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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el VII Domingo de Pascua, Solemnidad de la Ascensión del Señor.

24 de mayo de 2009
“Año Jubilar Paulino”

ASCENSIÓN Y UNIVERSALIDAD DE LA SALVACIÓN

Mis amados hermanos y hermanas, bendigamos a nuestro Padre Dios, pues, se ha dignado a llamarnos y destinarnos a una vida totalmente nueva por medio de su Hijo amado, Jesucristo. Sólo en Él, tiene nuestra vida una proyección de eternidad. Pues, aunque lo deseamos desde lo más profundo de nuestro ser, como algo innato en el ser humano, criatura divina, sólo alcanzamos la vida eterna gracias a nuestra adhesión existencial, vivencial y radical a su persona en la fe y el amor. Démosle gracias, también, porque nos ha llamado a ser parte de su gran familia que es la Iglesia católica, es decir universal, abierta todos los hombres y mujeres del mundo con sus culturas, con sus fisonomías propias.

Así lo hemos venido meditando estos domingos de pascua, iluminados por el gran acontecimiento de la Resurrección, y este domingo de la Ascensión nos permite contemplar, desde otra perspectiva, el misterio pascual del Dios y hombre verdadero que vive para siempre con nosotros, con los hombres y mujeres de la tierra y de todos los tiempos.

No podemos contemplar la Ascensión del Señor desde otro contexto que no sea la Pascua porque es un aspecto de ese mismo misterio pascual. La resurrección, como la hemos venido meditando en estos días, tiene en esta fiesta otra expresión que Jesús nos dejó en el momento de su ascensión a los cielos. Quiere decir, mis queridos hermanos, que es otra forma de ver la resurrección. Y para comprenderla en la Iglesia y a lo largo de toda su existencia, es el acontecimiento histórico en que Jesús, después de hacerse visiblemente presente por cuarenta días, ya no se dejó de ver en este mundo al ascender a las alturas. Es un misterio difícil de entender, pero seguramente con una gran significado para la fe. Por eso, más que detenernos en tratar de entender los detalles ese acontecimiento, a nosotros, creyentes del siglo XXI, nos importa entender, más bien, el significado de ese momento en la experiencia de los apóstoles.

Las palabras que expresan y explican ese acontecimiento nos ayudan a descubrir su significado para nosotros que también vivimos hoy la experiencia pascual. Veamos, mis queridos hermanos, y oigamos, entonces, a los protagonistas y a los actores de esas escenas que nos transmiten tanto los Hechos de los Apóstoles, como el Evangelio de san Marcos. Desde luego san Pablo en la su carta a los Efesios nos ayuda a profundizar en el misterio.

San Lucas nos presenta a Jesús hablando con sus discípulos al término de cuarenta días después de su resurrección, tiempo en el que estuvo todavía instruyéndolos por medio del Espíritu Santo. No podía ser de otra manera, pues, sólo por obra del Espíritu es como podemos comprender el misterio y la obra de Cristo. Una vez resucitado, Jesús les instruye acerca de su ministerio y de su misterio dejándose ver por ellos. Los discípulos necesitaban comprender y comprobar con sus sentidos que estaba vivo. El tema de su instrucción era el Reino de Dios como cumplimiento de las promesas al pueblo de Israel. Es el tema de siempre, pues a eso vino, según nos lo dice explícitamente san Marcos (1,14): a anunciar y a instaurar el Reino de Dios. Y fue en esos cuarenta días que les hizo comprender que, el Reino que Él predicó lo encarnaba perfectamente ahora que estaba resucitado. 

En otras palabras, mis queridos hermanos y hermanas, podemos entender que esos cuarenta días que transcurrieron del domingo de la resurrección hasta que dejó de hacerse presente de una manera sensible, o como decimos comúnmente, dejó de aparecerse, sirvieron no sólo para que experimentaran al Dios vivo presente en la persona de Jesús, sino también para que comprendieran, con la cooperación del Espíritu Santo, el significado de la encarnación, de la pasión, de la muerte y de la gloriosa resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Por eso, al término de estos días, Jesús envía a todos los discípulos a anunciar, como diría san Juan, lo que habían visto, lo que habían oído, lo que habían escuchado, lo que habían tocado con sus manos, acerca del Verbo de la Vida, acerca la Palabra viva que es Jesús. Y desde entonces, mis hermanos, la Iglesia no hace otra cosa que anuncia precisamente esto: a Jesucristo, nacido, muerto y resucitado para nuestra salvación.

Hemos de entender, entonces, mis queridos hermanos, que lo que anunciamos como Iglesia, e individualmente como miembros de ella, es que Dios llama a hombres y mujeres de todas la razas, de todos los pueblos, de todas las naciones, precisamente para salvarse mediante la fe en el Señor Jesucristo. Este es nuestro testimonio. Pero sabemos que el bautismo, según lo instituyó Jesús, es el sacramento por medio del cual el que cree se convierte en discípulo y miembro de la Iglesia, es decir: del nuevo pueblo de Dios que camina bajo el señorío de Jesús como rey del universo, como Rey y Señor del universo. Este sería uno de los significados de esta fiesta. Con su resurrección, Jesús ha sido constituido rey de todo lo que existe, de lo visible y de lo invisible, y los que creemos en Él hemos sido elevados con Él a la vida que se nos ha prometido por la fe, la esperanza y el amor que profesamos desde el día, precisamente, de nuestro bautismo.

Pero no debemos olvidar, mis queridos hermanos, que por el bautismo somos también enviados a anunciar lo que creemos y esperamos para que todos, conociendo y amando a Dios, se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Este anuncio, según el texto de los Hechos, es ante todo mediante nuestro testimonio de vida; no sólo de palabra, sino de obra. No debemos olvidar, mis hermanos, que la fe se comunica con la vida. La fe es cuestión de experiencia y no de mera información y conocimiento, no, por eso de ahí al exigencia de tener una relación viva, existencial, comprometida, hoy, aquí y ahora, con el Señor Jesús, un encuentro vivo con Jesús.

Cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía, especialmente los domingos, la sola congregación nuestra en torno a la Palabra para escuchar y dejarnos iluminar y conducir por ella, así como la participación comunitaria en la comunión eucarística, ya son por sí solas un testimonio de la fe que profesamos. Pero todavía, mis hermanos, es mayor testimonio cuando, movidos por la fe y el amor nos hacemos hermanos de todos y con todos, especialmente, con quienes más nos necesitan.

Caminemos bajo la sombra amorosa de nuestra Muchachita, Madre y Señora nuestra, Santa María de Guadalupe por los caminos de la evangelización extendiendo el Reino de Dios, extendiendo este Evangelio, que la dulce Señora del Cielo nos trajo desde hace 478.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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