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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
el Pbro. Ricardo Artacho, Rector del Santuario de la Virgen del Rosario de Río Blanco y Paypaya, Argentina, en ocasión de la peregrinación de la Antorcha Guadalupana en relevos México, san Pedro Chichotla, Puebla, en la Basílica de Guadalupe.

27 de junio de 2006

Uno de los dones que Dios nos ha dado es la palabra. Una de las riquezas que tenemos es la palabra.

Sin embargo, no valoramos suficientemente la palabra. Dios, que es nuestro Padre, nos dio propiamente a su Hijo Jesús, que es su Palabra y esa palabra está escrita en la Biblia y es la que escuchamos ahora y escuchamos cada vez que participamos en la misa, cada vez que meditamos la Palabra de Dios.

La mamá que tiene un bebé en su panza, en su vientre, que tiene el bebé en sus manos que es pequeñito, sabe por más ignorante que sea o por más culta, como sea, que la palabra que le da a su hijo es fundamental para su vida.

Por eso es que se esfuerza, por eso es que reza, por eso es que le pide a Dios. Una madre da lo mejor a sus hijos, durante un tiempo hasta que aprenda.

La Iglesia también es madre y nos transmite su palabra. Nos señala el camino para llegar al Padre, que es Jesús.

Y la Iglesia quiere que perseveremos en la palabra, meditemos la palabra, nos preparemos para la palabra, para que nos sirva para toda la vida y no perdamos el rumbo como cristianos que somos.

Mateo viene, estos días en el capituló séptimo de su Evangelio, poniéndonos algunos refranes, algunos dichos que nos alientan y nos iluminan en ese camino de conocimiento a Jesús.

Dice por ejemplo: “No amontonen tesoros en la Tierra”, para que esos tesoros, esos dones, esa riqueza no se pierdan, guárdenlo en el cielo, guárdenlo, es lo mismo en el corazón.

Los tesoros no se refieren solamente al oro y la plata, sino todo eso que Él nos ha dado y que lo tenemos acá dentro, en nuestro corazón. Son bienes, son dichas, a veces son sufrimientos, son carismas, son valores, son aptitudes, todo eso lo tenemos acá dentro. Y quiere que no lo tiremos así nada más a los perros.

También, dice san Mateo, ayer en la misa decía: “No juzguen y no serán juzgados” ¿A quién de nosotros que estamos aquí, participando de esta misa nos gusta que nos calumnien? A nadie, ¿Qué nos castiguen injustamente?

A ninguno, pues Jesús dice: “tampoco te atrevas tú a juzgar a los demás, porque con la misma vara con la que juzgas a tú hermano, serás juzgado tú”. Y ahora escuchamos en el Evangelio: no arrojes esto, todo lo sagrado, todo lo que tienes, lo que sos a los perros y las perlas a los cerdos.

Eso que tienes dentro que es palabra de Dios, porque también nosotros somos hijos y tenemos la palabra de Dios, no tenemos que dársela a cualquiera, por ejemplo: la persona que está con el espíritu del mal no puede escuchar la palabra de Dios, una persona que está enferma en su mente y en su corazón, no puede escuchar la palabra de Dios, aquella persona que está en otra cosa, con las cosas de los negocios no puede escuchar la palabra de Dios.

Eso que tenemos adentro, tenemos que entregarla aquel que quiere escucharla, que es capaz de escucharla, que tiene deseos de aprender, deseo de encontrar verdaderamente el camino.

¡Me pasa tal cosa! No la digas a cualquiera, fíjate bien, estate atento esta persona que tiene tu confianza, esta persona que tiene autoridad, esta persona que sabes no te la va a tirar nuevamente en la cara.

La va a recibir y si la recibe vas a crecer, vas a madurar, vas a descubrir aquello que te pasa, quien sois y no te vas a desesperar.

Y al mismo tiempo la persona que te escuchó, que te comprendió, se siente honrada porque dice: me ha elegido a mí para que yo le muestre el camino de luz, el camino de vida, el camino que me cambia la vida.

Fíjense en Jesús se acercó allí a la Samaritana en el pozo de Jacob, la mirada es una palabra de Jesús, le pidió: “Dame mujer de beber”.

Y esa persona que estaba botada de la sociedad, esa persona que estaba enferma en su alma y también en su cuerpo, porque no podía apreciar el gozo de vivir, de sentirse persona, se sintió por Jesús valorada, respetada.

Y esa persona se adhirió a Jesús, quedó fascinada por Jesús y nunca más se retiró de Él, le cambio la vida descubrió que Él es el camino, Él es la verdad y Él es la vida.

¿Cuántos hermanos nuestros de los que estamos aquí, porque no decir, él que habla y mucha gente que no conoce a Jesús sufre, tiene enfermedades, tiene hambre y no tiene paz, no se siente querido? Nosotros podemos decirle a Jesús en esta misa que si nos necesita, aquí nos tiene; nuestras manos, nuestros pies y nuestra boca, con corazón.

Para dirigirnos aquellos que no lo conocen con amor, con fe, con confianza, con esperanza, con capacidad de escuchar. Aquí nos tienes Jesús si te servimos.

María Santísima nuestra Madre en esta fiesta del Perpetuo Socorro, queremos decirte que nos ilumines, nos identifiques con ese tu Hijo Jesús para que nos dejemos llevar, como tú que le respondiste: “Hágase en mí, según tu palabra”. Descubriste que era Dios que te pedía y te necesitaba y le dijiste: “Aquí estoy”, y nunca más lo dejaste. Y Dios te llevó al cielo y te dejó aquí en la Iglesia.

Por eso es que venimos aquí a tu casa y nos sentimos propiamente como hijos tuyos, hijos de Dios y hermanos en Jesús.

Jesús, maestro y salvador, junto a Santa María de Guadalupe, queremos decirte: Hágase en mí según lo que has dicho.

Y queremos también, Jesús, decirte que queremos ser tus testigos para ir por todo el mundo y que hagamos discípulos y te conozcan. Y ellos descubran esa palabra de vida y amor que nos has venido a dar a tu Hijo en la cruz.  Amén.

 
 
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