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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el IV Domingo Ordinario.

1 de febrero de 2009
JESÚS, EL VERDADERO Y ÚNICO PROFETA

Mis queridos hermanos y hermanas, desde el corazón no sólo de la mexicanidad, sino de América. Quiero saludar a su Excelencia Antonio Stagglianó, gran guadalupano, que ha sido nombrado nuevo obispo de la Iglesia. Párroco de la Iglesia de la Visitación en Le Castella Diócesis de Crotone a donde llevamos a Santa María de Guadalupe y que fue recibida con gran fiesta, con gran algarabía, como la Señora que viene del mar. Fue una experiencia muy bella, seguramente este nuevo obispo pronto estará con nosotros visitándonos, agradeciéndole a la Señora esta nueva encomienda pastoral.

Mis hermanos, el amor de Dios se nos revela constantemente en la persona de su Hijo Jesucristo. Y lo más admirable, mis queridos hermanos, es que no deja de sorprendernos con expresiones siempre nuevas e insospechadas que nos llenan de alegría y gozo porque nos hace crecer en la fe y en la esperanza.

Es lo que pasa este domingo en que el Señor y Padre nuestro, nos ilumina con su Palabra a través de la lectura de la Sagrada Escritura. En efecto, podríamos decir: que hoy Él nos invita a entender que el Verdadero y único Profeta es Jesucristo, su Hijo. Pero, Éste es alguien más que un profeta porque, aunque está en la línea tradicional de Moisés y de los profetas que lo anunciaron, es superior a todos ellos. Veamos cómo nos lo hacen ver esas lecturas bíblicas que acabamos de proclamar, especialmente la primera y el Evangelio.

En el libro del Deuteronomio tenemos en el capítulo 18 una preocupación por identificar a los verdaderos profetas diferenciándolos de los falsos. Como, hoy, también en los primeros años del pueblo de Israel se hacía muy difícil distinguir a unos de otros. Las actuaciones vistosas y sorprendentes no bastan para darles nuestra confianza y, mucho menos, nuestra adhesión. Dios sabe muy bien que, como eran los judíos, también somos hoy nosotros muy fáciles de dejarnos seducir por lo llamativo de las prácticas de adivinación, magia y hechicería, pero también nos advierte que quienes practican esas cosas nada tienen que ver con el verdadero proyecto divino y que, más bien nos exponen a perder la entrada en ese proyecto de salvación para todos los que sólo creen y se entregan al cumplimiento de su voluntad. En el libro de Jeremías, se señalarán algunos criterios para diferenciarlos (Jr 23, 9-32; cfr. Jr 28).

Por eso, mis queridos hermanos y hermanas, hemos escuchado en el texto de hoy, que acaba de ser proclamado, que Dios promete a su pueblo un profeta semejante a Moisés, figura y modelo de profeta escogido por Dios para que sea su portavoz en todo momento. Este profeta anunciado, en el texto que escuchamos, por el mismo Moisés, llega a entenderse en la tradición judía como alguien que incluso superaría al mismo Moisés y muy pronto llegó a identificarse, como el futuro Mesías.

Esto es de suma importancia, mis hermanos, porque como creyentes, hemos de estar muy atentos para que, a la luz de la Palabra, podamos distinguir a los auténticos profetas de una manera atinada y segura para nuestra salud espiritual. Por eso, ¿qué mejor que contemplar a Jesús en el Evangelio de hoy para descubrir en qué consiste la verdadera profecía? Jesús realiza su ministerio profético, anunciando la salvación, denunciando la soberbia y la mentira del mundo, pero sobre todo, arrojando con obras de poder al demonio para liberar al hombre de la esclavitud. Es en esto en lo que consiste la actividad del verdadero profeta que sólo Jesús cumplió absolutamente, totalmente.

En la narración que el evangelista san Marcos nos regala hoy, nos presenta a Jesús iniciando su ministerio en medio de su gente. Su ministerio consiste ante todo en ser portador de la Buena Noticia de salvación. Es el profeta por excelencia, puesto que Él mismo es Palabra del Padre. Es más que un intermediario como fueron los profetas del Antiguo Testamento. Porque su obra no consiste sólo en predicar con palabras, sino en anunciar la salvación con hechos liberadores que realizan lo que Él anuncia. En fin, mis amados hermanos y hermanas, podemos afirmar y creer que es el profeta que anunció Moisés. Como la Palabra creadora, la de Jesús dice y hace con suma eficacia. Lo que dice es y sucede. La Palabra de Dios, mis hermanos, tiene siempre una fuerza creadora y liberadora. Esta fuerza se manifiesta de manera plena en Jesucristo, la Palabra. La Palabra humanada y encarnada. Habla con tal autoridad que produce asombro; habla desde el corazón al corazón; ilumina las mentes con la verdad; libera las almas de las fuerzas hostiles con su autoridad y sobretodo, mis amados hermanos, enciende los corazones fríos con el fuego y con el poder de su Espíritu.

Es cierto, queridos hermanos, que Jesús hizo milagros, pero no vino precisamente a hacer eso, mis hermanos, no le interesa impresionar para atraer la atención y adquirir fama y admiración, que en mucho es una forma de dominar. El sentido de esas acciones tan especiales está en que son una confirmación, inmediata y susceptible de ser experimentada, de lo que anuncia y promete en su enseñanza: la vida eterna. Por eso, mis amados hermanos, sus obras tienen que ver siempre con la vida y la vida en plenitud. Una vida liberada de las ataduras de la ignorancia, del pecado y de la muerte eterna. Podemos entender, entonces, mis amados hermanos y hermanas, que la autoridad y la trascendencia de su doctrina se confirma con los milagros que realiza. De manera que hemos de ver, entonces, los milagros como ‘signos’ los cuales son bien aceptados por sus oyentes en el momento de relacionarlos con la autoridad de su doctrina.

Si Jesús aparece como alguien que tiene poder sobre el demonio que, a su vez, tenía bajo su poder a aquel pobre hombre, significa que lo que enseña ha de tomarse en serio. Su autoridad está, entonces, en su poder absoluto sobre el mal. Aquí está la enseñanza central de este domingo, mis hermanos: Jesús es el Hombre-Dios fuerte y poderoso y el único que libera al hombre de la muerte del pecado, según el proyecto misericordioso de Dios sobre el ser humano. El milagro, dicho de otra manera, se convierte en signo profético de la liberación total del hombre por parte de Dios. Es también, mis hermanos, signo de la presencia actual del Reino de Dios, es decir, del Dios que se hace presente en la historia humana para dar inicio a una nueva relación de Dios con el hombre y viceversa. Cada vez que experimentemos estas liberaciones de nuestros demonios impuros es Dios el que está actuando, es Dios el que se está manifestando.

Ésta es también, mis hermanos, la misión de la Iglesia en la que todos tomamos parte como pueblo profético. Y la función del profeta es, como ya dijimos, de denuncia y de salvación. Para ejercer esta función, hemos de saber que bajo la guía, la fuerza y el poder del Espíritu Santo, debemos ser muy críticos de los modos y las prácticas de un mundo que rechaza a Dios y lleva a la muerte. Pero, también ha de ser autocrítica para revisar constantemente sus instituciones y sus expresiones religiosas para buscar siempre hacer a voluntad de Dios la cual consiste en llevar la salvación a todos los hombres mediante el conocimiento de Cristo para que sea aceptado y creído como Salvador y Señor.

Me parece que de esta reflexión también se desprende la necesidad de que como Iglesia o individuos dentro de ella, sepamos, a ejemplo de Jesús, dar testimonio de nuestra fe con obras, nosotros decimos: obras con amores y no buenas razones. Tenemos que dar ejemplo testimonio de nuestra fe con obras. Especialmente las de la caridad en la misericordia y la solidaridad con los que menos tienen, particularmente en este momento de crisis económica. Por eso los domingos primeros de cada mes recogemos algunos dones que ustedes quieren compartir con los más necesitados; vean la mesa del amor, como está llena hoy de ofrendas, bendito sea Dios. Momento de crisis, momento de solidaridad, momento de entrega, momento de sensibilidad ante las necesidades más apremiantes de nuestros hermanos.

Mis amados hermanos, si no nos creen por las palabras, es posible que nos crean por las obras (cfr. Jn 14,11). El mundo está lleno de palabras, los curas estamos llenos de palabras, pero no hay obras muchas veces. Los cristianos estamos llenos de palabras, no hay obras de amor, no hay obras de solidaridad, por eso la miseria, por eso la pobreza, no digamos que  es culpa sólo de los gobiernos o de los ricos y poderosos. Nadie es tan pobre que no tenga nada que dar a sus hermanos. Nadie es tan pobre que no tenga nada que compartir con los más necesitados.

La Sagrada Eucaristía, mis amados hermanos, de cada semana, la Sagrada Eucaristía Dominical, nos ayudará a dar este testimonio cada vez más vivo de nuestra fe en medio de un mundo incrédulo y lleno de soberbia. Igualmente nuestra Muchachita y Celestial Señora y nuestra Madre María de Guadalupe nos enseña y nos acompaña junto con nuestro querido san Juan Diego Cuautlatoatzin en esta tarea que hemos contraído en nuestro bautismo.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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