Mis amados hermanos y hermanas en el corazón de Cristo Jesús.
Adoremos al Único y Verdadero Dios; el Padre de nuestro Señor
Jesucristo. Porque ha determinado por su soberana y misericordiosa
voluntad conducirnos a su casa por medio de su amado Hijo Jesucristo.
En efecto, Él es la puerta, la única que nos conduce y nos introduce
a su Casa con seguridad y certeza, ya desde ahora que formamos parte
del templo vivo que es su Iglesia, del templo vivo que somos cada
uno de nosotros que formamos la Iglesia.
Mis amados hermanos y hermanas, Dios tuvo a bien construirse
una casa convocando al pueblo de Israel con el que pactó una alianza
para llevar a cabo la obra que habría de culminar con su Hijo, Jesucristo,
Salvador del mundo. Parte constitutiva de este pueblo antiguo fue
la Ley con la que lo bendijo, ya que en la formulación de la Ley por
parte de Moisés, lo dotó de una camino cierto y seguro para poder
cumplir su vocación y su compromiso de ser pueblo de su propiedad
y nación santa (Cf. Ex 19,5 Lev 19,1-2).
La Ley, mis amados hermanos y hermanas,
vista y valorada por el pueblo elegido, es, en efecto, una bendición
que colocaba a Israel muy por encima de todos los pueblos de la tierra,
puesto que era su sabiduría y, por los mismo, su orgullo ante todas
las naciones y por la cual, frente a Él, todas aquellas eran ignorantes
y ciegos (Cf. Bar 3,9-38).
La Ley era considerada como un camino
seguro para agradar a Dios y alcanzar la salvación. Por eso era acogida
y valorada como un regalo de su misericordia. Ese es, pues, el sentido
de la Ley: una bendición y una ayuda segura para el creyente que
buscaba hacer la voluntad de Dios.
Como creyentes y herederos de la tradición judía, especialmente
de su Escritura Santa, no podemos nosotros los cristianos considerar
la ley como una camisa de fuerza; como algo que coartara nuestra libertad,
sino todo lo contrario: como la expresión santa de su voluntad
soberana y camino seguro hacia la vida que Dios nos concede en su
Hijo, Jesucristo.
Pero la Ley, mis hermanos, según nuestra fe cristiana, su perfección
en el mandato de Jesucristo sobre el amor, es el mandamiento nuevo.
Jesús nos va a decir una y otra vez, insistentemente, sobretodo a
través de la coat: ámense unos a otros como Yo los he amado
(Jn 15,12). Este mandamiento constituye la culminación de la Ley Santa,
y por encima de éste no hay nada superior en la dimensión horizontal,
es decir: hacia nuestros hermanos. Pero, también, sigue siendo válida
la Ley, entonces, mis hermanos, en cuanto a la dimensión vertical,
es decir: en relación con Dios. No tendrás otros dioses fuera de
mi…, Yo soy el Señor tu Dios, como nos lo enseña Moisés en el
libro del Éxodo.
En la época de Jesús los judíos se las habían arreglado, como
sucede también con nosotros hoy en día, para pretender buscar, por
un lado, el honor de Dios, y por otro, olvidar otros intereses y seguridades
que, a la larga, terminan por robar el corazón del hombre sometiéndolo
y exigiéndole el respeto debido al Único Dios verdadero. Esto era
el dinero que se adquiría mediante el comercio que se desarrollaba
escandalosamente con el pretexto de proveer a los fieles de las ofrendas
necesarias para el culto y de cambiar la moneda propia del templo,
pues, dentro de él no podía circular la moneda corriente romana por
ser impura. Los mercaderes y cambistas del templo no se interesaban
por el culto debido al Señor sino de hacer negocio.
Pero al purificar el templo, Jesús llevó a cabo un acto lleno
de significado. Según san Juan, así comienza Jesús su actividad y
el anuncio de su mensaje mesiánico: estableciendo, precisamente, una
nueva relación con Dios como lo había ya anunciado en el milagro de
las bodas de Caná: “En la casa del Padre es la presencia del Padre
la que debe ocupar pensamientos y acciones; cualquier otra cosa ha
de quedar eliminada y alejada” (K. Stock). Pero precepto de Jesús,
esta manera de pensar de Jesús molestó tanto a los judíos que se sienten
afectados en sus intereses egoístas y materialistas al grado de que
no son capaces de ver el mensaje que les está dando en la limpieza,
en la purificación del templo. Por eso le piden una señal de su autoridad
para actuar de ese modo.
Y Jesús, mis hermanos, como siempre, no va ceder a sus pretensiones
de acusarlo y de exigirle una explicación por su comportamiento. Jesús,
como solía hacerlo con ellos, sus enemigos acérrimos, no responde,
sino con otro signo que les expresa de una manera tan velada que apenas
sus discípulos, identificarán su significado después de su resurrección.
Se da, mis hermanos, lo que suele llamarse en el Evangelio de san
Juan, el caso del ‘malentendido’ como recurso del cual el evangelista
echa mano para poner en evidencia la necedad y la resistencia de los
judíos para aceptar el mensaje, para aceptar a la persona misma de
Jesús.
Cuando Jesús dice, atención mis hermanos que aquí está la clave
de la enseñanza de hoy, aquí está lo esencial que quiere decirnos
hoy el Señor: el celo de tu casa me devora, según los entendieron
los discípulos después de la resurrección, se está refiriendo a la
muerte que le provoca el cumplir la voluntad de su Padre con respecto
a su casa, es decir: su pueblo, nuevo y definitivo templo de Dios
que se edifica sólidamente en Él, que es su Hijo. Y entonces, según
el Evangelio de Juan, Jesús anuncia, desde le principio, el desenlace
de su obra atacada continuamente por sus enemigos judíos. Jesús no
muere porque haya pecado, sin porque llevó hasta las últimas consecuencias
el compromiso con su Padre y con sus hermanos. Un compromiso de amor
filial a Dios y a los hombres, porque Jesús, mis hermanos, era un
hombre totalmente para el Padre, totalmente para nosotros los hombres
y por eso lleva hasta las últimas consecuencias este compromiso con
su Padre y con sus hermanos.
Mis amados hermanos, este es el compromiso que tenemos, también,
nosotros con la dulce Señora del Cielo, nuestra Niña y Muchachita
Santa María de Guadalupe. Cuando nos pidió a través de san Juan Diego
Cuauhtlatoatzin un templencito, una casita. Mis hermanos, todavía
falta mucho para edificarle a la Señora del Cielo su casita, su templecito.
Casita, templo en el Continente, en la Nación Mexicana, en esta Ciudad
de México, en cada familia, en cada uno de nosotros, porque no hemos
llegado hasta las últimas consecuencias de este compromiso con nuestro
Padre Dios y con nuestros hermanos, de ahí la violencia, la inseguridad,
de ahí la crisis económica, de ahí el narcotráfico, tantas porquerías
que estamos viviendo, ¿por qué? porque nosotros, mis hermanos, somos
de verdad vendedores, somos vendedores seguimos vendiéndonos, seguimos
vendiendo a nuestros hermanos, seguimos vendiendo nuestras convicciones,
nuestros valores por un plato de lentejas y no puede ser. Sigue el
reto, el desafío de seguirle construyendo a nuestra Señora su casita
sagrada.
Mis hermanos, nosotros, como cristianos creyentes y miembros
de la verdadera casa de Dios, como piedras vivas del cuerpo de Cristo,
hemos sido purificados del pecado por la sangre del Cordero, de cara
a la salvación y a la gloria de Dios, por la vida imperecedera que
hemos recibido en el bautismo y que todavía se nos promete en plenitud.
Mis hermanos y hermanas muy queridos, Cristo es nuestra ley,
Cristo es nuestro templo. Esto es lo que anunciamos al celebrar la
Eucaristía, especialmente la que tenemos domingo a domingo en todo
el mundo. En esta santa Cuaresma, ella nos ha de ayudar a disponernos
integralmente, es decir: con nuestra mente y nuestras obras, a vivir
más intensamente en la obediencia a la Ley de Cristo. De esto depende
la eficacia con que celebremos la Pascua de cada año, pero especialmente
la definitiva junto a nuestro Padre Celestial.
Que nuestra Muchachita, la Morenita del Tepeyac y Madre nuestra,
la perfectamente obediente Sierva del Padre, nos acompañe con su intercesión,
nos acompañé con su cercanía.
Que así sea, mis amados hermanos.