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Homilía
pronunciada por Monseñor Jorge Palencia Ramírez de Arellano,  Vice - Rector y Coordinador General de la Pastoral de Santuario, en la Solemnidad de Todos los Santos.

1 de noviembre de 2009
Año Sacerdotal

"Alegrémonos todos en el Señor, al celebrar esta fiesta en honor de todos los Santos, de cuya solemnidad se alegran los Ángeles, y ensalzan al Hijo de Dios".

Queridos hermanos y hermanas,

Nuestra Celebración Eucarística se inició con la exhortación "Alegrémonos todos en el Señor". La liturgia nos invita a compartir el gozo celestial de los santos, y a unirnos a su alegría. Los santos no son un grupo selecto de elegidos, sino una muchedumbre innumerable, de gran parte de ellos no conocemos ni el rostro, ni el nombre.

Al celebrar hoy la fiesta de Todos los Santos, una expresión tan "amplia" nos lleva a una primera reflexión sobre ese "todos" ¿Quiénes son esos "todos"? La respuesta más lógica y única posible es que todos son todos. Y lo que puede parecer una simpleza, en la práctica no lo es tanto, pues de hecho, para la gran mayoría de nosotros los cristianos eso de "todos" equivale solamente a unos cuantos.

Hay santos canonizados, oficialmente proclamados como tales; a lo largo del año litúrgico vamos celebrando sus fiestas. Pero también hay santos no canonizados, pero no por eso son menos santos; todos aquellos que gozan de la compañía de Dios, aunque no se les haya reconocido oficialmente esa condición.

Y algo que siempre intentamos omitir, hay "santos en proceso", que somos nosotros, los que hemos aceptado la fe y nos esforzamos por vivir en coherencia de vida. Este tipo de santidad es reconocida ya por San Pablo, quien solía llamar "santos" a los fieles a los que dirigía sus cartas. Con esta amplitud de miras hay que entender, pues, a Todos los Santos, aunque hablando con precisión hoy estamos festejando a esa muchedumbre innumerable, donde bien seguro, tenemos muchos familiares y amigos.

San Bernardo Abad, iniciaba en un día como este, su homilía preguntándose: ¿de qué sirve nuestra alabanza a los santos, nuestro tributo de gloria y esta solemnidad nuestra?. A esta pregunta, San Bernardo daba una respuesta sencilla, que debemos meditar mucho, decía: "Nuestros santos no necesitan nuestros honores y no ganan algo con nuestro culto, pero suscitan en nosotros el gran deseo de ser como ellos, felices por vivir cerca de Dios, en su luz, en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo significa vivir cerca de Dios, vivir en su familia¨ ( Opera Omnia Cisterc. 5, 364 ss)

En otras palabras la santidad en los santos, nos debe recordar la nuestra. "Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, a la perfección de aquella santidad, con la que es perfecto el mismo Dios y Padre" . Con estas palabras tan claras recordaba el Concilio Vaticano una realidad que había quedado un tanto relegada al olvido: todos estamos llamados a ser santos. Pero lo cierto es que los buenos propósitos del Concilio aún no han dado muchos frutos, porque aún no hemos asumido, sinceramente y de forma generalizada, el hecho de que todos estamos llamados a la santidad.

La santidad exige un esfuerzo constante y es posible para todos, porque más que obra del hombre, es ante todo don de Dios. En la segunda lectura tomada de una carta del apóstol san Juan hemos escuchado: "Miren qué amor nos ha tenido el Padre pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos" (1 Jn 3, 1). Por consiguiente, es Dios quien nos ha amado primero. Ante esta realidad debemos preguntarnos: ¿Cómo no responder al amor del Padre celestial con una vida llena de alegría al reconocernos como hijos amados por Dios?

Aquí es donde en esplendor entramos en la profundidad del Evangelio proclamado este domingo, el discurso del monte, en las bienaventuranzas proclamadas por Jesús, que son un itinerario de esta santidad y alegría que nos introduce al Reino de Dios. Nunca olvidemos que el Reino es una presencia aquí y ahora en la medida en que vivimos esas actitudes que Jesús enuncia: la felicidad del Reino no pertenece a los grandes, a los que sabios, sino a los pobres de espíritu, los pacientes, los que lloran, los hambrientos de justicia y paz, los perseguidos..., todos ellos conforman el ejército de los santos de Dios.

Es así que el santo no es una persona excepcional; y eso es lo extraordinario de su santidad: la santidad humilde del hombre cualquiera, la de Zaqueo y Magdalena: la santidad de los apóstoles, llenos de imperfecciones, pero confiando al fin y al cabo en que Dios hará de ellos auténticos hombres de fe.

Cuando escuchamos las bienaventuranzas, descubrimos inmediatamente que el camino de santidad que nos traza Cristo, parece pensado justamente para el hombre de hoy: para el casado y para el soltero, para el laico y para el religioso, para el obrero, el profesional o el político.

El Reino se establece en cualquier hombre que entienda que la vida es una constante búsqueda de algo que ansiamos y que no tenemos, por lo que siempre nos sentimos pobres y vacíos. El santo que cree que ya tiene la santidad es un hipócrita. De ahí el paradójico lenguaje de Jesús: el Reino de Dios es algo tan absolutamente distinto a los llamados valores del mundo, algo tan nuevo, algo tan «divino», que no puede ser descrito ni menos aferrado. Sólo nos resta abrirnos a él, sentirnos ante él como un pobre desprovisto de todo, como quien lucha con paciencia, como quien busca consuelo en su llanto, como quien tiene hambre y sed de justicia, como quien necesita misericordia, como quien es destruido por la persecución.

Hermanos, hermanas: ¿Qué debemos hacer, entonces, nosotros? Dejarnos invadir por el Reino de Dios; dejarnos penetrar por la Palabra divina; dejarnos poseer por el Evangelio. Por eso la pobreza de espíritu es la primera y esencial bienaventuranza y el resumen de todas ellas: sólo quien se desprende de sí mismo y se hace un ser totalmente disponible es capaz de dejarse penetrar totalmente por el Reino.

Aquí precisamente, en 1531, nuestro hermano Juan Diego Cuautlatoatzin, se dejo envolver totalmente por el Reino, abrazar por la ternura maternal de la Madre de Dios, la Santísima Virgen María, al grado de expresar con profunda alegría y sencillez:

¿Dónde estoy? ¿Dónde me veo? ¿Acaso allá donde dejaron dicho los antiguos nuestros antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las flores, en la tierra del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento; acaso en la tierra celestial? ( Nican Mopohua 10)

Hagamos nuestras estas palabras, dejémonos envolver por este amor tan lleno de ternura, que nuestra Niña y Señora nos ofrece hoy al habernos llamado hoy sentir esta cercanía de la comunión de los santos.

 
 
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