LA
FE ES UN ENCUENTRO PERSONAL QUE LLEVA A LA VIDA
Mis queridos hermanos y hermanas, el Dios en
quien creemos, es Señor de la vida. Él no hizo la muerte, nos
lo dice tajantemente el comienzo de la primera lectura, con
esto bastaría para echar abajo ese culto a la muerte, que ha
nacido ahora, en estos días. Dios no hizo la muerte. Efectivamente
nacimos para la eternidad; más aún para la vida eterna, perfecta,
la que se da en la felicidad perfecta y plena. Precisamente,
la vida que nos ha alcanzado nuestro Señor Jesucristo con su
muerte ‒¡qué paradoja!‒ y con su resurrección. La muerte, entonces, no tiene derecho
alguno sobre nosotros y, en todo caso, la vida que Cristo nos
da la supera totalmente. Es lo que nos da la fe, en primer lugar.
El domingo pasado, mis hermanos, escuchamos a Jesús reprochando
a los discípulos su cobardía y su falta de fe. Recordemos que
lo que Jesús nos pedía es que pongamos toda nuestra confianza
en Él, que camina siempre junto a nosotros de tal manera que
estando seguros de su cercanía fiel y fraternal no tenemos
por qué temer nada. Hoy el evangelista nos presenta a nuestra
consideración dos situaciones de oración y de fe diferentes
aunque, en el principio, imperfectas. Podríamos decir que se
trata de dos procesos de fe desde posturas diferentes.
La primera actitud, la de Jairo, el jefe de la sinagoga, es
imperfecta en cuanto que se pone a dar instrucciones acerca
de lo que, según él, debe hacer Jesús para que su hija sane:
Ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Pero
cuando Jesús se va con él en el camino se entretiene todavía
para atender la necesidad de una mujer que pretendía robarle
el milagro de una curación que le permitiera vivir con dignidad,
pues, vivía como impura a causa de su enfermedad desde hace
doce años. Y cuando llegan a decirle de su casa que desista
de su petición, puesto que la niña ya había muerto, Jesús lo
anima diciéndole: No temas, basta que tengas fe.
En ambos casos, mis queridos hermanos, nos encontramos con
dos casos de fe inmadura. La de Jairo no es perfecta en un principio
porque no es total, puesto que pretende decirle a Jesús lo que
tiene que hacer. No es total y confiada como les exigía a sus
discípulos el domingo pasado. En ese episodio evangélico la
súplica nacía del miedo y de la necesidad de verse liberados
del peligro, como si Dios tuviera que actuar en la dirección
que le señalamos. Pareciera que a Dios le faltara creatividad
y que somos nosotros los que tenemos que decir, a detalle, lo
que debe hacer para satisfacernos. Se trata de una fe que pretende
poner a Dios a nuestro servicio a la medida en que lo necesitamos,
ni más ni menos.
Por otro lado la fe de la mujer enferma pretende obtener los
servicios de Jesús como de una manera mágica: pensando que con
sólo tocarle su vestido, se curaría. Piensa que no tiene necesidad
del encuentro y del diálogo con Jesús.
Veamos, mis hermanos, cómo, por las actitudes de Jesús ante
el comportamiento de estas personas, podemos llegar a entender
que la fe implica un diálogo, encuentro. En primer lugar, nuestra
oración y la expresión de la fe exigen que, por nuestra parte,
no pretendamos imponer a Dios lo que tiene que hacer en las
situaciones de necesidad en las que nos encontramos y por las
cuales necesitamos de su auxilio ‒y, por desgracia, con mucha frecuencia sólo en éstas‒.
Mis hermanos, tal es la actitud de Jairo. Pero, en segundo
lugar, entendamos también que la fe implica, que no pretendamos
alcanzar lo que necesitamos por la supuesta fe con que la buscamos
el favor divino. A veces, mis hermanos, manifestamos esta actitud
cuando decimos ingenuamente: “ten fe y conseguirás lo que
pides”. Esto no es fe, mis hermanos, es pretensión de manipular
a Dios. Es ésta la actitud de la mujer enferma.
Vivimos en un tiempo científico-técnico donde sólo lo demostrable
y empírico es valorado. En cambio la fe se mueve en otro horizonte:
CREER EN OTRO, CONFIAR PLENAMENTE EN OTRO, EN SU PALABRA…
Dejando de lado nuestras seguridades, nos ponemos en las manos
del otro. Antiguamente oíamos hablar de la providencia divina,
los fieles confiaban en la preocupación paternal de Dios por
ellos. Ahora en cambio deseamos tener todo bajo control y no
nos creemos que Dios está continuamente pendiente de sus hijos,
qué terrible y por eso nos hemos separado de Dios, el secularismo
es muy fuerte en este momento, mis amados hermanos, hoy el Señor
nos exhorta, nos invita alimentemos, alimentemos nuestra fe.
Dejemos de lado nuestras ansias de dominio de las situaciones
que vivimos y creamos con todas nuestras fuerzas en el Señor
Jesús, el Hijo de Dios, que nos ofrece una vida en plenitud”.
(GOÑI, José Antonio. MISA DOMINICAL 9. Pág. 11 y 12 – Año
XLI)
La fe que expresamos en la oración de súplica, mis amados hermanos
y hermanas, se da en un encuentro y, como todo encuentro, y
especialmente con Dios, se realiza verdaderamente en el diálogo,
en la comunicación. Necesitamos, entonces, comenzar por exponerle
nuestra situación, como lo hace Jairo y le falta a la mujer
enferma. Pero, mis hermanos, hemos de abstenernos de darle instrucciones
de cómo tiene que actuar como lo hace Jairo ¡COMO SI DIOS
LO NECESITARA! ¡COMO SI A DIOS LE FALTARA CREATIVIDAD! La
oración nos ayudará a entender mejor la situación y dejaremos
que Él, que el Señor, actúe como le parezca, con una actitud
madura que nos lleva a confiar plenamente en Él. Porque Él sabe,
mejor que nosotros, lo que nos conviene. Por eso Jesús le dice
en el segundo momento: No temas, basta que tengas fe.
Por otro lado, mis amados hermanos y hermanas, y tomando en
cuenta el mensaje de la primera lectura, podemos estar seguros
de que, cuando hablamos con Dios, cuando platicamos, cuando
intimamos con Dios en la oración, en la para exponerle nuestras
necesidades, carencias o dificultades de nuestra vida, Dios,
mis hermanos, siempre actuará, siempre ‒muchas veces a pesar de la evidencias‒ a favor nuestro en todo momento, ¿por
qué? porque Él es Señor de la vida y no quiere para nosotros
nada que nos lleve a la muerte, nada, y mucho menos, a la muerte
eterna.
Es precisamente lo que celebramos en la Eucaristía, cada domingo:
que Dios nos da la salud perfecta y nos ayuda en nuestras necesidades
más sentidas, y las que con frecuencia no sentimos, como son,
por ejemplo: las que tiene relación con la salvación eterna.
Solemos, mis hermanos, estar preocupados por la salud física
y esta preocupación por la salud física nos lleva a buscar Dios,
pero pocas veces sentimos la necesidad de la salud eterna, de
la salud interior, de la salud espiritual, que comienza a darse
a lo largo de nuestros pasos por esta vida con la práctica de
una fe verdadera, de una caridad más ardiente y una profunda
esperanza en Aquél que no quiere otra cosa que nuestro bien
supremo: la vida eterna. Al entrar en diálogo con Dios en con
ocasión de cualquier necesidad, si dejamos que actúe el Señor,
podremos experimentar algo, en lo más profundo de nuestro ser,
que nos dará paz, serenidad, que nos dará alegría de hacer lo
que a Él le plazca, aún en medio de los sufrimientos.
Como siempre, mis amados hermanos, tenemos con nosotros a Nuestra
Niña y Muchachita, Santa María de Guadalupe, que camina a nuestro
lado desde hace 477 años y nos está diciendo aquí permanentemente,
lo que dijera un día a nuestro querido san Juan Diego Cuauhtlatoatzin:
“Que nada te espante, que nada te preocupe, no estoy yo aquí
que tengo el honor de ser tu Madre… Mira que estoy aquí para
escuchar sus quejas, tus lamentos, para atender tus necesidades,
para curar todos tus males” (N. M. 119-120) Ella, mis amados
hermanos, nuestra Celestial Señora, es un ejemplo a seguir en
su fe total que se manifestó en su entrega absoluta y total
a la voluntad de Dios.
Que así sea, mis hermanos.