Eminentísimo
Señor Cardenal (Juan Sandoval Iñiguez), señores arzobispos y
obispos, queridos hermanos en el sacerdocio, en la vida consagrada,
hermanas y hermanos todos.
En estos días, la Iglesia nos propone en las lecturas de la
Sagrada Escritura, el momento de la creación del universo, y
hoy, de una manera particular, la creación del hombre. Y nosotros con un espíritu de alabanza a Dios, hemos repetido:
¡Bendito sea Dios que nos ha dado la vida!
Nosotros podríamos hacer muchas reflexiones sobre esta página
del Evangelio que hoy hemos escuchado. Yo quisiera sólo hacer
dos reflexiones: la primera, nosotros reconocemos en Dios, el
Padre y el creador de todo, pero esto no es sólo un descubrimiento
que se puede hacer a través de la vía filosófica, de razonamiento.
Para nosotros, Dios se ha revelado como Padre en Jesús, y en
Él vemos la fuente de todo lo que pasa en el mundo. Decía
San Francisco de Sales que fuera del pecado nada nos acontece
sino por la voluntad de Dios.
De manera que hoy recibimos esta invitación por parte de la
Palabra de Dios. Nuestra fe debe darnos un sentido de Dios que
llevamos a nuestra vida, que llevamos en todos los momentos
de nuestra existencia, y nos ayuda también a vivir en la presencia
de Dios.
Cuántas veces en el día nos olvidamos del Señor que está en
nuestro corazón, que quiere iluminarnos y que quiere guiarnos.
Pero también este sentido de Dios, este vivir en la presencia
de Dios nos hace descubrir a Dios como Padre providente para
nosotros. De manera que si tenemos una verdadera relación con
el Señor debemos entregar a Él todo lo que somos, todo
lo que hacemos, para que todo se cumpla según su voluntad. Creo
que hemos tenido casi la síntesis de estas reflexiones en la
primera petición que hemos elevado al Señor ahora en la oración
de introducción de esta Sagrada Eucaristía, cuando hemos pedido
que por la intercesión de la Virgen María profundicemos en nuestra
fe.
Este es el primer deseo y también la intención que pongo en
esta celebración Eucarística de despedida. Yo rezo verdaderamente
al Señor porque la fe del pueblo mexicano se profundice cada
día más, para que esta fe, y aquí nos viene en ayuda el Evangelio,
bastante severo, que hemos escuchado ahora de la Palabra de
Jesús, para que esta fe no se quede sólo en algo exterior, para
que esta fe no sea sólo una tradición, sino que ilumine, que
empape toda la existencia nuestra, para que seamos capaces de
vivir ante todo en nuestro corazón el Evangelio de Jesús y la
Palabra del Señor.
En un segundo aspecto de la lectura del Génesis que hemos tenido
hoy, Dios crea el Universo pero lo entrega al hombre, para que
lo cuide y para que lo cultive. Yo pienso que también nos ayuda
para entender esto --podríamos hacer toda una meditación sobre
el sentido del trabajo a la luz de la fe--, yo prefiero también
en esta ocasión, regresar a la oración que hemos hecho: cultivar
la realidad humana.
Para nosotros es un compromiso buscar el progreso de nuestra
patria. Esta es la segunda intención que pongo en mi oración
esta tarde. Desear que la Iglesia pueda siempre ser la levadura
de la sociedad mexicana. La Iglesia y el Papa lo ha recordado
muchas veces en este último periodo, lo ha dicho muy claramente
en su primera encíclica, la Iglesia no quiere ser un factor
político, como nos recuerda ese documento del Concilio de la
Constitución de la Iglesia en el mundo contemporáneo. La Iglesia
lo que sí quiere ser y hacer es impregnar el mundo del
espíritu cristiano, de los valores del Evangelio que Jesús nos
ha dado, para que los anunciemos a los demás y para ser también
testigos auténticos de este Evangelio a través de la construcción
de una sociedad justa, de una sociedad pacífica.
De esta manera comprendemos también la tercera invocación que
haremos en esta Eucaristía, cuando después de haber recibido
a Jesús pediremos al Señor, por la intercesión de la Virgen,
para que sepamos reconocernos y amarnos como hermanos.
Durante estos seis años yo he vivido—y agradezco profundamente
al Señor--- este espíritu de fraternidad que une a los obispos,
que une a los sacerdotes, a los religiosos. Pero ese espíritu
de fraternidad no puede quedarse sólo entre nosotros, es algo
que debemos repartir en la sociedad, para crear una sociedad
unida, para crear una sociedad que se respete, para crear una
sociedad donde los derechos de los unos no vayan en contra de
los derechos de los demás sino saber encontrar también lo que
significa el deber, y sobre todo, una sociedad que sea solidaria.
La fraternidad no puede quedarse sólo en un sentimiento.
Claro, todos somos hijos de Dios, es la consecuencia lógica
de la paternidad de Dios y de nuestra unidad en Jesús, pero
esa fraternidad debe abrirse para saber leer, para saber entender,
las necesidades de los demás y para no quedarse en palabras
sencillas sino transformarse en actos, en gestos de construcción
de este amor al fin y al cabo, de esta caridad que se manifiesta
en atención con los que sufren, con los más pobres, en las dificultades
que se pueden encontrar.
Esta mañana yo creo que todos podemos unirnos poniendo en las
manos de la Virgen estas tres intenciones, que nos ayude para
que nuestra relación con Dios, y es ésta la fe, sea una relación
cada vez más personal, cada vez más íntima, que toque toda nuestra
vida, de manera que sea también la fuente de toda nuestra actividad
y nos ponga como comunidad al servicio de nuestra Patria, para
crear una sociedad fraterna y una sociedad donde vive verdaderamente
el respeto y el amor. |
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