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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en el 40° Aniversario de la Renovación Carismática Católica de la Arquidiócesis de México, en la Basílica de Guadalupe.


23 de enero de 2010

Muy queridos hermanos y hermanas, nos hemos reunido esta tarde en esta casita de nuestra Madre, Santa María de Guadalupe. Ella concibió por obra del Espíritu Santo y Ella fue la primera, que fue a llevar ese Espíritu de Dios a su prima Isabel y su prima se alegró. Y la creatura que estaba en su seno saltó de gozo.

Venimos con María a dar gracias por el Espíritu que Jesús ha derramado en su Iglesia, Ella estuvo con los primeros apóstoles, con los primeros discípulos en Pentecostés, esperando la venida del Espíritu Santo. Esta tarde estamos en torno a Ella, junto con Ella también invocando el Espíritu de Dios y dando gracias a Dios por el don de su Espíritu, porque es Espíritu de Dios a través de los siglos ha sido constructor de nuestra Iglesia.

Damos gracias esta tarde por el gran regalo de la Renovación Carismática Católica en el Espíritu Santo, por sus 40 años de presencia evangelizadora en nuestra Arquidiócesis de México. Recordamos con agradecimiento a Monseñor Talavera, al Padre Salvador Carrillo, que aún vive y sigue entre nosotros animándonos. Me tocó llegar a conocer el movimiento de renovación con el impulso que le estaba dando Monseñor Diego, después Monseñor Agustín, ahora el Padre Triana y tantos sacerdotes, que los han acompañado para que se mantengan firmes en la fe y se mantengan dóciles a los impulsos del Espíritu Santo.

Nos alegramos con ustedes hermanos de la Renovación, y con Su Santidad Pablo VI reconocemos que esta corriente de vida espiritual les ha dado a ustedes un gran impulso en su vida personal. Un gusto por la oración profunda, personal y comunitaria. Un retorno a la contemplación y a la alabanza. Un deseo de entregarse totalmente a Cristo. Una grande disponibilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo. Una frecuencia asidua a la Eucaristía. Una amplia abnegación fraterna. La voluntad de prestar una colaboración a los servicios de la Iglesia. Así se expresaba Su Santidad Pablo VI y está tarde la Palabra de Dios ha sido muy clara para todos nosotros, como punto de referencia para el Movimiento Carismático Católico de Renovación en el Espíritu Santo.

Siempre la Palabra de Dios tiene que ser el fundamento, la luz clara que ilumina nuestra vida personal y todo el movimiento. Esdras, lo hemos escuchado, se mantenía proclamando la Palabra de Dios y el pueblo permanecía fiel, oyendo esa Palabra. El pueblo de Israel y el nuevo pueblo de Dios, es el pueblo congregado, reunido por la Palabra de Dios. Pueden aparecer grandes predicadores; pueden aparecer personas carismáticas que tengan dones extraordinarios, pero siempre el punto de discernimiento es si predican la Palabra de Dios, si lo que están anunciando no es su criterio, ni su pensamiento, sino la Palabra de Dios y entonces ahí habrá siempre verdadero alimento. Pero, la Palabra de Dios tal y como la acabamos de escuchar.

Jesús así desenrolla el pergamino de Isaías y se aplica la Palabra de Escritura: el Espíritu de Dios está sobre mí. Esa Palabra de Dios no puede ser escuchada, no puede ser estudiada en abstracto tiene que hacerse vida, aplicarse aquí y ahora. Esa es la Palabra de Dios, que es eficaz, no en aquel tiempo, aquí y ahora ¿qué es lo que me dice la Palabra de Dios? ¿cómo me está congregando? ¿cómo me está reuniendo? Y el apóstol Pablo tenía esa experiencia, por eso nos habla de que ese Palabra de Dios congrega y reúne y hace un sólo pueblo con diversos carismas, con diversos dones, pero todos teniendo el mismo Espíritu.

Ustedes, podrán siempre tener ese punto de referencia si esa Palabra de Dios me divide, me dispersa es la palabra de babilonia, si la Palabra de Dios me reúne, me congrega es la Palabra de Pentecostés. La que construye y hace Iglesia, y por eso tengo que estar íntimamente unido aquellos que han tenido la misma experiencia en el Espíritu Santo y tengo que reconocer la diversidad de carismas que el Espíritu derrama en su Iglesia y estar unidos siempre a esa Iglesia concreta y particular a la cual pertenezco y desde esta iglesia particular unirme a la Iglesia Universal y así tendré la seguridad de que es el Espíritu el que nos ha congregado, nos ha reunido en la unidad de una sola Iglesia.

En sus 40 años de existencia en nuestra arquidiócesis la Renovación Carismática ha contribuido a la renovación espiritual de muchas personas, a ustedes en concreto, pero a muchas otras personas, que ya no están entre nosotros. Ha llamado a incontables católicos alejados del Espíritu del Evangelio a reconciliarse con el Señor y a reconciliarse con su Iglesia ha profundizado el amor de Jesús y en el amor de la Iglesia. Ha movido los corazones para una gran generosidad de tal manera que se entregan en cuerpo y alma al anuncio del Evangelio.

El impacto de la Renovación Carismática en nuestra iglesia local ha sido muy significativo en estos 40 años. La Renovación ha alimentado la llamada a la santidad, como un regalo del Espíritu Santo, no como un esfuerzo personal; ha ayudado a las comunidades y a muchas personas en concreto a esperar vivamente los dones de Dios, los dones del Espíritu. A disfrutar de esos carismas, que sabe regalar el Espíritu Santo. Reconocemos que la Renovación Carismática ha llevado a nuestro pueblo a un reavivamiento de su fe y un compromiso mayor en el anuncio del Evangelio.

Quisiera repetir hoy las palabras de Su Santidad Juan Pablo II con ocasión del 20° Aniversario de la Renovación, cuando nos decía: El vigor y los frutos de la Renovación definitivamente testifican la presencia poderosa del Espíritu Santo trabajando en su Iglesia, después de la celebración del Concilio Vaticano II. Por supuesto continuaba el Papa Juan Pablo II: por supuesto el Espíritu Santo ha guiado a la Iglesia en todos los tiempos produciendo una gran variedad de dones entre todos los fieles, por causa de la acción del Espíritu Santo la gracia preserva una vitalidad de juventud continua y la Renovación Carismática es una elocuente manifestación de esa vitalidad. Hoy en día una muy clara exposición de lo que el Espíritu Santo está diciendo a las Iglesias.

Por todo esto, hermanos y hermanas, damos gracias a Dios. No hay que olvidar, que los Carismas desatados por el Espíritu son para la misión, son a favor de la construcción de la Iglesia. En este sentido se debe entender la glosolalia, como Carisma para la misión profética de la Iglesia, para hablar las leguas de los hombres y anunciarles la Palabra de Dios, y para hablarle a Dios en todas las lenguas y presentarle la oración de todos los hombres; las necesidades de todo ser humano.

Nuestra Arquidiócesis, como todos ustedes saben, se encuentra en un estado de permanente misión y en esta misión evangelizadora arquidiocesana la Renovación Carismática en el Espíritu Santo tiene un puesto central: no se puede hacer la misión sin la acción del Espíritu Santo. Correríamos en vano, sólo el Espíritu de Dios es que puede renovar la faz de la Tierra. Sólo el Espíritu de Dios es el que puede cambiar los corazones. Sólo después de Pentecostés la comunidad apostólica comienza a ver los frutos del Espíritu. Sólo el Espíritu es el que habré los caminos y le dice a la Iglesia por donde debe caminar, para un mundo cada vez más secularizado, como el nuestro y para la celebración de los grandes acontecimientos de nuestra patria como es el Bicentenario de la Independencia, el Centenario de la Revolución.

No hay nada que pueda contribuir más en nuestra patria, como la renovación personal de cada uno de nosotros. Se pueden cambiar las estructuras; se pueden cambiar los partidos; se pueden cambiar las instituciones, pero si no cambiamos nosotros en nuestro interior es cambiarlo todo para seguir igual. Solamente habrá un México nuevo; solamente nuestra Iglesia se renovará si nosotros nos renovamos en nuestro corazón.

Con razón los obispos de este continente reunidos en Aparecida abogaban porque suceda en nuestras tierras y comunidades un nuevo Pentecostés que nos lance a esa transformación y que nos lance a la misión audaz de anunciar el Evangelio a los más alejados.

Esperamos de verdad un nuevo Pentecostés, que renueve todas nuestras realidades, porque sino la desilusión, la acomodación al ambiente. Una venida del Espíritu Santo que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza seguirían ahí pendientes. Necesitamos un nuevo Pentecostés.

Estamos dando gracias por los 40 años de la Renovación en esta casita de Santa María de Guadalupe, porque Ella no sólo es intercesora, para que venga el Espíritu Santo y aliente y proteja a nuestra Iglesia, sino que Ella es el gran modelo de la Evangelización; Ella es la gran misionera continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. Ella trajo el Evangelio a nuestras tierras, a nuestra América en el Acontecimiento Guadalupano presidió, junto con Juan Diego, el Pentecostés, que abrió los caminos para el Evangelio en nuestras tierras.

Demos gracias, sí, por los 40 años de la Renovación Carismática en el Espíritu Santo, pero también demos gracias a Dios, porque sigue mandando su Espíritu abriendo caminos nuevos para la evangelización en  nuestro continente.

 
 
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