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Versión estenográfica de la
Homilía

pronunciada por el Nuncio Apostólico en México, Giuseppe Bertello,
en la Celebración Eucarística de Acción de Gracias, en la Basílica de Guadalupe, al concluir su servicio en México.

7 de febrero de 2007

Eminentísimo Señor Cardenal (Juan Sandoval Iñiguez), señores arzobispos y obispos, queridos hermanos en el sacerdocio, en la vida consagrada, hermanas y hermanos todos.

En estos días, la Iglesia nos propone en las lecturas de la Sagrada Escritura, el momento de la creación del universo, y hoy, de una manera particular, la creación del hombre. Y nosotros con un espíritu de alabanza a Dios, hemos repetido: ¡Bendito sea Dios que nos ha dado la vida!

Nosotros podríamos hacer muchas reflexiones sobre esta página del Evangelio que hoy hemos escuchado. Yo quisiera sólo hacer dos reflexiones: la primera, nosotros reconocemos en Dios, el Padre y el creador de todo, pero esto no es sólo un descubrimiento que se puede hacer a través de la vía filosófica, de razonamiento. Para nosotros, Dios se ha revelado como Padre en Jesús, y en Él vemos la fuente de todo lo que pasa en el mundo. Decía San Francisco de Sales que fuera del pecado nada nos acontece sino por la voluntad de Dios.

De manera que hoy recibimos esta invitación por parte de la Palabra de Dios. Nuestra fe debe darnos un sentido de Dios que llevamos a nuestra vida, que llevamos en todos los momentos de nuestra existencia, y nos ayuda también a vivir en la presencia de Dios.

Cuántas veces en el día nos olvidamos del Señor que está en nuestro corazón,  que quiere iluminarnos y que quiere guiarnos. Pero también este sentido de Dios, este vivir en la presencia de Dios nos hace descubrir a Dios como Padre providente para nosotros. De manera que si tenemos una verdadera relación con el Señor debemos entregar a Él todo lo que somos, todo lo que hacemos, para que todo se cumpla según su voluntad. Creo que hemos tenido casi la síntesis de estas reflexiones en la primera petición que hemos elevado al Señor ahora en la oración de introducción de esta Sagrada Eucaristía, cuando hemos pedido que por la intercesión de la Virgen María profundicemos en nuestra fe.

Este es el primer deseo y también la intención que pongo en esta celebración Eucarística de despedida. Yo rezo verdaderamente al Señor porque la fe del pueblo mexicano se profundice cada día más, para que esta fe, y aquí nos viene en ayuda el Evangelio, bastante severo, que hemos escuchado ahora de la Palabra de Jesús, para que esta fe no se quede sólo en algo exterior, para que esta fe no sea sólo una tradición, sino que ilumine, que empape toda la existencia nuestra, para que seamos capaces de vivir ante todo en nuestro corazón el Evangelio de Jesús y la Palabra del Señor.

En un segundo aspecto de la lectura del Génesis que hemos tenido hoy, Dios crea el Universo pero lo entrega al hombre, para que lo cuide y para que lo cultive. Yo pienso que también nos ayuda para entender esto --podríamos hacer toda una meditación sobre el sentido del trabajo a la luz de la fe--, yo prefiero también en esta ocasión, regresar a la oración que hemos hecho: cultivar la realidad humana.

Para nosotros es un compromiso buscar  el progreso de nuestra patria. Esta es la segunda intención que pongo en mi oración esta tarde. Desear que la Iglesia pueda siempre ser la levadura de la sociedad mexicana. La Iglesia y el Papa lo ha recordado muchas veces en este último periodo, lo ha dicho muy claramente en su primera encíclica, la Iglesia no quiere ser un factor político, como nos recuerda ese documento del Concilio de la Constitución de la Iglesia en el mundo contemporáneo. La Iglesia lo que sí quiere ser y hacer es impregnar el mundo del espíritu cristiano, de los valores del Evangelio que Jesús nos ha dado, para que los anunciemos a los demás y para ser también testigos auténticos de este Evangelio a través de la construcción de una sociedad justa, de una sociedad pacífica.

De esta manera comprendemos también la tercera invocación que haremos en esta Eucaristía, cuando después de haber recibido a Jesús pediremos  al Señor, por la intercesión de la Virgen,  para que sepamos reconocernos y amarnos como hermanos.

Durante estos seis años yo he vivido—y agradezco profundamente al Señor--- este espíritu de fraternidad que une a los obispos, que une a los sacerdotes, a los religiosos. Pero ese espíritu de fraternidad no puede quedarse sólo entre nosotros, es algo que debemos repartir en la sociedad, para crear una sociedad unida, para crear una sociedad que se respete, para crear una sociedad donde los derechos de los unos no vayan en contra de los derechos de los demás sino saber encontrar también lo que significa el deber, y sobre todo, una sociedad que sea solidaria.

La fraternidad no puede quedarse sólo en un sentimiento. Claro, todos somos hijos de Dios, es la consecuencia lógica de la paternidad de Dios y de nuestra unidad en Jesús, pero esa fraternidad debe abrirse para saber leer, para saber entender, las necesidades de los demás y para no quedarse en palabras sencillas sino transformarse en actos, en gestos de construcción de este amor al fin y al cabo, de esta caridad que se manifiesta en atención con los que sufren, con los más pobres, en las dificultades que se pueden encontrar.

Esta mañana yo creo que todos podemos unirnos poniendo en las manos de la Virgen estas tres intenciones, que nos ayude para que nuestra relación con Dios, y es ésta la fe,  sea una relación cada vez más personal, cada vez más íntima, que toque toda nuestra vida, de manera que sea también la fuente de toda nuestra actividad y nos ponga como comunidad al servicio de nuestra Patria, para crear una sociedad fraterna y una sociedad donde vive verdaderamente el respeto y el amor.      

 
 
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