VIVIR EN EL AMOR POR LA OBEDIENCIA
Mis queridos hermanos: Dios jamás se cansa de
amarnos. No deja de manifestarnos su paciencia y su ternura
a pesar de nuestras infidelidades y rebeldías. Nosotros somos,
en cambio, con mucha frecuencia, inestable y muy volubles en
el amor que decimos profesarle. Muchas veces hasta llegamos
a reclamarle después de que hemos actuado en contra de su voluntad.
Con todo esto, mis amados hermanos y hermanas, en Dios no hay
alternativa: no sabe hacer otra cosa que amarnos.
Miren, mis amados hermanos, nosotros escuchamos en la Carta
de san Juan: Dios es amor. Misterio insondable. No es
que tenga amor, sino que es amor, que se define como amor, que
vive de amor, que no puede sino amar y no puede hacer nada que
vaya contra el amor, porque se destruiría así mismo. No puede
haber mejor noticia, saber que el principio, el centro y el
fin de todo es la poderosa energía del Amor. Y saber que Dios
te ama, pase lo que pase. Y saber que, si estamos hechos a su
imagen y semejanza, el dinamismo constitutivo del hombre no
puede ser otro que el amor. ¡Qué hermoso Evangelio hemos proclamado!
Precisamente, hermanos míos, si Dios es amor, si nos ama tanto,
nosotros, por parte nuestra, deberíamos tener presente esto
en el momento de calibrar nuestra fe, así como la forma más
auténtica de darle el culto que se merece. Porque frecuentemente
nos da por hablar de nuestra devoción por Dios a partir de meras
prácticas exteriores que, hablando honestamente, poco tienen
que ver apenas con la religión verdadera y casi nada con la
una fe auténtica: la que se vería reflejada en nuestra actitud
de obediencia, en nuestra actitud de amor al Señor, al Señor
de la vida y reflejo vivo de Dios que es: Jesucristo.
Recordemos el domingo pasado, mis hermanos, Jesús decía, muy
claramente: la calidad de relación entre Él y nosotros, sus
discípulos: YO SOY LA VID, USTEDES SON LOS SARMIENTOS.
El Señor Jesús de esta manera explicaba, en el discurso de su
despedida, y en un primer momento, cómo es una realidad ‒
que
no tiene alternativa ‒ la total dependencia de los discípulos
con respecto a Él, como vid verdadera, en lo que mira a la misión
ineludible de dar frutos. Este domingo, el Señor Jesús nos habla
más bien de sí mismo indicándonos lo que Él hace con respecto
a su Padre y lo que nosotros hemos de hacer con respecto a Él,
si queremos ser verdaderamente discípulos suyos.
De esta forma, mis queridos hermanos y hermanas, Jesús nos
enseña cómo es la profunda y total comunión de vida entre Él
y nosotros como discípulos suyos subrayando que Él es la fuente
de la vida por la que nos mantenemos vivos para dar los frutos
que Él espera de nosotros sin los cuales no podemos llamarnos
hijos de Dios.
Mis amados hermanos y hermanas, ya hace ocho días, en el Evangelio,
en la Palabra proclamada nos referíamos al significado de la
permanencia que nos señala Jesús como advertencia para dar esos
frutos y que tiene que ver con la obediencia de sus mandatos.
Hoy en el Evangelio nos especifica muy clara y puntualmente,
que lo que más le importa es la vida en el amor fraternal, como
expresión de esa obediencia a Él, de la misma manera como Él
obedece a su Padre en el amor, es bien clarito el Señor Jesús:
“COMO EL PADRE ME AMA, ASI LOS AMO YO… COMO YO LO HES AMADO,
AMENSE LOS UNOS A LOS OTROS”.
Miren, el Señor Jesús nos está diciendo que la relación entre
Él y su Padre es el modelo de la relación entre Él y nosotros.
Es así como tenemos garantizada una relación de amor, la única
capaz de producir vida eterna. Así como Él recibe todo del Padre,
así nosotros hemos de recibirlo todo de Jesús, diríamos la cepa
de vida eterna, y de nadie más, mis hermanos, más que del Señor
Jesús. Un poco antes Él había proclamado sin embargo, que: Él
es el camino, la verdad, que Él es la vida (14,6).
El Señor Jesús nos ha explicado cómo es el amor del Padre,
amándonos. Toda la vida de Jesús, sus palabras, sus signos,
sus gestos, su pasión, muerte, su pascua gloriosa y su resurrección
gloriosa sn pruebas definitivas de ese amor divino. Ningún hombre
podía amar tanto, nos amó hasta el extremo, hasta el madero,
hasta la cruz. El superó y trascendió los límites y las capacidades
humanas, de manera que el hombre, desde Cristo, ya es más que
hombre. Pero también nos está revelando algo de importancia
trascendental: que sólo por Jesucristo podemos tener el verdadero
acceso al Padre, su Padre que es también nuestro, y a su
vez la forma como el Padre nos comunica su amor que es su Hijo
y Señor nuestro, Jesús. Efectivamente, mis amados hermanos,
Jesús nos dice: que el principal encargo recibido de su Padre,
que Él cumple en plenitud, es precisamente amarnos a todos
y a cada uno de los miembros de la humanidad. Para enseñarnos
eso, mis hermanos, Jesús declara que es nuestro amigo y nos
ha elegido primero antes de que nosotros optemos por Él, que
da su vida por nosotros y comparte con nosotros todo lo que
conoce del Padre.
Miren, todo eso, mis amados hermanos y hermanas, me parece
que tiene derecho a esperar de nosotros, y por nuestro propio
bien, UNA ADHESIÓN QUE VA MUCHO MÁS ALLÁ DE UNA INFORMACIÓN
SOBRE SU PERSONA O CIERTA SIMPATÍA POR ÉL. Jesús no quiere
fans, ni somos fans de Jesús, como ahora decimos, no, Él quiere
que seamos sus discípulos y por eso Él exige, lo subrayamos,
como Él lo hace, exige NUESTRA TOTAL ADHESIÓN A SU PERSONA,
UNA TOTAL ADHESIÓN A SU MISIÓN, y sólo así nos amaremos
los unos a los otros como Él nos ha amado. Humanamente diríamos,
mis amados hermanos, que es imposible amar como Jesús, pero
Él nos ha dado la capacidad, no sólo con el ejemplo, sino sobretodo
derramando abundantemente su amor, que es Espíritu Santo, derramándolo
abundantemente en nuestros corazones, como bien lo dice Pablo
en la carta a los romanos (cf. Rm 5,5). Acojamos con gratitud
esta Palabra del Señor.
Es lo que en la Iglesia realizamos como hermanos suyos individual
y comunitariamente, cuando celebramos los sacramentos, especialmente
el sacramento de la EUCARISTÍA, pero también cuando, como Iglesia,
nos comprometemos en su nombre para anunciar al mundo su Evangelio
de salvación. Pero todavía más importante, mis hermanos, es
vivir en el mundo como discípulos de Cristo siendo testigos
del amor que Dios nos tiene poniéndonos al servicio de todos,
pero muy especialmente de los que menos cuentan a los ojos de
los poderosos.
Quiera nuestra Niña y Celestial Señora, la Señora del Tepeyac,
nos alcance de Dios la gracia de servir incondicionalmente a
su Hijo en todo lo que a Él le interesa, especialmente a favor
de sus hijos más pequeños.
Amén.