JESÚS, DADOR DEL ESPÍRITU
Y DE LA PAZ
Hermanos:
las promesas de Dios siempre llegan a su cumplimiento. Pentecostés,
como final de la Pascua, nos lleva a la experiencia de la fidelidad
del Dios que nos ha revelado Jesucristo con su persona y su
misterio. Con la pasión, muerte y resurrección de su Hijo, Dios
ha mostrado cómo está interesado en la salvación de todos y
cada uno de los hombres que integran la humanidad de todos los
tiempos y de todos los lugares de la tierra.
La obra de Dios, mis queridos hermanos, no termina mientras
exista la historia. Por decisión divina, Jesús inauguró una
nueva y definitiva etapa en la historia de la humanidad. Por
eso, como decíamos el domingo pasado, a partir de su partida
junto a su Padre, nos ha dejado la Iglesia que está, en nombre
suyo, presente en la historia. Ella continúa, entonces, su obra
en el mundo en beneficio de todos los hombres y mujeres que
quieran aceptar su proyecto de salvación. Aunque ata y desata,
como Jesús, también como Él, es siempre una mano misericordiosa
y llena de amor que Dios ofrece a la humanidad.
Fue a partir de su resurrección, con una nueva manera de existir
junto a su Padre, y de hacerse presente en el mundo, como Jesús
estuvo en posibilidad de comunicar su Espíritu Santo a sus discípulos
y a la Iglesia toda. Con su acción misteriosa y eficaz la nueva
comunidad que inició sus actividades, hoy hace más de dos mil
años, puede cumplir la misión que se le encomienda: hacer presente
a Jesús en la historia mediante la predicación y las acciones
que realiza, en medio del mundo, con el mismo poder que Jesús
le da por su Espíritu.
PENTECOSTÉS ES, podríamos decir, mis hermanos, EL NACIMIENTO
EFECTIVO DE LA IGLESIA. Jesús
ya la venía formando durante su actividad en su vida pública,
pero es con el don de Espíritu que, según el evangelio
de Juan, como inicia su actividad ya sin temores, y en cambio,
sí, con el gozo y la alegría que le da la conciencia de que
JESÚS VIVE Y ESTÁ PRESENTE EN MEDIO DE ELLA.
De esta nueva realidad de la Iglesia naciente, da testimonio
san Lucas, como lo hemos escuchado en la lectura de los Hechos
de los Apóstoles. En efecto, hermanos, de una manera vigorosa
y muy significativa, el autor echa mano de realidades que, más
que distraernos en la fantasía, quieren expresar poéticamente
lo que es muy difícil de expresar con la narración escueta y
literal. De manera que el viento, las lenguas de fuego, los
idiomas, la presencia de los judíos y de los paganos venidos
de los confines del mundo, entonces conocido, son, ante todo,
elementos de la literatura narrativa, cargados de sentido teológico
que, además estaban ya presentes en varios libros del Antiguo
Testamento y que los primeros cristianos, especialmente los
procedentes del judaísmo, pudieron comprender.
De esta forma, mis hermanos, los cristianos del siglo 21 estamos
llamados a comprender entre otras verdades:
- Que con Cristo, una vez que entregó su Espíritu, inauguró
la última y definitiva etapa de la salvación;
- Que instituyó un nuevo pueblo o comunidad de creyentes
y seguidores suyos que actúan en nombre de Él;
- Que la Iglesia, como obra divina, actúa con todo el poder
de Jesús para predicar y hacer posible la salvación a todos
los miembros de la humanidad, sin exclusión alguna;
- Que debemos entender que la principal obra de la Iglesia,
bajo la acción del Espíritu Santo, es la unidad del género
humano para la gloria de Dios; PENTECOSTÉS ES, MIS HERMANOS,
LO CONTRARIO DE BABEL. Pentecostés es la fiesta de la comunicación.
En una época de la humanidad todos se entendían, pues hablaban
una sola lengua; el pecado fue la causa de una incomunicación.
El egoísmo humano hizo que cada hombre hablase su propia lengua,
la que le convenía para salvaguardar sus intereses. La soberbia
también hace que cada quien busque su propio beneficio, atropellando
a los demás.
- Que los poderes y la autoridad con que actúa la Iglesia,
le vienen por el Espíritu que Jesús le dio inicialmente en
las personas de sus apóstoles;
- Que si en Pentecostés Dios se valió de signos sensibles
para manifestar la eficacia de su obra en la humanidad, la
Iglesia , que es sacramento o signo sensible y eficaz de la
salvación, también ella puede valerse de signos que fomentan
la fe, la esperanza y el amor en la línea de la salvación,
como son los sacramentos que son instrumentos o medios por
los que comunica y aumenta la amistad con Dios, o sea, proporcionan
lo que conocemos como la Gracia.
En fin, mis hermanos, podríamos enumerar otras consecuencias
del misterio de Pentecostés, como culminación de la Pascua,
pero por el momento, vale la pena que consideremos cómo por
los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, hemos sido incorporados
a este nuevo pueblo que ha sido convocado y enviado a anunciar
la salvación. Esa es, entonces la misión de cada miembro. LA
IGLESIA VIVE A TRAVÉS DE LA HISTORIA SIEMPRE EN ESTADO DE MISIÓN
COMO SERVICIO, no como un privilegio que sólo busca poder.
La celebración dominical de la Eucaristía nos recuerda permanente
y puntualmente este noble deber que, como tarea, hemos recibido
de Jesús, Señor de la Iglesia. Ojalá que al salir de cada celebración eucarística,
una vez experimentada la unidad y la concordia que nos regala
el Espíritu, experimentemos también, impulsados por Él,
la necesidad de ser fieles a Jesús y de pregonar por dondequiera
su obra como evangelio, como buena noticia.
Que nuestra Muchachita y Celestial Señora Santa María de Guadalupe, Madre y
Maestra nos enseñe y nos acompañe siempre en el ejercicio de
nuestra misión; y que Ella que en “el acontecimiento guadalupano,
presidió, junto al humilde Juan Diego, el Pentecostés que nos
abrió a los dones del Espíritu” (AB 269) interceda por nosotros
para que el Padre Bueno por intercesión de su Hijo Jesucristo,
mande sobre todo el pueblo de México el Fuego que caliente nuestros
apáticos corazones y el Viento que nos estremezca hasta los
más profundo de nuestro ser. Que derrame abundantemente su gracia
sobre nosotros. No la merecemos, pero la necesitamos. Amén.