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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México, en ocasión del 800 Aniversario de la Fundación de la Orden Franciscana, en la Basílica de Guadalupe.

16 de abril de 2009
“Año Jubilar Paulino”

Queridos hermanos y hermanas franciscanos, resuenan en mi corazón las palabras del Señor que hemos escuchado y que pongo en mis labios en esta circunstancia providencial de la historia para decirles: la paz esté con ustedes. Ruego y deseo que la celebración del aniversario de la Familia Franciscana inserta en el contexto maravilloso de la Pascua sea una fiesta muy dentro del corazón de cada uno. Cristo ha resucitado y está con nosotros.

Hoy, como ayer el primer don del Señor resucitado a todos y cada uno de nosotros es: su paz. Y sin duda, también, hoy, como ayer, es el don que Francisco el pobrecillo de Asís nos ofrece saludándonos y deseándonos paz y bien. Qué estupenda providencia. El primer don de Cristo, mismo que asumió san Francisco, es el don que hoy a 2000 años de distancia del evento de la resurrección y a 800 años del inicio de la obra de Francisco se nos ofrece, como abrazando con él y en él a todo el pasado y a todo el presente señalando así la tarea y los objetivos del futuro: la paz.

La paz que es Jesucristo el Señor, porque Él es nuestra paz. Él es quien derriba los muros de enemistad que separan y dividen nuestro interior, y también nuestras relaciones con los demás. Él restablece la concordia entre los pueblos y nos reconcilia con Dios, haciendo de nosotros un solo cuerpo por su entrega en la cruz. Con razón y con asombró podemos unirnos al salmista y proclamar con él: ¡Qué admirable es Señor y Dios nuestro tu poder en toda la tierra! ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, este pobre ser humano para que de él te preocupes?

Admirarse del poder de Dios y creer en la resurrección de su Hijo significa aceptar que efectivamente el Padre nos ama con amor infinito. Que la luz es más fuerte que las tinieblas. Que la verdad es más poderosa que la mentira. Que el amor es más fuerte que el odio y los egoísmos. Que la alegría es más persistente que la tristeza. Que la vida es más definitiva que la muerte y que la gracia es más vigorosa que el pecado. Cristo resucitado es nuestra paz, Él está con nosotros como la paz que sana a los corazones de las heridas del pecado convirtiéndonos en hijos de la luz.

Qué bien comprendió todo esto el pobrecillo de Asís, cuyo camino existencial, espiritual y humano fue ante todo el de un creyente que en un cierto momento de su vida decide tomar en serio su fe. Fe que se le manifiesta, como tenue luz en la noche que reta ha ser alcanzada, no como con temor, sino con valentía para arriesgarlo todo renunciando al deseo a adueñarse de la propia vida, para abandonarse a la voluntad de Dios y entrar en su proyecto de amor para los hombres. Ninguna otra cosa deseemos, así afirmaba Francisco. Ninguna otra cosa queramos, ninguna otra cosa nos agrade y deleite, sino nuestro Creador, Redentor y Salvador, sólo verdadero Dios, que es bien pleno, todo bien total, verdadero y Sumo bien. Nada, pues, impida, nada separe, nada adultere, nosotros todos; dondequiera, en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, todos los días y continuamente creamos verdadera y humildemente, y tengamos en el corazón, y amemos al Altísimo y Sumo Dios eterno sobre todas las cosas deseables.

Que en efecto, hermanos, es permitir que Dios invada todo el espacio y todo el tiempo del hombre al grado de poder exclamar, también, con Francisco de aquí en adelante, puedo decir con absoluta confianza: Padre nuestro que estás en los cielos, en quien he depositado todo mi tesoro y toda la seguridad de mi esperanza.

Bueno, continúo con algunas intenciones del padre Francisco, como esta: después que hemos abandonado al mundo  ─él lo decía frecuentemente a sus hermanos­─ ninguna otra cosa hemos de hacer sino seguir la voluntad del Señor y agradarle. Por eso, pues, todos los hermanos estemos muy vigilantes, no sea que su pretexto de alguna merced o quehacer o favor, perdamos o apartemos del Señor nuestra mente y corazón. Antes, bien, en la santa caridad que es Dios ruego a todos los hermanos, tanto a los ministros, como a los otros que removido todo impedimento o propuesta, toda preocupación y solicitud, como mejor puedan, sirvan, amen, honren al Señor Dios y háganlo con limpio corazón y mente pura, que es lo que Él busca por encima de todo y hagamos siempre en ellos habitación y morada, y adorémosle con puro corazón.

Este es, hermanos, sin duda el centro de la espiritualidad que Francisco ha vivido con radicalidad y ha heredado a su familia y al mundo entero una espiritualidad que reclama una fe vigilante, una disponibilidad interior al Espíritu. La subordinación de todo el obrar humano a la acogida de la presencia activa del Espíritu. Escuchar y buscar a Dios, dejarse amar, moldear y guiar por Él, es el proyecto evangélico de Francisco que se apoya y fundamenta en la fe del hombre que logra creer y comprender que Dios es bueno y que su amor manifestado en, con y por Cristo resucitado, que como con los discípulos de Emaús hoy camina a nuestro lado descubriéndose en la Palabra y en la Eucaristía, no alienta, sino libera integralmente al hombre.

En la contemplación del Evangelio: Francisco escuchó y descubrió a Cristo como revelación del Padre y como rostro de Dios. Mirando en los gestos de Jesús el secreto del corazón de Dios, Padre, Señor y Servidor, que ama la vida y rechaza toda forma de discriminación y dominación. Vio a Jesús hacerse humano; de hermano de ricos y pobres; de marginados y notables; de publicanos y pecadores; de Magdalenas y Saqueos entregando su vida para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos. Buena noticia, que Francisco asumió plenamente siguiéndola, invitando a los hombres a vivirla abriéndose al Padre y a reconocerse como hermanos universales.

De aquí el gran sueño de Francisco: vivir la fraternidad universal. Estupendo proyecto que nace de su experiencia de fe y de su progresiva experiencia con Dios Padre y Sumo Bien, el Altísimo y Buen Señor, esas palabras que ustedes conocen bien. Que da sentido al origen y al destino de todo ser humano y de todas las creaturas, llevándolo a comprender también que si la vida, las facultades humanas, el universo, la tierra y la naturaleza, el hombre y todos sus bienes espirituales y temporales como lo son: regalo de la paternidad creadora y amorosa de Dios. El hombre puede y debe vivir, como hermano universal, hacer realidad, este sueño ha sido y sigue siendo un reto para ustedes miembros de la Familia Franciscana. Cuyos miembros siguiendo las huellas de Francisco han logrado escribir abundantes páginas áureas de fraterno y generoso servicio en los anales de la historia. Siendo en no poco lugares autores de la obra de civilización netamente evangélica: maestros de la piedad, maestros de la ciencia, incansables apóstoles de la caridad y del bien.

Una trayectoria misionera y evangelizadora iniciada por Francisco, cuya ansía y espíritu misionero lo hizo enviar a sus hermanos por toda la tierra incluyendo en su regla de vida el deseo y la obligación de evangelizar a todo el mundo. Entonces, no digan ustedes que no tienen esa obligación. Es una cuestión de fidelidad a su Padre, ¿verdad?

Trayectoria que sus hermanos fueron ampliando a medida que los nuevos viajes y descubrimientos les mostraban el dilatado mundo, generando y comisionando innumerables evangelizadores hacia remotas zonas de la tierra incluyendo la Europa Medieval y el descubierto Continente Americano; que en su geografía conserva con orgullo incontables nombres franciscanos y atesorando estas gloriosas en el Lejano Oriente en los diversos continentes y en la defensa de los santos lugares.

La historia franciscana no es solamente pasado es presente con el mismo dinamismo, la misma ansía de anunciar a Cristo. También, hoy, como bien recordó el capítulo general de Asís en 1997, los hermanos están presentes en todas partes del mundo, como un mosaico de mil colores, con nuevos rostros y diferentes sueños nos sentimos vinculados unos con otros con la profunda conciencia de pertenencia a una única familia. A la vez advertimos la necesidad de vivir cada vez más la dimensión internacional y la pluralidad dentro de nuestra fraternidad.

Queridos hermanos y hermanas, no obstante las equivocaciones y también los fracasos, muchos pueblos, aún sin saberlo añoran una paz duradera, anhelan caminar por las sendas de la verdad, de la justicia y quieren tener a Dios como luz de las naciones. ¿Cuántos pueblos quisieron caminar por la celda de la paz verdadera que el Señor ofrece en abundancia? Forjar en arados sus espadas, en podaderas sus lanzas prometiendo no levantarse más contra ninguna nación, ni adiestrarse más para la guerra. Lamentablemente el arbitrio de los hombres es con frecuencia parcial e interesado. Y el desafío del individualismo, la violencia, la corrupción, la pobreza y la indigencia vuelven a empujar hacia la incertidumbre que a su vez, y hasta con mayor fuerza, reclama de todos y de cada uno de los discípulos y misioneros de Jesús y hermanos de Francisco un esfuerzo decidido y una generosidad ilimitada a favor de la paz interior y social de la vida y de todos los valores evangélicos viviendo la Pascua del Señor asumamos este reto y compromiso conciente de que Cristo vivo y resucitado. Con Él la salvación ha llegado a nosotros y que quienes creemos en Él no podemos no esforzarnos por hacerla presente en todas las realidades de nuestra vida.

A 800 años del nacimiento de la Familia Franciscana hoy al recibir y ofrecer la paz de Cristo que asumió y ofreció, también Francisco, imitemos la actitud del Resucitado, que mostraba a sus discípulos sus manos y su costado. Manos taladradas y costado abierto hasta el corazón para manifestar así su amor y su entrega a los hombres. Y llenemos también nosotros nuestros corazones y nuestras manos de deseos, de gestos y de acciones concretas de solidaridad, de fraternidad y de amor verdadero y radical.

Cristo y Francisco nos envían a llevar la paz a los hermanos, como los discípulos de Emaús. También, hoy el Señor Jesús quiere en todos abrir el entendimiento para que comprendieran que en su nombre se habría de predicar a todas las naciones la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados y ustedes son testigos de esto.

Queridos hermanos y hermanas de la gran Familia Franciscana: sursum corda. Felicidades y adelante, que en este su aniversario la alegría de la Pascua les inunde como a los discípulos de Emaús, cuando lleguen finalmente al Señor y que como a ellos les sea dada abundante la luz y la fuerza del Espíritu que los lleve a nunciar a todas las gentes y con valentía a Cristo crucificado, resucitado y glorificado a la derecha del Padre que entregando su Espíritu ha hecho nacer y hace crecer a su Iglesia.

Que por intercesión de María Santísima, de san Francisco y de todos los santos y santas de la gran familia franciscana el Señor conceda a ustedes, a México y al mundo entero abundantes gracias y bendiciones.

Que así sea.

 
 
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