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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el VI Domingo Ordinario.

15 de febrero de 2009

LIBERTAD Y FE-CONFIANZA RECOMPENSADAS

Queridos hermanos y hermanas en el corazón de Cristo Jesús. No dejamos de alabar y bendecir a Dios, nuestro Padre, por la delicadeza de su amor que nos manifiesta permanentemente en su Hijo Jesucristo. En efecto, mis hermanos, su Hijo, aunque no vino en primer lugar a resolver problemas meramente humanos como la salud,  y el sufrimiento que conllevan las enfermedades; las diferencias sociales con la pobreza tan escandalosa; la opresión social con el abuso de poder y la explotación de los más desfavorecidos, etc., sí podemos decir que nos enseña que, luchando contra toda esa clase de miserias, como Él lo hizo, podemos ser, como Él, signos vivos de una realidad trascendente y eterna como es el Reino de Dios al que estamos destinados todos los seres humanos por designio misericordioso de Dios.

Jesús, mis hermanos, con la prohibición al sanado de la lepra de contar lo que le ha sucedido, quiere evitar que la gente lo vea inmediatamente como un médico extraordinario y nada más. Precisamente no estaría de acuerdo con lo sucede hoy entre nosotros, cuando sólo acudimos a la religión cuando tenemos necesidades para que Dios nos saque de los problemas. Parecería que sólo para eso sirve Dios. Probablemente esa pudo haber sido la actitud del leproso. Sólo obtener el beneficio de la salud. Pero, Jesús le concedió mucho más de lo esperaba obtener y ni siquiera sospechaba Él.

Sin embargo, mis queridos hermanos y hermanas, tenemos en este hombre toda una lección de cómo acercarnos a Jesús, pero no sólo para que nos libere de las enfermedades o remedie nuestras necesidades. Los invito, mis hermanos, a no quedarnos en la actividad taumatúrgica de Jesús. Quiero decir: que no nos quedemos en la admiración de su capacidad de hacer maravillas. Pues, al fin al cabo son sólo acciones materiales. No, mis amados hermanos, los invito a ir más allá de los hechos externos y portentosos, por más que no dejan de ser asombrosos.

Mis hermanos, el leproso del Evangelio de hoy se acerca a Jesús, a pesar de tener terminantemente prohibido hacerlo por la ley mosaica. Parece que se mueve con la misma libertad de Jesús frente a la ley y es cierto. Tiene una gran necesidad, pero también experimenta una gran confianza ante Jesús. Sabe que Jesús puede hacer lo que le pide de una manera tan discreta y sutil. LIBERTAD, FE Y CONFIANZA LE LLEVAN A ATREVERSE A ENCONTRARSE CON ÉL. Ese hombre pide con un acto de confianza por delante.

Hay de por medio, mis hermanos, pocas palabras. Es un diálogo tan breve como intenso: si quieres Señor puedes curarme. Quiero. La respuesta de Jesús es todavía más breve pero al mismo tiempo determinante y acompañada de un acto. En su respuesta pronta y eficaz Jesús pone en movimiento su corazón que se conmueve, su mano que toca, su voluntad que se manifiesta en el acto que, junto con su Palabra, revela su poder.

Pero Jesús, mis hermanos, es mucho más que un médico extraordinario. Y quiere que su misión no se entienda sólo como la de hacer milagros. Más bien quiere que su misión mesiánica sea tomada en serio y no sea visto como alguien que resuelve la vida fácilmente; como un milagrero. Por eso prohíbe que se divulgue esa fama que distorsionaría su misión que no es otra que la de anunciar y hacer real la presencia del Reino de Dios. Definitivamente, mis hermanos, como ya hemos dicho al empezar esta reflexión, Jesús no vino, en primer lugar a hacer bienes y evitar males, sino a predicar el Reino que consiste en el proyecto amoroso del Padre de que todos los seres humanos se salven mediante la aceptación libre y agradecida de ese plan.

Por eso, mis queridos hermanos, los milagros de Jesús, como en el que hoy meditamos, manifiestan mucho más que el interés de Dios por la salud corporal. Manifiestan, más bien, su deseo de salvar integralmente  por la fe de éste y su entrega confiada al poder de Dios como respuesta. Poder se que hace presente en la persona de su Hijo Jesucristo.

Con estas consideraciones podemos ahora, hermanos, comprender la enseñanza de Dios a través de la Palabra, que hoy nos ha regalado, si nos colocamos en el lugar del leproso que cree y confía entregándose al poder de Jesucristo. Nosotros, mis hermanos, tal vez estamos agobiados por enfermedades profundas y graves que, en primer lugar, hemos de aceptar para experimentar la necesidad de ser sanados. Nadie está tan sano que no necesite de esta oportunidad de salvación, de sanación profunda y plena. No debemos olvidar que Dios nos quiere felices, Dios nos quiere llenos de vida, ya desde ahora que estamos en camino al encuentro definitivo con Él. No hay más allá sin un acá, mis hermanos. No hay un después, sino no un ahora, por eso desde ahora el nos invita a ser felices. Ha llenarnos de vida, más aún podemos decir, que el hecho de ir experimentando la plenitud de la vida hoy es garantía de que la obtendremos plenamente cuando Él nos llame a su presencia. Mis amados hermanos y hermanas, preguntémonos: ¿qué es lo que me impide ser feliz? ¿puedo alcanzar esa felicidad tan deseada? ¿me atrevería a pedirla? ¿estaría dispuesto/a a pedirla y a trabajar por obtenerla? ¿qué tan libre soy, como el leproso, para pedirla? “Señor sáname, Señor libérame, si Tú quieres”¿qué tanto estoy dispuesto/a a dejar con tal de ser libre, sano y feliz?

Debemos, convencernos, mis hermanos, de que hay algo mucho más importante que la salud física, de que hay algo más que el bienestar material, el éxito… Es mucho más importante LA PAZ INTERIOR, LA GENUINA LIBERTAD, la capacidad de AMAR y de DAR, de PERDONAR, la ALEGRÍA en las cosas pequeñas y cotidianas. Mis hermanos, es mucho más importante el AMOR por la justicia y la verdad. Todo esto es don de Dios y casi nunca se lo pedimos. Y por el contrario, nos pasamos mucho tiempo sin estas verdaderas riquezas y por eso vamos por la vida, arrastrando los pies como sombras, y lo peor, resignados a pasarla así: marginados, tristes, angustiados, desesperados, frustrados, ¡como si así fuera la vida! y no es así la vida, mis hermanos, no.

Pero esto no puede ser así, mis hermanos, porque hemos sido llamados a compartir la vida con Dios. Y desde ahora la hemos de empezar a compartir ¡o nunca la alcanzaremos! Esto se va haciendo posible cuando vivimos intensamente la experiencia de la caridad fraterna en la Santa Eucaristía, en la Santa Misa a la que acudimos domingo tras domingo, y tal vez entre semana, para sabernos integrados en comunidad y para ser curados o fortalecidos. No salimos siempre igual de la misa de cómo llegamos, siempre salimos fortalecidos, sanados, reanimados, confortados, a fin de seguir caminando juntos hacia la meta que se nos promete en Jesucristo, el Señor. Salimos llenos del Espíritu de Cristo. Más si comemos su Palabra y el Pan Eucaristizado.

Mis amados hermanos, cuando salimos de la Santa Eucaristía, cada domingo, vamos, entonces, por el mundo, como Jesús, siendo signos de la presencia del Reino para que otros también se salven, para que otros vean en nuestras vidas, que se puede ser feliz, que se puede ser pleno, siempre y cuando estemos enraizados y cimentados en el Señor Jesús.

Nuestra Muchachita y amada Madrecita, la Dulce Señora del Cielo, Santa María de Guadalupe, modelo y ayuda perfecta nos acompaña con amor solícito de Madre y maestra.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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