ASCENSIÓN Y UNIVERSALIDAD DE LA SALVACIÓN
Mis amados hermanos y hermanas, bendigamos a nuestro Padre
Dios, pues, se ha dignado a llamarnos y destinarnos a una vida
totalmente nueva por medio de su Hijo amado, Jesucristo. Sólo
en Él, tiene nuestra vida una proyección de eternidad. Pues,
aunque lo deseamos desde lo más profundo de nuestro ser, como
algo innato en el ser humano, criatura divina, sólo alcanzamos
la vida eterna gracias a nuestra adhesión existencial, vivencial
y radical a su persona en la fe y el amor. Démosle gracias,
también, porque nos ha llamado a ser parte de su gran familia
que es la Iglesia católica, es decir universal, abierta todos
los hombres y mujeres del mundo con sus culturas, con sus fisonomías
propias.
Así lo hemos venido meditando estos domingos de pascua, iluminados
por el gran acontecimiento de la Resurrección, y este domingo
de la Ascensión nos permite contemplar, desde otra perspectiva,
el misterio pascual del Dios y hombre verdadero que vive para
siempre con nosotros, con los hombres y mujeres de la tierra
y de todos los tiempos.
No podemos contemplar la Ascensión del Señor desde otro contexto
que no sea la Pascua porque es un aspecto de ese mismo misterio
pascual. La resurrección, como la hemos venido meditando en
estos días, tiene en esta fiesta otra expresión que Jesús nos
dejó en el momento de su ascensión a los cielos. Quiere decir,
mis queridos hermanos, que es otra forma de ver la resurrección.
Y para comprenderla en la Iglesia y a lo largo de toda su existencia,
es el acontecimiento histórico en que Jesús, después de hacerse
visiblemente presente por cuarenta días, ya no se dejó de ver
en este mundo al ascender a las alturas. Es un misterio difícil
de entender, pero seguramente con una gran significado para
la fe. Por eso, más que detenernos en tratar de entender los
detalles ese acontecimiento, a nosotros, creyentes del siglo
XXI, nos importa entender, más bien, el significado de ese momento
en la experiencia de los apóstoles.
Las palabras que expresan y explican ese acontecimiento nos
ayudan a descubrir su significado para nosotros que también
vivimos hoy la experiencia pascual. Veamos, mis queridos hermanos,
y oigamos, entonces, a los protagonistas y a los actores de
esas escenas que nos transmiten tanto los Hechos de los Apóstoles,
como el Evangelio de san Marcos. Desde luego san Pablo en la
su carta a los Efesios nos ayuda a profundizar en el misterio.
San Lucas nos presenta a Jesús hablando con sus discípulos
al término de cuarenta días después de su resurrección, tiempo
en el que estuvo todavía instruyéndolos por medio del Espíritu
Santo. No podía ser de otra manera, pues, sólo por obra del
Espíritu es como podemos comprender el misterio y la obra de
Cristo. Una vez resucitado, Jesús les instruye acerca de su
ministerio y de su misterio dejándose ver por ellos. Los discípulos
necesitaban comprender y comprobar con sus sentidos que estaba
vivo. El tema de su instrucción era el Reino de Dios como cumplimiento
de las promesas al pueblo de Israel. Es el tema de siempre,
pues a eso vino, según nos lo dice explícitamente san Marcos
(1,14): a anunciar y a instaurar el Reino de Dios. Y fue en
esos cuarenta días que les hizo comprender que, el Reino que
Él predicó lo encarnaba perfectamente ahora que estaba resucitado.
En otras palabras, mis queridos hermanos y hermanas, podemos
entender que esos cuarenta días que transcurrieron del domingo
de la resurrección hasta que dejó de hacerse presente de una
manera sensible, o como decimos comúnmente, dejó de aparecerse,
sirvieron no sólo para que experimentaran al Dios vivo presente
en la persona de Jesús, sino también para que comprendieran,
con la cooperación del Espíritu Santo, el significado de la
encarnación, de la pasión, de la muerte y de la gloriosa resurrección
de nuestro Señor Jesucristo.
Por eso, al término de estos días, Jesús envía a todos los
discípulos a anunciar, como diría san Juan, lo que habían visto,
lo que habían oído, lo que habían escuchado, lo que habían tocado
con sus manos, acerca del Verbo de la Vida, acerca la Palabra
viva que es Jesús. Y desde entonces, mis hermanos, la Iglesia
no hace otra cosa que anuncia precisamente esto: a Jesucristo,
nacido, muerto y resucitado para nuestra salvación.
Hemos de entender, entonces, mis queridos hermanos, que lo
que anunciamos como Iglesia, e individualmente como miembros
de ella, es que Dios llama a hombres y mujeres de todas la razas,
de todos los pueblos, de todas las naciones, precisamente para
salvarse mediante la fe en el Señor Jesucristo. Este es nuestro
testimonio. Pero sabemos que el bautismo, según lo instituyó
Jesús, es el sacramento por medio del cual el que cree se convierte
en discípulo y miembro de la Iglesia, es decir: del nuevo pueblo
de Dios que camina bajo el señorío de Jesús como rey del universo,
como Rey y Señor del universo. Este sería uno de los significados
de esta fiesta. Con su resurrección, Jesús ha sido constituido
rey de todo lo que existe, de lo visible y de lo invisible,
y los que creemos en Él hemos sido elevados con Él a la vida
que se nos ha prometido por la fe, la esperanza y el amor que
profesamos desde el día, precisamente, de nuestro bautismo.
Pero no debemos olvidar, mis queridos hermanos, que por el
bautismo somos también enviados a anunciar lo que creemos y
esperamos para que todos, conociendo y amando a Dios, se salven
y lleguen al conocimiento de la verdad. Este anuncio, según
el texto de los Hechos, es ante todo mediante nuestro testimonio
de vida; no sólo de palabra, sino de obra. No debemos olvidar,
mis hermanos, que la fe se comunica con la vida. La fe es cuestión
de experiencia y no de mera información y conocimiento, no,
por eso de ahí al exigencia de tener una relación viva, existencial,
comprometida, hoy, aquí y ahora, con el Señor Jesús, un encuentro
vivo con Jesús.
Cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía, especialmente
los domingos, la sola congregación nuestra en torno a la Palabra
para escuchar y dejarnos iluminar y conducir por ella, así como
la participación comunitaria en la comunión eucarística, ya
son por sí solas un testimonio de la fe que profesamos. Pero
todavía, mis hermanos, es mayor testimonio cuando, movidos por
la fe y el amor nos hacemos hermanos de todos y con todos, especialmente,
con quienes más nos necesitan.
Caminemos bajo la sombra amorosa de nuestra Muchachita, Madre
y Señora nuestra, Santa María de Guadalupe por los caminos de
la evangelización extendiendo el Reino de Dios, extendiendo
este Evangelio, que la dulce Señora del Cielo nos trajo desde
hace 478.
Que así sea, mis amados hermanos.