VIDA
Y CRECIMIENTO SÓLO EN COMUNIÓN CON CRISTO
Mis queridos hermanos y hermanas, demos gloria
a Dios, nuestro Padre, porque en medio de las adversidades podemos
confiar en el amor que nos tiene, de tal modo que esta confianza
y la entrega nuestra a su misericordia nos llevan adelante.
Esto, no cabe duda, es obra de su bondad y ternura para con
nosotros. Más aún, mis hermanos, como nos lo hace ver hoy san
Juan, es fruto de la obra de Dios en nosotros.
La
Palabra de Dios que contienen los textos de este domingo, quinto de
Pascua, nos invitan a permanecer en el amor que nos ha mostrado
en la muerte y resurrección de su Hijo amado. El misterio pascual,
que es el objeto de contemplación y meditación de este tiempo,
es la culminación del paso de Jesús por la historia humana.
Su obra y sus enseñanzas adquieren todo su valor para nuestra
salvación por el misterio de la Pascua.
“Mediante la parábola de la vida y los sarmientos, Jesús afirma,
con insuperable claridad, que sus discípulos dependen por completo
de la unión con Él. Un sarmiento (es decir, una rama) puede
dar realmente fruto sólo si está unido a la vid y se va impregnando
del flujo vital. La única alternativa es que dicho sarmiento
esté seco, lo cual excluye radicalmente la posibilidad de dar
fruto… Cualquier intento de llegar a algún resultado prescindiendo
de Él está destinado al fracaso. SIN ÉL, mis amados hermanos,
LOS DISCÍPULOS NO PUEDEN HACER NADA. Consiguientemente, ellos
han de procurar permanecer unidos a Él del modo más estrecho
y firme posible” (Klemens Stock).
Por eso Jesús nos invita a permanecer en Él por la observancia
de sus mandamientos, de su Palabra (cf. vv. 7.10), es decir,
de sus enseñanzas y mandamientos. Especialmente el mandamiento
del amor. Esto significa para nosotros, mis hermanos, y dicho
de manera negativa, que no podemos pretender hacer nada por
nuestra cuenta o adheridos a otras maneras de pensar, es decir
con otros criterios, que no sean los de Jesús. “Todo procede
de Jesús: las palabras y los mandamiento provienen de Él”
(íd).
Jesús nos habla de dar frutos. ¿De cuáles frutos se trata,
mis hermanos? Podemos decir, en general, que van principalmente
en la línea del testimonio. Es decir, por ejemplo, de vivir
de una manera diferente a la que siguen aquellos que no creen,
de ser perseverantes en su seguimiento, de ser valientes ante
las adversidades de todo tipo, hasta ser capaces de dar la vida
por los que amamos, a la manera precisamente de nuestro Señor
Jesucristo. Estamos hablando, mis hermanos, de virtudes típicamente
cristianas que, sin una adhesión radical y existencial a Cristo,
es imposible practicar.
Mis queridos hermanos y hermanas, lo que está pidiendo Jesús
es una adhesión radical y total a su persona. El evangelista
nos hace ver, un poco más adelante del texto que hoy nos ocupa
y por boca del mismo Jesús, que Él ha dado lugar, de muchas
maneras, a que los discípulos entiendan que, por su parte Él
ha propiciado esto por el amor y los signos que les ha dado:
todo lo que les ha dicho y enseñado ha sido para que participen
de su alegría y sean plenamente felices (v.11); les ha dado
a conocer todo lo que escuchó de su Padre (v.15c); no los llama
sirvientes, porque el sirviente no sabe lo que hace su señor
(15a); al contrario los trata como amigos (15b); los ha elegido
y los ha destinado para que vayan a dar mucho fruto (v.16).
Todo esto, por lo menos esto, ha sido para establecer con ellos
una relación caracterizada por el amor y la intimidad que produce
necesariamente la unión, y mejor aún, de la comunión.
Esto es, mis hermanos, hablando más concretamente, compartir
con Jesús sus propios intereses; compartir con Jesús sus propios
criterios, sentimientos. O, dicho con palabras del mismo Jesús,
obedecer sus mandamientos (vv. 10.14.17). En esto consiste estar
unidos como ramas al tronco principal de la planta que es la
vid. Sólo así podemos dar fruto abundante. ¡CUÁNTAS VECES NO
PASAMOS DEL DESEO, TAL VEZ SINCERO, PERO NO MÁS QUE ESO, DE
SER BUENOS Y GENEROSOS EN EL SERVICIO A DIOS Y AL PRÓJIMO!
Mis amados hermanos y hermanas, ¿no es acaso porque queremos
alcanzar eso guiados por los propios criterios, al margen o
a veces contrarios a los intereses de Dios manifestados claramente
en el Evangelio? Quiera Dios mantener con nosotros su paciencia
y su misericordia que nos permitan conocerlo más y poder ocuparnos
de lo que a Jesús le interesa para nuestra salvación y la de
nuestros hermanos. Esto se lo pedimos especialmente para las
madres en este día que dedicamos a celebrarlas, a honrarlas
y felicitarlas de una manera especial y significativa. Que,
permaneciendo fieles a Jesús en su seguimiento, las madres,
las mamás puedan también ser instrumentos de Dios en la transformación
de la sociedad tan necesitada de cambios profundos fundados
en la integración y en el amor de la familia.
La madre tiene un papel fundamental y determinante en la vida
de nuestras familias y aún más allá de este núcleo. Su presencia
la contemplamos en el campo laboral, social y de la cultura,
etc. Ella con su feminidad enriquece la comprensión del mundo
y contribuye a la plena verdad de las relaciones humanas, de
ahí que sea necesario salvaguardar siempre su más natural vocación:
llevar en sus entrañas la semilla fecunda de la vida, como
don irrenunciable y privilegio único y propio.
Mis amados hermanos, así pues, honremos a nuestras madres vivas,
honremos a nuestras madres difuntas. Especialmente alcancen
nuestro recuerdo las madres viudas, enfermas, solteras, presas,
marginadas, pobres, migrantes, abandonadas, aquellas que son
padre y madre a la vez y aquellas a quienes a causa de su maternidad
viven y sufren situaciones dramáticas. Recordemos también aquellas
mujeres que añoran ser madres, para que el Señor les conceda
la fertilidad de sus vientres. Pongámoslas en el corazón de
la Madre de la Vida, Santa María de Guadalupe.
Que la celebración del Día de las Madres sea una oportunidad
para venerar también a nuestra Niña y Muchachita santa María
de Guadalupe, Madre de Jesucristo y Madre espiritual de la Iglesia,
es decir, de todos nosotros, quien nos acompaña con especial
ternura y predilección desde hace 478 años en cada una de las
circunstancias de nuestra vida.
En estos momentos en que la enfermedad nos aqueja y nos espanta,
no olvidemos que Ella es nuestra piadosa Madre, nuestra compasiva
Madre, de todos los hombres que están en uno en esta tierra
y de las demás variadas estirpes de los hombres (N.M. 29.)
Que Nuestra Madrecita, la Morenita del Tepeyac, nos acompañe
e interceda para que nos mantengamos fieles a su Hijo y podamos
dar frutos de vida, de justicia, de solidaridad, de alegría,
esperanza y paz en estos tiempos por los pasamos.
Que así sea, mis hermanos.