Homilía
pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Don Norberto
Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Solemnidad
de Santa María de Guadalupe, Misa de las Rosas.
12 de diciembre de 2008
12:00 hrs.
Muy queridos hermanas y hermanos, fieles laicos venidos desde
las más diversas iglesias de nuestro país y más allá de nuestras fronteras.
Queridas hermanas de Vida Consagrada, muy amados hermanos en
el ministerio presbiteral y diaconal, muy queridos señores Obispos.
Saludo con especial afecto al señor Nuncio Apostólico, que hace presente
a su Santidad Benedicto XVI en medio de nosotros.
¡Hoy de verdad que estamos de fiesta!
Celebramos 477 años de las Apariciones de nuestra Señora de
Guadalupe, nuestra Reina del Cielo, la Patrona de todo el Continente
Americano y de Filipinas, la Estrella de la Evangelización, la Mujer
que se hizo morena identificándose con todas las más variadas estirpes
y uniéndonos a todos como hermanos e hijos de un mismo Dios para construir
juntos la Cultura de la Vida y la Civilización del Amor.
Hoy celebramos el maravilloso encuentro que sostuvo con san
Juan Diego Cuauhtlatoatzin, encuentro en donde Ella entrega su Mensaje
de amor y esperanza, que tan hermosamente está narrado en tantos documentos
históricos, especialmente en el llamado: “Nican Mopohua” y, asimismo,
también nos entrega su bendita imagen plasmada en la tilma de ese gran
hombre, de ese humilde macehual. Hoy nos sigue sorprendiendo que su
señal, su imagen, en esta bendita tilma, confeccionada en material vegetal,
y se conserve entre nosotros después de tantos años. Aquí está su hermosísima
imagen, que es toda una carta de amor para todos los hombres de toda
raza, lengua y color. La Santísima Virgen María, la mujer que dijo “sí”
a Dios, que puso toda su vida entre sus manos buenas y misericordiosas,
viene a darnos a su Hijo Jesucristo. El cual quiere encontrarse con
el ser humano y hacer una realidad las palabras del profeta Isaías que
todavía resuenan en este recinto: “He aquí que la virgen concebirá
y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere
decir Dios con nosotros” (Is 7, 14).
En la imagen de nuestra Señora de Guadalupe contemplamos que
es una mujer “encinta”, es una mujer embarazada, una mujer que
porta en su inmaculado vientre a Jesucristo nuestro Señor, Hombre verdadero
y Dios verdadero, Sol de justicia y Luz que ilumina, por lo tanto, la
imagen de Santa María de Guadalupe es una imagen de una mujer de Adviento,
de espera, de esperanza. Es “María estrella de la Esperanza”, como
dice el Santo Padre Benedicto XVI: “Jesucristo es ciertamente la
luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de
la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas”
Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza,
Ella que con su “sí” abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo.
Ella que se convirtió en el arca viviente de la Alianza, en la que Dios
se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros?”
(Benedicto XVI, Spe Salvi, Nº 49.)
Y es verdad, fue Jesucristo quien eligió a esta humilde sierva;
a la doncella de Nazaret; a María; para poner su tienda; su casa; su
hogar entre nosotros; para quedarse en medio de los que lo aman; en
medio de los que tienen fe; en medio de los que se mantienen perseverantes
en la esperanza. Pero, de igual manera viene por los desfallecidos,
por los que han perdido la fe en el camino de los años, los alejados,
los que no quieren saber nada de Dios, por los desesperados, por los
que se han dejado llevar por las soberbias y los egoísmos, por los que
siguen poniendo su corazón en las cosas temporales y viven entre los
ídolos del dinero, del odio y la corrupción, entre la mezquindad de
los robos, de los secuestros y los asesinatos, entre la suciedad de
la promiscuidad, la violencia y la injusticia. Jesucristo nuestro Señor
es quien sana y salva y viene a nosotros con un infinito amor y misericordia
para que en Él todos tengamos el camino cierto, la libertad plena en
la verdad y la vida en abundancia. Él es quien toma la iniciativa para
sanarnos y salvarnos. Por ello, podemos exclamar junto con Isabel, la
prima de María: “¿Quién soy yo, para que la Madre de mi Señor venga
a verme?” (Lc 1, 43)
Santa María de Guadalupe es la que nos conduce a su Hijo Jesucristo,
que es Camino, Verdad y Vida, quien desea vivamente conducirnos por
el verdadero camino de la santidad en una profunda conversión; quiere
conducirnos por la verdad que nos hace plenamente libres y nos llena
de júbilo; que desea vivamente conducirnos por la vida plena que nos
realiza como seres humanos ayudando a los otros, al prójimo, a descubrir
el inmenso valor de su dignidad y de la misión de amor que les ha sido
encomendada.
Dios personalmente viene por medio de su propia Madre, Santa
María de Guadalupe, y quiere permanecer en medio de nosotros que somos
su pueblo, su familia, sus hijos. Pero Dios siempre respetará nuestra
libertad. Por ello, el Salmo 66 nos invita a pedirle a Dios que tenga
piedad de nosotros y nos bendiga, pues si nosotros seguimos rechazándolo.
Si somos nosotros los que no queremos tener este encuentro de amor y
plenitud. Si somos nosotros los que cerramos los ojos y los oídos, los
que clausuramos la entrada de nuestra alma y nuestro espíritu, si atrancamos
las puertas de nuestro ser y no lo dejamos ni entrar, ni hablar, y mucho
menos bendecir. Seremos nosotros quienes perderemos el camino, nos cubriremos
de mentiras y de errores, y la vida verdadera se nos escapará del alma
y del cuerpo; perderemos el camino de la verdadera justicia y de la
paz, viviremos en la desesperanza y en la traición, torceremos nuestro
camino por senderos de muerte.
¡No hermanos míos!
Todos nosotros hemos sido creados, no por un accidente o circunstancialmente,
sino por el amor de Dios, por ese inmenso y misericordioso amor del
Creador del cielo y de la tierra. Ahí está nuestra dignidad: somos hijos
de Dios, y nos ama tanto que quiere encontrarse con nosotros y lo realiza
por medio de lo más amado para Él, su propia Madre, quien también es
nuestra Madre. Por ello no son en vano las palabras que nos dirige nuestra
Señora de Guadalupe por medio de su humilde mensajero, san Juan Diego
Cuauhtlatoatzin: “Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor,
que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe
tu rostro, tu corazón; no temas…” (Nican Mopohua, v. 118.)
Así también lo proclama el Salmo 27: “El Señor es mi luz
y mi salvación, ¿a quién temeré? Amparo de mi vida es el Señor, ¿por
qué he de temblar?” Y esto mismo nos decía el recordado y siempre
amado Siervo de Dios Juan Pablo II: “¡No tengan miedo! ¡Abran, abran,
de par en par las puertas a Cristo!”. Y ahora también nos lo confirma
nuestro Padre y Pastor, Benedicto XVI, al dirigirse a la Santísima Virgen
María, a quien le dice: “¡Cuántas veces el Señor, tu Hijo, dijo lo
mismo a sus discípulos: ¡no tengan miedo!”. (Benedicto XVI, Spe
Salvi, Nº 50)
Todos nosotros podemos estar con la máxima seguridad de que
contamos con el amor siempre fiel y misericordioso de Dios, por ello,
lo podemos llamar con inmensa alegría “¡Abbá! ¡Padre! ¡Papá!”. Un
Padre que hace de nosotros su familia y cada una de nuestra familias
son ese testimonio del Amor inmenso de Dios. Y que juntos vamos a festejar
próximamente al inicio del año 2009. Podemos saltar de regocijo, como
lo hizo Juan el Bautista cuando todavía se encontraba en el vientre
de su madre o cantar con júbilo junto con todas las naciones, como nos
lo manifiesta el Salmo 66 el día de hoy o exclamar como lo hizo la prima
de María: “Dichosa Tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto
te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1, 45); o proclamar como la
misma Virgen María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena
de júbilo en Dios, mi Salvador.” (Lc 1, 46)
En este día nos llenamos de júbilo, porque comenzamos a festejar
50 años de que nuestros hermanos de la República de Colombia se consagraron
a Santa María de Guadalupe junto con ellos celebramos esta consagración.
Nos alegramos porque cada día la presencia de María llega a partes que
jamás habíamos escuchado. El año próximo en Phoenix, Arizona tendremos
un congreso internacional. Un congreso internacional mariano, para tener
un mejor conocimiento de Santa María de Guadalupe en las naciones.
Sí, hermanos míos, es el mismo Dios y Señor quien ha venido
a poner su hogar entre nosotros, gracias a Santa María de Guadalupe,
quien ha pedido precisamente la construcción de esta casita sagrada
para darnos todo su amor, del cual nada, ni nadie nos puede apartar.
Es Él quien ha venido a encontrarse con cada uno de nosotros para que
también nosotros digamos ese sí. Ese sí sostenido, ese sí hasta la cruz
a Dios y Él pueda habitar en nuestro corazón y juntos poder construir
la civilización de la vida y del amor.