un cinturón
de lino, no lo mojes, póntelo a la cintura, y andaría
Jeremías con su cinturón nuevo de lino. Pero, el lee después
otra orden del Señor: llévalo al río y escóndelo en una
añidura de la peña. El profeta sabe que el Señor le
pide acciones que tienen un contenido, sobretodo Jeremías,
porque otro día lo va a mandar a la casa del alfarero para
que entienda como estamos en manos de Él. Así que obedece
y va al río, esconde el cinturón. Pasado un tiempo vuelve
Dios a pedirle que vaya al río a recoger su cinturón y lo
encuentra sí, pero podrido y ya no sirve como cinturón.
Viene y le dice Dios: ¿cómo encontraste el cinturón?
Podrido y no sirve para nada. Pues, eso es lo que yo
quise hacer con la casa de Judá y con la casa de Israel
con mi pueblo que me he ido formando desde los tiempos de
Abraham, este pueblo que lo quise tener tan cerca de mí,
como se tiene un cinturón, porque me es muy querido. Quería
que ellos fueran mi honra, mi fama y mi luz en las naciones,
pero nunca me han escuchado. Así hablaba Dios a su pueblo.
Y así hemos de pensar nosotros
¿qué espera de nosotros? que seamos su honor, su fama, su
lustre en medio de las naciones, porque como pueblo nos
ha pedido que asentemos el reino, su reino en medio de las
naciones. Porque nos ha destinado a todos para que un día
seamos la estructura humana, que reciba el reino. El reino
donde se cumpla la voluntad de Dios; el reino donde podemos
ser hermanos; el reino de la paz, de la justicia y del amor.
Esa es la responsabilidad que pesa sobre nosotros como pueblo
de Dios: ser portadores del reino. Por
eso este año que nos sirva de propósito, un proyecto para
el próximo año.
El año pasado en estas mismas
condiciones meditábamos sobre aquel pasaje de san Pablo
en que nos dice: que en la cara de cada uno de los creyentes
en Cristo se refleja la luz de Cristo, y quisimos ser
y ese fue nuestro propósito ser luz para nuestros hermanos.
Ahora vayamos y propongámonos
ser portadores del reino, el reino que es la colectividad
de hombres y mujeres. El reino que es la comunidad humana;
el reino que no está integrado solamente por los de una
raza; el reino que es lo que nos ha descrito el Concilio
Vaticano cómo es un reino, que tiene un rey, que tiene una
ley, que tiene un mandato, que tiene un fin.
En otras ocasiones en estas
mismas condiciones hemos meditado esta condición de reino
y esta es la Iglesia. La Iglesia que Dios ha querido formarse
y que nos tiene también tan cercanos, como el cinturón de
lino en la parábola de Jeremías. A este reino nos hemos
de avocar, hemos de avocar nuestras tareas, para que el
reino de Dios se establezca en medio de nosotros. El reino
es una realidad que nunca vamos a alcanzar en este mundo,
pero que siempre vamos a estar alentando. El Concilio nos
ha dicho que la Iglesia estará siempre en medio de las vicisitudes
humanas tratando de renovarse tranquilamente por el Espíritu
Santo hasta el día en que el Señor Jesús entregue en manos
del Padre el reino que le ha concedido. Pero mientras tanto
a nosotros los que peregrinamos cada día en nuestra vida
hemos de estar construyendo el reino. Y ahora es importante
que alertemos esta realidad, nuestra diócesis está fracturada.
Vinimos hoy, y con una alabanza hermosa en el corazón lo
digo, vinimos, pero estamos con los puentes rotos, los caminos
desechos, la inseguridad incluso por los caminos y estamos
aquí, como para decirle a nuestra Madre: míranos, tú dijiste
que eras nuestra Madre y que nos ibas a apoyar, como una
Madre apoya a sus hijos. Y por eso si nos han pasado estos
desastres naturales y nos han pasado estos desastres sociales
que dependen de voluntades humanas ahora míranos y ayudamos
a restaurar nuestra diócesis para que sea una estructura
solida donde se reciba el reino de tu Hijo. Queremos hacerlo
Madre.
Que esta, pues, sea nuestra
consigna en este día. Queremos prepararnos para que el reino
de Dios se establezca en medio de nuestras familias. Y el
reino, ya lo dije, somos nosotros los hombres y las mujeres
que peregrinamos en la Diócesis de Linares. Vamos a ir estableciendo
el reino en medio de nosotros, como lo están estableciendo
también otros hermanos en todo el mundo, pero a nosotros
nos toca muy inmediatamente unas tareas muy concretas. Lo
vamos a lograr por el apoyo de nuestra Madre. Y este grupo
de hombres y mujeres, niños y jóvenes que peregrinan en
la Diócesis de Linares son los que acogen la fe, la comprenden
por la meditación continúa, la celebran en todas las fiestas
patronales, la transmiten. Porque ahora estoy viendo, y
me preguntaban mientras peregrinábamos y le cantábamos a
nuestra Señora, me decían ¿cuántos años tiene usted aquí?
y les dije ya tengo 22 años. He visto a las generaciones
de los mayores, de los menores y los jóvenes, los que empezaron
conmigo mientras eran niños, ahora ya son hombres casados.
Este pueblo, pues, la transmite, las va transmitiendo la
fe a las nuevas generaciones. Hasta que un día podamos presentarnos
ante el Padre, cuando Cristo entregue el reino en manos
de su Padre.
Y que todo esto lo vayamos
haciendo siempre con la compañía de nuestra Señora.
Amén.