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Origen y Significado de la Festividad de
Nuestra Señora de los Dolores

Entre las festividades marianas celebradas con especial devoción por la religiosidad popular aquí en México, sobresale la de Nuestra Señora de los Dolores, ya que, en su honor “El viernes de Dolores” o sea el viernes que precede al Domingo de Ramos se levantan ante su imagen en templos y domicilios particulares rutilantes altares plenos de poesía y simbolismos llamados “Incendios” por las abundantes luces que los iluminan.

Si nos ponemos a indagar sobre el origen de esta festividad tenemos que remontarnos hasta la edad media en Europa, cuando la piedad popular había inspirado ya el arte gótico.

La fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, preparada por la literatura ascética del siglo XII, fue introducida primeramente en Alemania por el Sínodo Provincial de Colonia en 1423 e inserta en el viernes de la tercera semana después de Pascua. Benedicto XIII en 1727 la extendió a toda la Iglesia con el titulo de “Fiesta de los Siete Dolores de la Bienaventurada Virgen María”, poniéndola el viernes después de la dominica de la Pasión, es decir, el sexto viernes de Cuaresma, el viernes anterior a la Semana Santa, para recordar los dolores que padeció la Santísima Virgen María durante la pasión de su Hijo.

La Orden de los Siervos de María, fundada en Florencia en 1240, difundió mucho el culto de la Dolorosa y obtuvo del Papa Inocencio XI (1676-1698), una fiesta propia de la tercera dominica de septiembre, después Pío VII la extendió a toda la Iglesia. Pío X la asigno establemente al 15 de septiembre, conmemoración que hasta el día de hoy mantiene la liturgia de la Iglesia.

Durante el siglo XVI, después de la Conquista, esta devoción fue introducida a México por los primeros frailes franciscanos, dándola a conocer a los indígenas recién conversos mediante el “teatro evangelizador”, que era un medio eficaz para conquistarlos a través de las imágenes, ya que la comunicación verbal no era posible, debido a que no hablaban las lenguas aborígenes.

Los evangelizadores le dieron interés principal a la Liturgia, y con ella al conjunto de formas externas, gestos, signos, símbolos, etc., con que habrían de realizarse las celebraciones religiosas, dadas las circunstancias novedosas en el habrían de desarrollar la tarea evangelizadora. Era evidente que la suntuosidad del culto prehispánico fue tomada en cuenta por los religiosos, quienes trataron de promover mediante nuevo resplandor los ritos antiguos, tan complicados en ceremonial y ornato. La tradición del “ALTAR DE DOLORES” data del siglo XVI; sin embargo, no fue sino hasta el siglo XVIII cuando aparecieron crónicas y relatos con alusiones concretas a la celebración. Es entonces cuando se sacó de la Iglesia el culto a la Dolorosa y se hizo extensivo a los hogares mexicanos.

Los cronistas relatan que la instalación del ALTAR DE DOLORES se efectuaba ocho días antes del Viernes Santo, con la intensión de consolar a la Santísima Virgen, ya que ocho días después, ella iba a estar acongojada por la muerte de su Hijo Jesús. Los mexicanos entonces, con ese ingenio y creatividad que nos caracterizan, buscamos la manera de consolarla y halagarla, instalándole un altar con algunos presentes, para distraerla y atenuar un poco su pena. Se suele representar a la Virgen Dolorosa con una espada o un pequeño puñal (o siente pequeños puñales), símbolo de su aflicción, clavado en el corazón.

¿Cómo se preparaban para el Altar de Dolores?

En pequeñas macetas u objetos de barro, dos o tres semanas antes, se sembraban diversos granos como: chía, alpiste, trigo, cebada o amaranto cuidando de regarlas diariamente para que el día de la colocación del altar estuvieran debidamente germinados.

Algunas naranjas se doraban para que sirvieran de base para encajar en ellas banderitas con papel picado de diferentes colores, otras de papel plateado o de oro volador. Para darle colorido al altar, se teñía agua con composiciones químicas (ahora se simplifica esta acción con las anilinas), y se vertían en recipientes transparentes como: copas, botellones y vitroleros. Se obtenían esferas de cristal de colores o azogadas de mercurio con tonalidades púrpuras, doradas o plateadas. Los cirios eran colocados en ostentosos candeleros, así como lámparas con aceite, con el objeto de que al encenderlas iluminará vivamente el agua de colores, el calor de las llamas hiciera que el papel picado crujiera y se moviera, introduciendo suaves destellos y tenues murmullos semejando el leve crepitar de la leña.

En la parte principal de la casa se colocaban gradas de madera cubiertas con un mantel de lino blanco o encaje y sobre éstas se iban poniendo artísticamente los objetos. Al centro del altar destacaba la figura principal de la Dolorosa, cuyos atributos son: un puñal clavado sobre el pecho, los signos de la pasión como: la corona de espinas, clavos, martillo, una escalera, la bolsa con 30 monedas y los dados con los que algunos soldados se jugaron la túnica de Cristo.

Las familias de escasos recursos suplían los encajes, calados y blondas con el famoso “papel picado” de china, de diversos colores. El trabajo de papel picado era, y sigue siendo, un reto para la imaginación de los artistas populares.

El suelo se cubría con pétalos de flores naturales o aserrín pintado de colores semejando un artístico tapete, cuyas figuras se obtenían mediante complicados patrones de papel. 

También se utilizaban algunos elementos naturales como salvado, café, obleas de harina desmenuzadas y papel de china picado; herencia prehispánica que nos legaron nuestros antepasados llamado Xochipetate, que da por resultado una fragante y efímera alfombra que antiguamente se ofrecía a la diosa Xochiquetzalli, deidad femenina de las flores, protectora de los poetas, pintores y danzantes.

Por otra parte, la señora de la casa preparaba aguas frescas de diferentes sabores como: horchata, chía, limón, tamarindo, jamaica, timbiriche, semilla de melón y se ofrecía a los familiares y amigos o simplemente devotos que caminaban de casa en casa admirando los famosos

ALTARES DE DOLORES.

A estas aguas frescas, el ingenio popular les dio el nombre de “Lagrimas de la Virgen” en recuerdo de las que ella derramó durante la semana de Pasión. Las lágrimas que para algunos son amargas y para otros simplemente saladas, no pueden ser desagradables tratándose de las de la Madre de Cristo.

La costumbre  del  ALTAR DE DOLORES, por otra  parte,  era  una oportunidad para que amigos y extraños convivieran amistosamente, pues a todos se les recibía con el mismo agrado. La familia entera solía rezar el Rosario a una hora determinada y a ese homenaje piadoso se unían los visitantes.


Los Siete Dolores de la Virgen Madre Dolorosa

El dolor de la Virgen María, aunque encuentra en el misterio de la cruz su primera y última significación, fue captado por la piedad mariana también en otros acontecimientos de la vida de su Hijo, en los cuales Ella participó personalmente.

Primer dolor: La profecía de Simeón
José y María suben al templo a presentar a Jesús a los cuarenta  días de su nacimiento, allí el anciano Simeón dice la siguiente profecía: “Una espada atravesará tu alma” (Lc 2, 34-35)2. Espada que es según parece es la progresiva revelación que Dios le hace de la suerte de su Hijo.

Segundo dolor: La huida a Egipto

El camino de fe de la Virgen se vio muy pronto marcado por un nuevo suceso doloroso: la huida a Egipto con Jesús y José (Mt 2, 13-14).

Tercer dolor: La pérdida de Jesús
Una vez más, durante la infancia de Jesús, el suceso de la pérdida en Jerusalén y la búsqueda ansiosa y dolorida de María y de José (Lc 2, 43 ss), que se concluirá con el hallazgo del Hijo en el templo, será nuevo motivo de interpretación y meditación sobre la voluntad de Dios.

Cuarto dolor: El encuentro del Hijo y la madre camino al Calvario
La tradición ha descubierto en el camino de Jesús con la cruz al Calvario la experiencia síntesis del camino de fe de María y aunque los evangelios no mencionan nada de eso, la piedad tradicional ve la presencia de María en el encuentro de Cristo con las mujeres (Lc 23, 26-27).

Quinto dolor: La Crucifixión
Como ya se ha dicho es la crucifixión donde encontramos el significado primero y último de la Dolorosa: “Estaban de pie junto a la cruz de Jesús su Madre, María de Cleofás y María Magdalena” (Jn 19-25).

Sexto dolor: Descendimiento de la cruz
Una vez más la devoción popular prolonga la participación amorosa de la Madre en la muerte redentora del Hijo recordando, la acogida en el regazo de María de Jesús bajando de la cruz (Mc 15, 42).

Séptimo dolor: Entierro
La entrega al sepulcro del cuerpo examine de su Hijo (Jn 19, 40-42 a) provoca un último y desgarrador dolor a la amorosa madre.
 
 
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