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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, rector del Santuario en el XX Domingo Ordinario.

16 de agosto de 2009

JESÚS EN PERSONA ES NUESTRA VIDA

Mis amados hermanos y hermanas, la bondad infinita de Dios se ha manifestado en el don de su Hijo amado a la humanidad, y todavía más, su Hijo no ha dudado en quedarse con nosotros y dársenos hasta la muerte para que nosotros, pecadores, tengamos su propia vida, es decir, la vida plena de Dios. Él es el Pan de Vida.

En todas las culturas la comida es un acto muy cercano al fenómeno religioso. Por eso la mayor parte de las religiones tienen banquetes de carácter sagrado. Estas celebraciones rituales, muchas veces comunitarias, tiene como fin establecer o reafirmar no meros vínculos sociales sino sagrados a los cuales se asocian también las deidades.

Pero en la tradición judeocristiana, ya desde el pueblo de Israel, el banquete sagrado, como es la Pascua, es  mucho más: tiene el carácter de un memorial, es decir, la actualización de un acontecimiento histórico-salvífico. Así, podemos entender que en la celebración pascual judía se renueva la alianza como el memorial de las maravillas y los portentos que Dios llevó a cabo para fundar el pueblo de su propiedad. De manera que la Pascua judía, al recordar la liberación de la esclavitud con la salida de Egipto, actualiza su ser mismo y se confirma en la fidelidad al Dios único y verdadero como a su creador. En otras palabras, mis hermanos, se acepta y se agradece como un compromiso, esa presencia amorosa y actual de Dios en medio del pueblo.

Pero la participación, por sí misma, no aseguraba automáticamente la salvación. Y entonces, los profetas se encargaron de recordar constantemente que celebrar la Pascua exige la conversión del corazón hacia Dios por la obediencia de la fe en la vida diaria. Esta es la clave, mis hermanos, celebrar la Pascua exige la conversión del corazón hacia Dios con la obediencia de la fe en la vida diaria.

Mis hermanos y hermanas, resulta muy importante y, por demás, interesante recordar estos datos, pues, son el antecedente que explica con mayor profundidad el misterio de la Eucaristía, como celebración pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, un misterio del cual tenemos conocimiento por la afirmación de Jesús de que Él es pan de vida por su cuerpo y su sangre. Recordemos, mis hermanos, que el domingo pasado escuchamos a Jesús que, ante el estupor de los judíos ante su mensaje, Él les asegura, con más énfasis que: Él es el pan vivo que ha bajado del cielo y que el que coma de este pan vivirá para siempre.

Hoy nos asegura algo que quizá todavía más nos desconcertante algo desconcertante para quienes no se abren a la fe que el Padre, como lo escuchamos hace ocho días, concede para aceptar a su Hijo en su misterio de Dios-Hombre y Salvador: nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae, nos decía el Señor Jesús.

Entonces, mis amados hermanos y hermanas, cuando Jesús nos dice: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. Miren, el Señor Jesús nos está diciendo que ese ‘comer’ y ‘beber’ es precisamente creer en Él, aceptarlo con todo lo que implica su misterio. Es creer en su persona misma. Recordemos, mis hermanos, que fe es adhesión a la persona de Cristo. Es obediencia, y correspondencia en el amor, a su amor sin medida por nosotros. Tal como lo enseñaron los profetas y Jesús mismo: tener fe es ante todo obediencia en el amor, no olvidemos esto. Por eso también dijo: el que cree tiene vida eterna.

Pero este encuentro con Jesús no tiene su origen en una determinación nuestra sino que es el Padre quien lleva a los hombres a Jesús. Según la enseñanza de Jesús en otro lugar de este evangelio de san Juan, es el Padre que nos da su Espíritu para que creamos. Entonces es el Padre quien tiene la iniciativa en el proceso de la fe en todos los hombres. Él “atrae hacia Jesús, despierta en ellos la sensibilidad por Jesús, de tal forma que se sientan impactados e interpelados por Él, que se vean atraídos por Él, que adquieran confianza en Él, que se entusiasmen por Él, que vayan a Él con un corazón apasionado. Es un don del Padre la superación de toda clase de extrañeza, de distancia fría y de duda entre los hombres y Jesús; es un don del Padre que los hombres se dirijan a Jesús con gozo y confianza. El Padre instruye también a los hombres y espera que le escuchen” (Klemens Stock, La Liturgia de la Palabra, 307).

Mis hermanos, por nuestra participación dinámica, alegre y llena de fe y amor a Jesús en cada Eucaristía, dejamos al Padre que nos alimente con su Palabra viva que es su Hijo quien se nos da a conocer a través de las Escrituras que contienen su palabra, especialmente en la proclamación del evangelio donde es el mismo Jesús quien nos habla. Después viene la comunión de su Cuerpo, un acto litúrgico por el cual, al recibirlo, aceptamos y nos comprometemos en la gratitud, en la obediencia y en el amor con Cristo Jesús que nos amó hasta dar la vida en la cruz por nosotros.

Comer el cuerpo y la sangre del Señor es la máxima expresión, la más perfecta, de la aceptación de Jesús en nuestra vida. Pero lo aceptamos en una alianza de amor que Él consumó en la cruz y en la resurrección. Este es el contenido de la Eucaristía y lo que da sentido a la asamblea dominical: nos reunimos convocados por el Espíritu de Dios para ofrecernos con Jesús, muerto y resucitado, al Padre. Es el memorial de nuestra Pascua. El memorial de un hecho histórico-salvífico. Jesús entregó su vida por todos y cada uno de nosotros, y hoy, por nuestra parte, juntos celebramos en el banquete de la Eucaristía una fiesta de alabanza y agradecimiento por la vida que nos da el Dios Trino y uno: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, pero escuchando concretamente al Hijo, nuestro Hermano y Señor que, además de hacerse hombre, es decir, carne, también se nos da como comida y bebida de salvación. Concluyamos, por ahora, nuestra reflexión, tratando de entender que participar en la comunión sacramental de su Cuerpo ha de ser expresión de la total y amorosa adhesión existencial a la persona de Jesús, y que esta adhesión se vive cada día en la obediencia a las consignas que recibimos cada domingo al escuchar su Palabra.

Que María, nuestra Muchachita y Celestial Señora, sierva de Dios y discípula de su Hijo, sea para nosotros modelo a seguir en la escucha y en la obediencia de la Palabra.  

Amén.

 
 
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