InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Ciclo B
   
 
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el VII Domingo Ordinario.

22 de febrero de 2009

EL PODER DE LA MISERICORDIA 

Mis amados hermanos y hermanas en el corazón de Cristo Jesús. La misericordia de Dios es la manifestación más perfecta de su amor por nosotros. Una prueba la tenemos el día de hoy que, una vez más, y de otra manera, nos enseña con su Palabra. Palabra viva que es su Hijo, sobre la importancia de ir al fondo de nuestra vida y descubrir ahí su presencia bienhechora y bondadosa que nos da generosamente mucho más de lo que podemos o nos atrevemos a pedirle. La razón es que ni siquiera sospechamos los bienes que tiene preparados para cada uno de nosotros, para cuantos creen en Él. Es obra también de su gracia misericordiosa el que poco a poco vayamos descubriendo y deseando los bienes y valores más altos.

El domingo pasado, mis amados hermanos, quizá preparando el mensaje de éste, nos hacia ver ya, de alguna manera, cómo su Hijo no vino sólo a remediar nuestros problemas y sufrimientos. Pues, si bien hizo muchas obras a favor de cuantos se acercaban a Él, lo hizo ante todo como prueba de una obra que Él tenía que realizar entre los hombres: el anuncio y la inauguración del Reino de Dios a fin de que aceptándolo todos, obtengan la salvación.

Y efectivamente, mis amados hermanos y hermanas, como lo podemos hoy también constatar en la Palabra que hoy nos regala, vemos cómo la actuación de Jesús no se queda en el ámbito de la salud corporal. Para esto no hubiera sido necesaria la Encarnación, su pasión, su muerte y resurrección. No, mis amados hermanos, Él vino exactamente a redimirnos del pecado o dicho de una manera positiva, vino a enseñarnos que nuestro destino, en el proyecto original de su Padre, es que seamos felices con la vida que sólo Él puede darnos, y estos domingos últimos hemos insistido en que hemos sido creados para la felicidad, para la plenitud de vida. Igualmente vino a enseñarnos la forma como podemos nosotros cooperar libre, obediente y amorosamente con este don suyo.

Precisamente, y valga la pena repetirlo, el domingo pasado ya vislumbrábamos esto en la curación del leproso y en la prohibición de contar lo sucedido. Hoy Jesús nos enseña que el verdadero y más dramático mal que padecemos todos y cada uno y como humanidad, es el estigma del pecado. Frente a este mal, casi no son nada las enfermedades corporales. En efecto el domingo pasado reflexionábamos también en el hecho de que cuando vivimos en amistad, cuando vivimos en comunión y armonía con Dios, la paz interior, el amor por la verdad y la justicia nos permiten gozarnos profundamente en el Dios de la vida aún en medio del sufrimiento, aún en medio de la enfermedad, aún en medio de las persecuciones y de las penas. ¡Y éstos son los verdaderos signos de la realidad del Reino presente y desde ahora! Veamos esto cómo nos lo explica la Palabra, ya desde el Antiguo Testamento en la primera lectura y en el Salmo mismo con que hemos respondido al don de su Palabra.

En la primera lectura tenemos, entonces, mis hermanos, un texto del profeta Isaías en el contexto del destierro que sufrió el pueblo entero por sus pecados. Escuchamos a un Dios fiel, contemplamos a un Dios llenos de compasión por su pueblo ingrato y necio. Frente a la necedad y contumacia del pueblo desobediente, Dios, en atención a su categoría de Dios fiel y misericordioso borra los pecados del pueblo que lo han apartado de una relación armónica propia de los hijos con su Padre. Dios, mis amados hermanos, nuestro Dios es alguien que está dispuesto a perdonar incluso antes de que lo reconozca el pueblo o cualquier individuo. Más aún, con su perdón, quiere mover al arrepentimiento, quiere movernos a la conversión. Ya iniciaremos la cuaresma que es tiempo propicio y nos hará un fuerte llamado para volver hacia Él: arrepentirnos, a convertirnos. Tenemos que entender, nosotros que definitivamente es el amor, no el temor del castigo por sí mismo, lo que nos mueve a una verdadera y profunda conversión. El amor, Dios que nos ama locamente. La característica más importante del Dios en quien creemos, es para nosotros su misericordia. Misericordia que se expresa en su disposición permanente al perdón. Y si esto no nos mueve, en realidad ya no hay nada que hacer para abandonar nuestros pecados.

En el Salmo responsorial hemos suplicado al Señor que nos sane de nuestros pecados con la certeza de que si eso sucede, lo demás es casi nada. Y es que viviendo en armonía con nuestro Padre Dios y con nuestros hermanos, ni la enfermedad, ni las penas o el sufrimiento nos pueden acabar. Pecado, precisamente, mis hermanos, es romper esa armonía con Dios, esa armonía con nosotros mismos, esa armonía con nuestros hermanos, esa armonía con la naturaleza con la creación. Por eso cuando vivimos en armonía con nuestro Padre Dios y con nuestros hermanos, miren, ni la enfermedad, ni las penas o el sufrimiento nos pueden acabar. Lo que verdaderamente nos lleva a la muerte es el pecado que está siempre al acecho en nuestra vida. Podríamos decir que el Señor nos renueva con su perdón una y otra vez, Él es bondadoso, Él es misericordioso basta que nosotros vayamos a Él y le digamos: Padre he pecado contra el cielo y contra Ti. Padre te he fallado, me he desviado del camino, ese es el pecado también. El hombre que vive en gracia le da al blanco a su vida, vive en martía dando testimonio. El hombre que vive en pecado vive en amartía tirando fuera de lugar, tirando fuera del blanco. Por eso, mis amados hermanos, hoy la Palabra nos exhorta a acudir al Señor y decirle: renuévanos Señor con tu perdón, renuévanos con tu misericordia.

Si Jesús hubiera sólo curado a los enfermos y resucitado a los muertos no lo hubieran matado, pues fue precisamente por actuar con el poder de Dios para perdonar los pecados por lo que fue acusado de blasfemo. Efectivamente, sólo Dios puede perdonar los pecados, y si Jesús sanaba radicalmente al hombre de modo que sanara exteriormente, es porque actuaba con el poder de Dios.

Mis amados hermanos y hermanas, pidamos a Jesús, pidamos con toda sinceridad de corazón que nos sane como sociedad, que nos sane como personas, como individuos, de nuestros pecados. Es la única forma de que logremos vivir en una sociedad justa. El pecado corroe todas las estructuras de la sociedad: la política, la economía, las relaciones patronales-laborales, la cultura, la familia, corrompe la amistad, corrompe el descanso y la alegría de las familias.

Pidámoslo con fe, sí, pero al mismo tiempo en esta Santa Eucaristía, ofrezcámosle nuestra disponibilidad para hacer lo que nos toca para responder a su amor fiel y misericordioso manifestado precisamente en su Hijo que murió y resucitó para darnos vida eterna y que se nos entrega, se nos ofrece como alimento en la mesa de la Palabra y en mesa de l Eucaristía.

Encomendemos a Nuestra Muchachita y amada Madrecita, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe a nuestra Patria, a nuestras familias y nuestras vidas, Ella que contempla misericordiosamente nuestras miserias y nos empuja a vivir profundamente enraizados y cimentados en el arraigadísimo Dios por quien se vive: Jesucristo Nuestro Señor.

Amén.

 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior