COMO EL PADRE
ME HA ENVIADO ASI OS ENVIO YO, dice el Señor (Jn. 17)
Hermanos, en este
domingo dedicado a las misiones, debemos reavivar la conciencia
del mandato misionero de Cristo de hacer “ir por todo el mundo
a predicar el Evangelio a toda creatura” (Mc16,15).
Hoy brilla mejor que nunca, en toda
la Palabra de Dios proclamada en esta Eucaristía, el objetivo
de la Misión de la Iglesia que es predicar el Evangelio, iluminar
con la luz del Evangelio a todos los pueblos en su camino
histórico hacia Dios, para que en Él tengan su realización
plena y su cumplimiento.
Debemos sentir el ansia y la pasión
por iluminar a quienes nos rodean y a todos los pueblos con
la luz de Cristo, que brilla en el rostro de la Iglesia, para
que todos se reúnan en la única familia humana, bajo la paternidad
amorosa de Dios.
En esta perspectiva los discípulos
de Cristo dispersos por todo el mundo trabajan, se esfuerzan,
gimen bajo el peso de los sufrimientos y entregan su vida:
no, para extender el poder o afirmar el dominio de la Iglesia
en el mundo, sino para llevar a todos a Cristo, salvación
del mundo. Por tanto debemos ponernos al servicio de la humanidad,
especialmente de aquella más sufriente, vulnerable y marginada
por la cultura actual.
Todos tenemos la vocación radical de regresar
a la fuente única, que es Dios, el único en quien encontraremos
nuestra realización plena mediante la restauración de todas
las cosas en Cristo. Nuestra esperanza es que: las guerras,
las rivalidades, la lucha del poder, los odios, la corrupción
serán reconciliadas mediante la sangre de Cristo vertida en
la Cruz. Sabemos que este nuevo inicio ya comenzó con la resurrección
y exaltación de Cristo, que atrae a sí todas las cosas, las
renueva, las hace partícipes del eterno gozo de Dios. El futuro
de la nueva creación brilla ya en nuestro mundo, en nuestras
familias, en nuestras vidas y enciende, aunque en medio de
contradicciones y sufrimientos, la esperanza de una vida nueva,
ya latente en la humanidad actual.
La misión de la Iglesia es pues “contagiar”
de esperanza a todos los pueblos. Para esto Cristo llama,
justifica, santifica y envía a sus discípulos como misioneros,
el anunciar el Reino de Dios, para que todas las naciones
lleguen a ser Pueblo de Dios. Solo dentro de dicha misión
se comprende y autentifica el verdadero camino histórico de
la humanidad. La misión universal, que no es otra cosa sino
salir de nosotros al encuentro de los demás para mostrarle
el esplendor del Evangelio, de la Buena Noticia, debe convertirse
en una constante fundamental de la vida de la Iglesia. Anunciar
el Evangelio debe ser para nosotros, como lo fue para el apóstol
Pablo, un compromiso nuclear, central en nuestra vida personal,
en nuestras familias y en nuestros pueblos.
Toda actividad misionera exige una espiritualidad
específica, que anima y sostiene a quienes Dios ha llamado
a ser discípulos y misioneros. Esta espiritualidad se expresa
ante todo viviendo con plena docilidad al Espíritu; comprometiéndonos
en dejarnos plasmar interiormente por El, para hacernos cada
vez más semejantes a Cristo. No se puede dar testimonio de
Cristo sin reflejar su imagen, la cual se hace viva en nosotros
por la gracia y por obra del Espíritu. La docilidad al Espíritu
compromete a acoger los dones de fortaleza y discernimiento,
que son rasgos esenciales de la espiritualidad misionera (Redemptoris
missio 87)
La vida interior o espiritualidad de todo discípulo
- misionero tiene como referencia y modelo a Jesucristo, es
una expresión de su seguimiento, que consiste en colaborar
con el proyecto de Dios de que “todos los hombres se salven
y lleguen al conocimiento de la verdad”.
A lo largo de toda la vida de la Iglesia, Dios,
ha suscitado esta docilidad al Espíritu que compromete y transforma
a la persona en discípulo y lo moldea desde las entrañas y
profundidades de su ser para ser enviado como misionero.
Esto aconteció de manera singular con la Virgen
María nuestra Madre y ella misma en este santo lugar del tepeyac,
vino, por un acto maravilloso del amor misericordioso de Dios
y como maestra animó a Juan Diego Cuauhtlatoazin a ser también
discípulo y misionero y también nos anima a seguir este mismo
camino. Recientemente en el Documento de Aparecida encontramos
las principales características del ser discípulo - misionero
de Cristo:
El discípulo - misionero de Cristo: Sabe que antes de
ser apóstol es preciso ser discípulo, es decir, ha tenido
un encuentro vivo, personal con Jesús resucitado y vive cotidianamente
en unión con El en la oración y los sacramentos, porque “no
se puede anunciar a quien no se conoce”.
El discípulo - misionero de Cristo: es un contemplativo
que transmite no sólo conceptos y doctrinas, sino su experiencia
personal de Jesucristo y de los valores de su Reino. Por
ello, el misionero vive profundamente en comunión con Jesucristo,
sabe encontrar en medio de la acción, momentos de “desierto”
donde se encuentra con Cristo y se deja llenar por su Espíritu.
El discípulo - misionero de Cristo: es dócil al Espíritu
Santo, se deja inundar por el Espíritu Santo para hacerse
más semejante a Cristo, y se deja guiar por El. Acoge dócilmente
sus dones, que lo transforman en testigo valiente de Cristo
y preclaro anunciador de su Palabra. Sabe que no es él quien
obra y habla, sino que es el Espíritu Santo el verdadero protagonista
de la misión. (Redemptoris Missio 87)
El discípulo - misionero de Cristo: Vive el misterio de
Cristo “enviado”, vive en íntima comunión con Cristo, hasta tener sus mismos
sentimientos, está impregnado del Amor del Padre, y obedece
su voluntad hasta las últimas consecuencias. Se sabe enviado
por Cristo a cumplir su misión, y acompañado constantemente
por El. (Redemptoris Missio 88 )
El discípulo - misionero de Cristo: vive el “éxodo existencial”,
el sentido de “salir de su tierra, su mundo” para el misionero,
no implica únicamente el “salir geográfico”, sino que misionero
sabe que debe abandonar su comodidad y su seguridad para “remar
mar adentro”, para ir a las situaciones y lugares donde Cristo
lo quiera enviar.
El discípulo - misionero de Cristo: Vive la misión como un compromiso
fundamental, comprometido en el seguimiento de Jesús y en
la lucha por su Reino liberador y universal. El misionero
ha dicho “sí” a Dios, y no se hecha atrás ni retacea en su
entrega.
El discípulo - misionero de Cristo: Ama a la Iglesia y a los
hombres como Jesús los ha amado, es el amor por los hombres, a quienes quiere
llevar a Cristo, es el hombre de la caridad, que lleva a Cristo
a todos los hombres, por cuyos problemas se interesa, para
quienes siempre está disponible, y a quienes trata siempre
con ternura, compasión y acogida. (Redemptoris Missio 89)
El discípulo - misionero de Cristo: vive la llamada a la santidad,
condición insustituible para realizar la misión salvífica
de la Iglesia. No bastan los métodos, los conocimientos, la
capacidad de oratoria, si no están sustentados por el testimonio
de vida cristiana y de santidad del misionero (Redemptoris
Missio 90)
El discípulo - misionero de Cristo: tiene a la Virgen María
como Madre y Modelo, su espiritualidad es profundamente mariana.
La Madre del Resucitado es también su Madre, y es para él
modelo de fidelidad, docilidad, servicio, compromiso misionero.
Bajo el amparo de Santa María de Guadalupe,
cuanto bautizados han encontrado su verdadero ser, como discípulos
y misioneros. Hoy podemos pedirle a nuestra Niña y Señora,
vivir en profundidad el "misterio" de nuestra propia
existencia llevando el Evangelio, la Buena Nueva a los demás
hermanos. Ella modelo la vida interior de San Juan Diego,
Ella puede enriquecer nuestra espiritualidad para ser auténticos
discípulos y misioneros al encontrar el equilibrio necesario
en el proceso de inculturación, de maduración de la comunidad
eclesial y la proclamación del Evangelio en esta época de
cambio.
“Si Señora mía….. voy ciertamente a poner en
obra tu venerable aliento, tu amada palabra , iré pues a poner
en obra tu venerable voluntad……” ( Nican Mopohua 63-64
).
Que así sea.