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Homilía
pronunciada por Mons. Giuseppe Bertello,
Nuncio Apostólico, en la celebración del Día Mundial de la Paz en la Basílica de Guadalupe.

1 de enero de 2007

Todo el tiempo de Navidad nos habla de la presencia tan privilegiada de María en el misterio del nacimiento y de la manifestación de Jesús. Dios mismo quiso que ella estuviese al lado del Redentor en el inicio de su vida, como luego estará presente a los pies de la cruz, en la alegría de la Pascua y en la venida del Espíritu Santo en el Cenáculo, el día de Pentecostés.

Pero, la fiesta de hoy nos recuerda a María de modo especial y nos invita “a celebrar la parte que ella tuvo en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la Madre Santa, por la que merecimos recibir al Autor de la vida” (Pablo VI, Marialis Cultus). Por eso, en la primera oración, hemos afirmado con gozo que, por su maternidad virginal, Dios nos ha entregado los bienes de la salvación y hemos recibido a su Hijo Jesús.

La figura de María aparece sólo dos veces, y muy brevemente, en las lecturas que la Iglesia ha propuesto a nuestra meditación. La primera, en las palabras del Apóstol San Pablo, que, en su carta a los Gálatas, alude de manera muy discreta a la mujer por la que la Palabra de Dios se hizo carne, cuando dice: “Dios envió a su hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley”. Encontramos aquí el corazón mismo de toda la doctrina de la Iglesia sobre María, quien, por un lado, es una criatura como nosotros, es nuestra hermana en el dolor y en la muerte, pero, por otro lado, es grande porque es la Madre del Hijo de Dios: inmaculada, siempre fiel al proyecto salvador de Dios, madre de todos nosotros en la fe.

También San Lucas, hablándonos de los pastores, que encuentran a Jesús recostado en el pesebre, dedica una sencilla, pero profunda, pincelada a la Santísima Virgen: “María - dice el evangelista - guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”. Es decir: María, quien está en constante escucha de la Palabra de Dios, descubre el sentido último de los acontecimientos, tal vez pobres y contradictorios, que ella y su familia están viviendo, sabe descubrir su valor profundo y el misterio, que ocultan.

Por cierto, el niño, que la Virgen tiene en sus brazos, tiene la misma semblanza de todos los niños que se asoman a la vida. Pero, conservando en su corazón las palabras que vienen de Dios y uniéndolas como en un mosaico a través de la meditación, ella aprende que, detrás de su aspecto físico, hay un perfil, que la historia humana no conoce todavía; el perfil del enviado por Dios para la salvación del mundo.

Al inicio de un nuevo año, la Iglesia nos invita a entrar en la escuela de María, la discípula fiel del Señor, para que aprendamos de ella a acoger en la fe y en la oración la salvación, que Dios quiere derramar sobre los que confían en su amor misericordioso. María es maestra de la espera, de la acogida, de la manifestación del Mesías al mundo.

El Evangelio, que ha sido proclamado, nos recuerda también que “cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el nombre de Jesús”. La circuncisión y la imposición del nombre son un momento fundamental de la vida de un miembro del Pueblo de Israel: la circuncisión es el símbolo de la alianza de Dios con su pueblo y el nombre, como el presagio del destino de una persona.

“Jesús”, en hebreo, significa “Dios que salva”; es el nombre más significativo que se le podía poner al Mesías porque es equivalente al de Dios-con-nosotros. Así, en Jesús, encontramos dos dimensiones: es miembro de un pueblo y, al mismo tiempo, es el Salvador. Jesús es nuestro hermano pero es también nuestro Señor. Cuando rezamos el Credo, durante la misa, profesamos esta verdad de nuestra fe, diciendo '”y por obra del Espíritu Santo se encarnó de la Virgen María y se hizo hombre”.

En concreto, como dice San Pablo, en su carta de hoy, “envió Dios a su Hijo para que recibiéramos el ser hijos por adopción”. Nuestra auténtica relación con Dios no es sólo de criaturas. Jesús se ha hecho hermano nuestro para que todos nosotros seamos hijos en la gran familia de Dios y podamos llamarlo Padre.

Nos hace bien recordar hoy esta convicción, que da un tono nuevo a nuestra historia personal. Puede ser que no gocemos de mucha salud o que no tengamos mucho dinero o que no ocupemos en la sociedad el lugar que quisiéramos porque nuestras cualidades no son de las más brillantes o El Papa Benedicto XVI ha dedicado el mensaje de este año al tema de “la persona humana, corazón de la paz” porque “respetando a la persona se promueve la paz y construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se prepara un futuro sereno para las nuevas generaciones”. En efecto, la visión cristiana de la persona humana, de su dignidad, tiene como fundamento la convicción que, por ser criatura de Dios, cada hombre y cada mujer gozan de ella no como una concesión de la clase dominante o del Estado sino por ser persona, de la cual brotan sus deberes y sus derechos.

Escribiendo este mensaje, el Papa piensa en los que están probados por el dolor y el sufrimiento, en los que viven bajo la amenaza de la violencia y de las armas y, de una manera particular, “en los niños, especialmente en los que tienen su futuro comprometido por la explotación y la maldad de adultos sin escrúpulos” (Cfr, N. 1).

Yo quisiera tomar sólo una de las ideas principales, que Benedicto XVI propone a la consideración del mundo entero, como un recuerdo de nuestro encuentro y como un compromiso, que estamos llamados a realizar, como cristianos, cada día. “La paz - nos dice el Santo Padre - es una tarea que a cada uno exige una respuesta personal coherente con el plan divino. El criterio en el que debe inspirarse dicha respuesta no puede ser otro que el respecto de la “gramática” escrita en el corazón del hombre por su divino Creador” (Cfr. N. 3).

“La paz - continúa el Papa - se basa en el respeto de todos” (N. 4). Pienso que debemos hacer un serio examen de conciencia a la luz de estas palabras, preguntándonos si ponemos en práctica siempre esta “gramática”, que debería ser el punto de encuentro para la convivencia de los diferentes grupos, que forman la sociedad o, más bien, buscamos nuestros intereses personales o de grupo sin mirar a las necesidades de los demás y a las desigualdades, que existen en nuestras comunidades; si queremos imponer nuestras ideas y nuestra visión de la vida en lugar de pensar en el bien común; si personalmente vivimos conformes a estas reglas, inscritas por Dios en nuestra conciencia o preferimos acallarlas para que no molesten nuestra manera de pensar y de actuar… porque los demás no las reconocen. Pero lo que nadie nos quita es esto: somos parte de la familia de Dios, el cual nos quiere, a pesar de todo, como a sus hijos. Hay quien pensará que esto es sólo un consuelo psicológico. No, esta es la convicción profunda, que brota de nuestra fe: a lo largo de todos los días, Dios seguirá siendo nuestro Padre, pase lo que pase.

Esta es la motivación principal y la raíz de la paz que todos deseamos en nuestras casas y en el mundo entero y que, después de la consagración del pan y del vino, pedimos a Dios: “Te pedimos Padre - reza el sacerdote - que esta Víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero” (plegaria Euc. III).

La paz es también un tema de la liturgia del primer día del año. Nos lo propone la primera lectura con la magnífica “bendición sacerdotal”, en la cual la sonrisa y la luz del rostro de Dios se transforman en una paz integral para el corazón del hombre. Este texto, que los sacerdotes solían pronunciar sobre el pueblo reunido para las grandes fiestas litúrgicas, tiene un contenido muy denso y está marcado por el nombre del Señor, que viene repetido al inicio de cada versículo.

Estas palabras no son sólo un simple deseo sino que tienden a realizar lo que afirman porque la bendición del Señor produce, por su propia fuerza, bienestar y salvación en los que coman en Dios. Y la eficacia de la bendición se concreta más específicamente: el Señor te proteja, te conceda su favor y te dé la paz La liturgia, al presentamos esta antigua bendición en el inicio del nuevo año, es como si quisiera impulsamos a invocar también nosotros la bendición del Señor para el año que comienza, a fin de que sea para todos un año de prosperidad y paz.

Como Ustedes saben, desde hace casi cuarenta años, la Iglesia ha querido unir el primer día del año con la celebración del “día mundial de la paz” y el Papa suele enviar un mensaje específico a todos los hombres de buena voluntad, creyentes y no creyentes. Pero, si la paz es un anhelo de todos, para los discípulos de Jesús es un mandato permanente, es una misión exigente, que nos impulsa a testimoniar y a anunciar “el evangelio de la paz”, cuyas raíces profundas se encuentran en el reconocimiento de la plena verdad de Dios, que Jesús nos ha revelado.

Queridos hermanos y hermanas, hemos venido en peregrinación a esta basílica para pedir la intercesión de la Virgen de Guadalupe sobre el nuevo año y poner en sus manos nuestros deseos, nuestras necesidades para que las presente ante el trono de Dios. Pidámosle también que nos ayude a ser siempre discípulos coherentes y fieles de su Hijo Jesús y que, como decía San Francisco de Asís, nos haga “instrumentos de su paz”: que donde reina el odio, sepamos llevar el amor, que donde hay discordia sepamos ser constructores de unidad, que donde hay ofensa y desprecio sepamos ofrecer el perdón.

 
 
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