Mis amados hermanos y
hermanas, la bondad infinita de Dios se ha manifestado en el
don de su Hijo amado a la humanidad, y todavía más, su Hijo
no ha dudado en quedarse con nosotros y dársenos hasta la muerte
para que nosotros, pecadores, tengamos su propia vida, es decir,
la vida plena de Dios. Él es el Pan de Vida.
En todas las culturas la comida es un
acto muy cercano al fenómeno religioso. Por eso la mayor parte
de las religiones tienen banquetes de carácter sagrado. Estas
celebraciones rituales, muchas veces comunitarias, tiene como
fin establecer o reafirmar no meros vínculos sociales sino sagrados
a los cuales se asocian también las deidades.
Pero en la tradición judeocristiana,
ya desde el pueblo de Israel, el banquete sagrado, como es la
Pascua, es mucho más: tiene el carácter de un memorial, es
decir, la actualización de un acontecimiento histórico-salvífico.
Así, podemos entender que en la celebración pascual judía se
renueva la alianza como el memorial de las maravillas y los
portentos que Dios llevó a cabo para fundar el pueblo de su
propiedad. De manera que la Pascua judía, al recordar la liberación
de la esclavitud con la salida de Egipto, actualiza su ser mismo
y se confirma en la fidelidad al Dios único y verdadero como
a su creador. En otras palabras, mis hermanos, se acepta y se
agradece como un compromiso, esa presencia amorosa y actual
de Dios en medio del pueblo.
Pero la participación, por sí misma,
no aseguraba automáticamente la salvación. Y entonces, los profetas
se encargaron de recordar constantemente que celebrar la Pascua
exige la conversión del corazón hacia Dios por la obediencia
de la fe en la vida diaria. Esta es la clave, mis hermanos,
celebrar la Pascua exige la conversión del corazón hacia Dios
con la obediencia de la fe en la vida diaria.
Mis hermanos y hermanas, resulta muy
importante y, por demás, interesante recordar estos datos, pues,
son el antecedente que explica con mayor profundidad el misterio
de la Eucaristía, como celebración pascual de la pasión, muerte
y resurrección de Jesucristo, un misterio del cual tenemos conocimiento
por la afirmación de Jesús de que Él es pan de vida por su cuerpo
y su sangre. Recordemos, mis hermanos, que el domingo pasado
escuchamos a Jesús que, ante el estupor de los judíos ante su
mensaje, Él les asegura, con más énfasis que: Él es el pan
vivo que ha bajado del cielo y que el que coma de este pan vivirá
para siempre.
Hoy nos asegura algo que quizá todavía
más nos desconcertante algo desconcertante para quienes no se
abren a la fe que el Padre, como lo escuchamos hace ocho días,
concede para aceptar a su Hijo en su misterio de Dios-Hombre
y Salvador: nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae,
nos decía el Señor Jesús.
Entonces, mis amados hermanos y hermanas,
cuando Jesús nos dice: si no comen la carne del Hijo del
hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes.
Miren, el Señor Jesús nos está diciendo que ese ‘comer’
y ‘beber’ es precisamente creer en Él, aceptarlo con todo lo
que implica su misterio. Es creer en su persona misma. Recordemos,
mis hermanos, que fe es adhesión a la persona de Cristo. Es
obediencia, y correspondencia en el amor, a su amor sin medida
por nosotros. Tal como lo enseñaron los profetas y Jesús mismo:
tener fe es ante todo obediencia en el amor, no olvidemos
esto. Por eso también dijo: el que cree tiene vida eterna.
Pero este encuentro con Jesús no tiene
su origen en una determinación nuestra sino que es el Padre
quien lleva a los hombres a Jesús. Según la enseñanza de Jesús
en otro lugar de este evangelio de san Juan, es el Padre que
nos da su Espíritu para que creamos. Entonces es el Padre quien
tiene la iniciativa en el proceso de la fe en todos los hombres.
Él “atrae hacia Jesús, despierta en ellos la sensibilidad por
Jesús, de tal forma que se sientan impactados e interpelados
por Él, que se vean atraídos por Él, que adquieran confianza
en Él, que se entusiasmen por Él, que vayan a Él con un corazón
apasionado. Es un don del Padre la superación de toda clase
de extrañeza, de distancia fría y de duda entre los hombres
y Jesús; es un don del Padre que los hombres se dirijan a Jesús
con gozo y confianza. El Padre instruye también a los hombres
y espera que le escuchen” (Klemens Stock, La Liturgia de la
Palabra, 307).
Mis hermanos, por nuestra participación
dinámica, alegre y llena de fe y amor a Jesús en cada Eucaristía,
dejamos al Padre que nos alimente con su Palabra viva que es
su Hijo quien se nos da a conocer a través de las Escrituras
que contienen su palabra, especialmente en la proclamación del
evangelio donde es el mismo Jesús quien nos habla. Después viene
la comunión de su Cuerpo, un acto litúrgico por el cual, al
recibirlo, aceptamos y nos comprometemos en la gratitud, en
la obediencia y en el amor con Cristo Jesús que nos amó hasta
dar la vida en la cruz por nosotros.
Comer el cuerpo y la sangre del Señor
es la máxima expresión, la más perfecta, de la aceptación de
Jesús en nuestra vida. Pero lo aceptamos en una alianza de amor
que Él consumó en la cruz y en la resurrección. Este es el contenido
de la Eucaristía y lo que da sentido a la asamblea dominical:
nos reunimos convocados por el Espíritu de Dios para ofrecernos
con Jesús, muerto y resucitado, al Padre. Es el memorial de
nuestra Pascua. El memorial de un hecho histórico-salvífico.
Jesús entregó su vida por todos y cada uno de nosotros, y hoy,
por nuestra parte, juntos celebramos en el banquete de la Eucaristía
una fiesta de alabanza y agradecimiento por la vida que nos
da el Dios Trino y uno: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo,
pero escuchando concretamente al Hijo, nuestro Hermano y Señor
que, además de hacerse hombre, es decir, carne, también se nos
da como comida y bebida de salvación. Concluyamos, por ahora,
nuestra reflexión, tratando de entender que participar en la
comunión sacramental de su Cuerpo ha de ser expresión de la
total y amorosa adhesión existencial a la persona de Jesús,
y que esta adhesión se vive cada día en la obediencia a las
consignas que recibimos cada domingo al escuchar su Palabra.
Que María, nuestra Muchachita y Celestial
Señora, sierva de Dios y discípula de su Hijo, sea para nosotros
modelo a seguir en la escucha y en la obediencia de la Palabra.
Amén.