EL PODER DE LA MISERICORDIA
Mis amados hermanos y hermanas en el corazón
de Cristo Jesús. La misericordia de Dios es la manifestación más
perfecta de su amor por nosotros. Una prueba la tenemos el día de
hoy que, una vez más, y de otra manera, nos enseña con su Palabra.
Palabra viva que es su Hijo, sobre la importancia de ir al fondo
de nuestra vida y descubrir ahí su presencia bienhechora y bondadosa
que nos da generosamente mucho más de lo que podemos o nos atrevemos
a pedirle. La razón es que ni siquiera sospechamos los bienes que
tiene preparados para cada uno de nosotros, para cuantos creen en
Él. Es obra también de su gracia misericordiosa el que poco a poco
vayamos descubriendo y deseando los bienes y valores más altos.
El domingo pasado, mis amados hermanos, quizá preparando el
mensaje de éste, nos hacia ver ya, de alguna manera, cómo su Hijo
no vino sólo a remediar nuestros problemas y sufrimientos. Pues,
si bien hizo muchas obras a favor de cuantos se acercaban a Él,
lo hizo ante todo como prueba de una obra que Él tenía que realizar
entre los hombres: el anuncio y la inauguración del Reino de Dios
a fin de que aceptándolo todos, obtengan la salvación.
Y efectivamente, mis amados hermanos y hermanas, como lo podemos
hoy también constatar en la Palabra que hoy nos regala, vemos cómo
la actuación de Jesús no se queda en el ámbito de la salud corporal.
Para esto no hubiera sido necesaria la Encarnación, su pasión, su
muerte y resurrección. No, mis amados hermanos, Él vino exactamente
a redimirnos del pecado o dicho de una manera positiva, vino a enseñarnos
que nuestro destino, en el proyecto original de su Padre, es que
seamos felices con la vida que sólo Él puede darnos, y estos domingos
últimos hemos insistido en que hemos sido creados para la felicidad,
para la plenitud de vida. Igualmente vino a enseñarnos la forma
como podemos nosotros cooperar libre, obediente y amorosamente con
este don suyo.
Precisamente, y valga la pena repetirlo, el domingo pasado
ya vislumbrábamos esto en la curación del leproso y en la prohibición
de contar lo sucedido. Hoy Jesús nos enseña que el verdadero y más
dramático mal que padecemos todos y cada uno y como humanidad, es
el estigma del pecado. Frente a este mal, casi no son nada las enfermedades
corporales. En efecto el domingo pasado reflexionábamos también
en el hecho de que cuando vivimos en amistad, cuando vivimos en
comunión y armonía con Dios, la paz interior, el amor por la verdad
y la justicia nos permiten gozarnos profundamente en el Dios de
la vida aún en medio del sufrimiento, aún en medio de la enfermedad,
aún en medio de las persecuciones y de las penas. ¡Y éstos son los
verdaderos signos de la realidad del Reino presente y desde ahora!
Veamos esto cómo nos lo explica la Palabra, ya desde el Antiguo
Testamento en la primera lectura y en el Salmo mismo con que hemos
respondido al don de su Palabra.
En la primera lectura tenemos, entonces, mis hermanos, un texto
del profeta Isaías en el contexto del destierro que sufrió el pueblo
entero por sus pecados. Escuchamos a un Dios fiel, contemplamos
a un Dios llenos de compasión por su pueblo ingrato y necio. Frente
a la necedad y contumacia del pueblo desobediente, Dios, en atención
a su categoría de Dios fiel y misericordioso borra los pecados del
pueblo que lo han apartado de una relación armónica propia de los
hijos con su Padre. Dios, mis amados hermanos, nuestro Dios es alguien
que está dispuesto a perdonar incluso antes de que lo reconozca
el pueblo o cualquier individuo. Más aún, con su perdón, quiere
mover al arrepentimiento, quiere movernos a la conversión. Ya iniciaremos
la cuaresma que es tiempo propicio y nos hará un fuerte llamado
para volver hacia Él: arrepentirnos, a convertirnos. Tenemos que
entender, nosotros que definitivamente es el amor, no el temor del
castigo por sí mismo, lo que nos mueve a una verdadera y profunda
conversión. El amor, Dios que nos ama locamente. La característica
más importante del Dios en quien creemos, es para nosotros su misericordia.
Misericordia que se expresa en su disposición permanente al perdón.
Y si esto no nos mueve, en realidad ya no hay nada que hacer para
abandonar nuestros pecados.
En el Salmo responsorial hemos suplicado al Señor que nos sane
de nuestros pecados con la certeza de que si eso sucede, lo demás
es casi nada. Y es que viviendo en armonía con nuestro Padre Dios
y con nuestros hermanos, ni la enfermedad, ni las penas o el sufrimiento
nos pueden acabar. Pecado, precisamente, mis hermanos, es romper
esa armonía con Dios, esa armonía con nosotros mismos, esa armonía
con nuestros hermanos, esa armonía con la naturaleza con la creación.
Por eso cuando vivimos en armonía con nuestro Padre Dios y con nuestros
hermanos, miren, ni la enfermedad, ni las penas o el sufrimiento
nos pueden acabar. Lo que verdaderamente nos lleva a la muerte es
el pecado que está siempre al acecho en nuestra vida. Podríamos
decir que el Señor nos renueva con su perdón una y otra vez, Él
es bondadoso, Él es misericordioso basta que nosotros vayamos a
Él y le digamos: Padre he pecado contra el cielo y contra Ti. Padre
te he fallado, me he desviado del camino, ese es el pecado también.
El hombre que vive en gracia le da al blanco a su vida, vive en
martía dando testimonio. El hombre que vive en pecado vive en amartía
tirando fuera de lugar, tirando fuera del blanco. Por eso, mis amados
hermanos, hoy la Palabra nos exhorta a acudir al Señor y decirle:
renuévanos Señor con tu perdón, renuévanos con tu misericordia.
Si Jesús hubiera sólo curado a los enfermos y resucitado a
los muertos no lo hubieran matado, pues fue precisamente por actuar
con el poder de Dios para perdonar los pecados por lo que fue acusado
de blasfemo. Efectivamente, sólo Dios puede perdonar los pecados,
y si Jesús sanaba radicalmente al hombre de modo que sanara exteriormente,
es porque actuaba con el poder de Dios.
Mis amados hermanos y hermanas, pidamos a Jesús, pidamos con
toda sinceridad de corazón que nos sane como sociedad, que nos sane
como personas, como individuos, de nuestros pecados. Es la única
forma de que logremos vivir en una sociedad justa. El pecado corroe
todas las estructuras de la sociedad: la política, la economía,
las relaciones patronales-laborales, la cultura, la familia, corrompe
la amistad, corrompe el descanso y la alegría de las familias.
Pidámoslo con fe, sí, pero al mismo tiempo en esta Santa Eucaristía,
ofrezcámosle nuestra disponibilidad para hacer lo que nos toca para
responder a su amor fiel y misericordioso manifestado precisamente
en su Hijo que murió y resucitó para darnos vida eterna y que se
nos entrega, se nos ofrece como alimento en la mesa de la Palabra
y en mesa de l Eucaristía.
Encomendemos a Nuestra Muchachita y amada Madrecita, la siempre
Virgen Santa María de Guadalupe a nuestra Patria, a nuestras familias
y nuestras vidas, Ella que contempla misericordiosamente nuestras
miserias y nos empuja a vivir profundamente enraizados y cimentados
en el arraigadísimo Dios por quien se vive: Jesucristo Nuestro Señor.
Amén.