Queridos hermanos, estamos preparándonos a los días tan hermosos
de la Navidad. Durante que este tiempo que la liturgia de la Iglesia
conoce como el Tiempo del Adviento estamos preparando nuestro
corazón para que el Niño Jesús nazca en el corazón de cada uno
de nosotros. Y desde el primer Domingo del Adviento la liturgia
de la Iglesia nos ha venido presentando una serie de figurar propias
de este tiempo. En primer lugar la figura de Isaías, que como
todos los profetas, pero él con más existencia, anunció las venidas
de Cristo. Sobretodo la venida última: cuando venga al final
de los tiempos lleno de poder y de gloria a juzgarnos. Pero,
también, anunció la venida histórica, su perfecta encarnación.
La fiesta o la venida que celebramos en los días de la Navidad.
A partir del segundo Domingo de Adviento y la segunda semana la
liturgia nos presentó la segunda figura propia de este tiempo,
la figura de Juan el Bautista. El último de los profetas del Antiguo
Testamento que vino ya a preparar los camino del Señor. Y por
eso cuando sus discípulos le preguntaban ¿eres tú el que ha
de venir o esperamos a otro? él respondía, no, yo no soy él que
ustedes esperan, a tras de mí viene otro más importante que yo,
a tras de mí viene otro a quien no soy digno ni siquiera de inclinarme
para desatarle las correas de sus sandalias. Yo los bautizo con
agua, Él les dará el Espíritu Santo.
Juan el Bautista reconoce que tiene que venir a menos para
que resalte la figura de Cristo y también ya en esta segunda semana
del Adviento, y sobretodo a partir de ayer en que celebramos la
Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María y hoy en que
celebramos a san Juan Diego y durantes todos estos días en que
estamos celebrando las fiestas de la Santísima Virgen de Guadalupe.
La liturgia nos presenta la tercera figura del adviento, la más
importante, la más hermosa, la figura de María. María es el mejor
modelo de espera gozosa del Señor. Si alguien espero a Jesucristo
fue la Santísima Virgen María lo espero como Madre, espero a su
Hijo y como creatura espero a su Salvador. Y así pasadas las fiestas
guadalupanas, porque en muchos lugares todavía celebramos a la
Santísima Virgen de Guadalupe el 13, el 14 y el 15 de diciembre
y seguiríamos todo el mes o todo el año, pero a partir del 17
de diciembre la liturgia nos presenta la segunda etapa del Adviento
y nos dice: si no haz aprovechado estos primeros días del Adviento
y no te has preparado para la venida de Jesús tienes todavía un
novenario, un octavario para que prepares tu corazón y lo dejes
como un pesebre, para que el Niño Jesús nazca en tu corazón.
Desde el día ayer, repito iniciamos nuestras fiestas marianas,
propias de este tiempo del adviento. Iniciamos nuestras fiestas
guadalupanas, hoy iniciamos la Solemnidad de san Juan Diego y
le hemos perdido al Señor que por medio de este bienaventurado
hermanos nuestros, indígena, como nosotros, a quien manifestó
la Santísima Virgen María el milagro del Tepeyac, que nos conceda
por intercesión de él y por intercesión de la Santísima Virgen
María ser obedientes a las recomendaciones de nuestra Madre de
Guadalupe y que podamos cumplir siempre como él lo hizo su voluntad.
Las lecturas bíblicas, que hemos escuchado en esta celebración
de alguna manera describen la vida de los bienaventurados y en
esta ocasión del bienaventurado san Juan Diego. Dice, la primera
lectura que escuchamos tomada del libro Eclesiástico: “Hijo
mío en tus asuntos procede siempre con humildad y te amarán más
que al hombre dadivoso. Hazte tanto y más pequeño, cuanto más
grande seas y hallaras gracia ante el Señor. Hay muchos grandes
y gloriosos, pero a los humildes les revela sus secretos, porque
sólo Él es poderoso y sólo los humildes les dan gloria”. Esto
se cumple en la vida de san Juan Diego y de sus santos. Y el Evangelio
que escuchamos, como tercera lectura, es: “la alabanza del
mismo Jesús a su Padre Dios: Padre, Señor del cielo y de la tierra
te bendigo, porque has escondido estas cosas a los sabios y a
los entendidos y las has revelado a la gente sencilla”. Dios
manifiesta su santidad, Dios manifiesta su gloria en sus santos,
y entre ellos, repito, manifiesta su santidad en san Juan Diego.
Los santos son fieles conductores de Dios, los santos nos llevan
a Dios. Y hoy celebramos a un santo muy nuestro a san Juan Diego.
Hoy celebramos a un santo que de alguna manera describe la vida
de cada uno de nosotros. Hoy en esta casita sagrada de nuestra
Madrecita Santa María de Guadalupe celebramos la Solemnidad de
san Juan Diego, de la estirpe de los indios nativos de estos pueblos,
de este pueblo y de los pueblos indígenas de nuestro continente.
La Madre de Dios se le apareció en esta colina del Tepeyac, él
fue un varón justo dotado de una fe purísima que con humildad
y fervor logró que aquí se le edificara una casita a nuestra Madre
de Guadalupe y hoy lo celebramos a él y celebrándolo a él la celebramos
a Ella, a nuestra Madre del Tepeyac. Y celebrándola a Ella celebramos
el único misterio que la liturgia de la Iglesia celebra el Misterio
de Cristo.
Que ojala el Señor nos conceda al celebrar su fiesta ser fieles
cumplidores de la voluntad del Señor. Y así se lo vamos a pedir
por intercesión de Santa María de Guadalupe y por intercesión
del bienaventurado san Juan Diego y con estos sentimientos, queridos
hermanos, vamos a continuar participando en nuestra Eucaristía
y celebrando esta Solemnidad de san Juan Diego.