Mis
amados hermanos y hermanas, en el corazón de Cristo Jesús.
La época de Navidad ha ido lentamente transcurriendo desde
el 25 de diciembre hasta llegar a esta fiesta del Bautismo del Señor.
En todo este tiempo hemos visto la gloria de Dios. De un Dios que
rompe toda expectativa humana para sorprendernos con su humildad y
pobreza en la persona de su Hijo Jesucristo.
No terminamos de admirar y menos de adorar este misterio inefable
de la misericordia de Dios. La fiesta del Bautismo de nuestro Señor,
como culminación del misterio de la Navidad nos lleva una vez más
a contemplar el misterio con actitud de humilde gratitud y profunda
devoción. Como en el día de la Encarnación del Verbo, esta fiesta
de hoy, también, nos invita a meditar sobre la admirable condescendencia
del Verbo de Dios. Ante la predicación del Bautista sobre la rivera
del Jordán para la conversión de los pecados a fin de acoger el Reino
de Dios. Jesús aparece de pronto en el escenario de la penitencia,
junto con todos los hombres en su situación de pecadores. Asumiendo
completamente nuestra historia, como un hombre más entre los hombres,
bajando al agua igual que la muchedumbre para hacerse bautizar sin
ser él pecador.
Viene de Nazaret, una pequeña e insignificante aldea de Galilea
de donde sólo pueden salir agricultores o algunos artesanos, albañiles,
carpinteros o plomeros. ¿Puede salir algo bueno de Nazaret? preguntará
más tarde Natanael.
El que es santo como Dios acude al rito de penitencia necesaria para
los hombres. Se mezcla con los hombres que han de convertirse, pero
sin que Él tenga necesidad de conversión. Se va manifestar, como el
Hijo predilecto de Dios y como tal va a actuar, pues, no necesita
confesar sus pecados, sino que va a manifestar que Él vive en una
relación muy especial con su Padre Dios. A la manera del pueblo antiguo
que salió de Egipto para servir al único Dios verdadero y para ofrecerle
sacrificios, que pasó por el mar rojo y después por el sendero seco
a través del Jordán; Cristo, jefe de un nuevo pueblo, sale hoy de
las aguas del Jordán como el jefe del nuevo pueblo liberado con una
liberación definitiva, para ofrecer a Dios el único sacrificio a su
padre, el sacrificio de su vida en la cruz, para el perdón de los
pecados.
Entonces, mis queridos y amados hermanos, vemos que Jesús no
es perdonado de nada, sino que su bautismo significaría que es Él
quien va a obtenernos la reconciliación con su Padre. Por su parte
el Espíritu que baja sobre Jesús permanecerá para siempre en Él. Este
Espíritu, que después del pecado no moraba ya entre los hombres, permanecerá
para siempre en Él y en cada uno de los miembros del nuevo pueblo,
que somos nosotros, la Iglesia.
Mis amados hermanos y hermanas, ¿Qué significa para nosotros,
que hoy celebramos este misterio? A nosotros que hemos nacido y vivido
en la Iglesia, por medio del bautismo, se nos da hoy la oportunidad
de redescubrir y valorar la grandeza que nos viene de nuestro bautismo
como una vocación y una misión. Podemos decir que, igual que con Jesucristo,
en el bautismo hemos sido llamados a formar el nuevo pueblo en Cristo
para gozar de las gracias divinas del amor y la misericordia que se
nos dan como prenda de la vida de Dios. Por el bautismo, mis hermanos,
nos incorporamos a Cristo, al Ungido. En el bautismo recibimos también
nosotros el Espíritu de Dios y podemos escuchar la voz del Padre:
“Tú eres mi hijo” y Jesús nos hace participes de su filiación divina.
Es una consecuencia lógica de nuestra identificación con Cristo. La
prueba de que somos hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones
el Espíritu de su Hijo que nos hace exclamar: ¡Abbá!, ¡Padre! Y si
eres hijo, eres libre, eres heredero, eres un príncipe, diríamos un
semidios. Y si eres hijo, ya sabes cual ha de ser tu oración: abbá,
papá, papacito. Tú eres padre. Sí padre, en ti confío, Padre. Nada
temo Padre. Lo que tú quieras Padre. Exactamente como nuestro Señor
Jesucristo. No eres esclavo. Ya no eres esclavo, sino hijo. Pero
un hijo que se forma en el servicio, en la entrega en la donación.
No está hecho para ser servido sino para servir. Cuando mira a Dios
dice: Padre. Cuando mira a los hombres dice: hermanos. Y si son hermanos
tienen que ser amados, tienen que ser queridos, tienen que ser servidos.
El Espíritu es energía y fuerza que te desequilibra, te rompe y envía
para que salgas de ti mismo y vayas al encuentro del otro, al encuentro
del hermano. El ungido se sentirá como Jesús enviado a dar buenas
noticias a los pobres, luz los ciegos, libertad a los cautivos.
En efecto, mis hermanos, el bautismo nos da la posibilidad
irrevocable de vivir solo para, en y por Dios, en su familia, en la
Iglesia. Es el inicio de una nueva vida a la manera de un nuevo nacimiento.
Podríamos decir que todos los que habríamos de creer en Él, fuimos
bautizados con Él en el Jordán. Con Jesús hemos pasado de la muerte
a la vida, con Jesús hemos pasado de las tinieblas a la luz indefectible
de su misterio. De la solidaridad en el pecado, a la comunión en el
amor, de la soledad y del egoísmo a la comunión de hermanos e hijos
de Dios.
En fin, mis queridos y amados hermanos, la vida cristiana
se resume en vivir el propio bautismo, día a día, constantemente.
A lo largo de nuestra vida no hacemos en la práctica de la fe otra
cosa que ir refrendando el compromiso inicial del bautismo. Así cada
vez que damos culto como asamblea o en privado en la oración y en
la práctica de la caridad, no hacemos otra cosa que vivir la opción
original y el don del bautismo. En esto consiste ser cristiano.
Quiera Dios que en el Encuentro Mundial de la Familias, que
iniciará esta semana, se reflexione a fondo en la tarea de los padres
de familia de iniciar y mantener a todos sus hijos y a todos los miembros
bautizados en el continuo crecimiento de la fe, de la esperanza y
el amor, mediante la oración, el estudio y la profundización de la
Sagrada Escritura. A propósito del año paulino y del reciente sínodo
sobre la Palabra.
Y que la Dulce Señora del Cielo, nuestra amada madrecita y
niña Guadalupe, nos mantenga en el deseo sincero y fervoroso de parecernos
cada vez más a su hijo conforme a su voluntad.
Que así sea, mis amados hermanos.