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Versión estenográfica de la
Homilía,
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Rector de
la Basílica de Guadalupe en la Bendición
de la Virgen Peregrina destinada a la Arquidiócesis
de Chicago.
4 de mayo de 2006
Mis
amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo, hermanos
y hermanas de la vida consagrada, queridos hermanos del misterio
sacerdotal, Cabildo y Capellanes de Guadalupe. Recordamos con
profundo gozo aquel 22 de enero de 1999, cuando el Santo Padre
de feliz memoria, Juan Pablo II en este Sagrado Recinto, y precisamente
en este lugar donde me encuentro, en su quinta visita pastoral
a México, nos entregaba la exhortación apostólica
ó sinodal Eclesia in America y es precisamente ésta
exhortación o sinodal Eclesia in America la que nos inspira
para estos viajes que Dios mediante realizaremos a la Unión
Americana, Sudamérica y Centroamérica.
Con motivo del Año Jubilar
Guadalupano arrancamos con estas visitas que serán quince
ciudades las que están programadas, ya que es imposible
visitarlas en este año seguramente se continuaran a lo
largo de los años siguientes. El Papa nos dice en esta
exhortación o sinodal Eclesia in America: la
aparición de María al indio Juan Diego en la colina
del Tepeyac en el año de 1531, tuvo una repercusión
decisiva para la Evangelización, este influjo va más
allá de los confines de la nación mexicana, alcanza
todo el Continente y otros pueblos y América que históricamente
a sido y es crisol de pueblos lo ha reconocido, por eso no solo
en el centro y en el sur, sino también en el norte del
Continente la Virgen de Guadalupe es venerada como Reina de
toda América.
Providencialmente esta visita
se realiza en un momento muy peculiar para tantos hermanos nuestros
que viven en la Unión Americana, nuestros hermanos migrantes,
no hacemos la visita por lo que ha pasado en estos días,
ya esto lo teníamos programado desde el año pasado,
lo hemos concretizado en el mes de enero y después viene
todo esto que sabemos y conocemos. Qué providente es
el Señor, qué grande es nuestra Señora
Santa María de Guadalupe que quiere estar ahí
donde se le reclama, se le necesita para transmitirnos su mensaje
de comunión, solidaridad y hermandad.
Mis hermanos, este es el objetivo
de nuestra visita pastoral a la Arquidiócesis de Chicago,
esta peregrinación tiene un propósito espiritual
muy concreto: culminar precisamente en la ciudad donde hay un
mayor número de hermanos nuestros, de hispanos en la
Unión Americana, la ciudad de Chicago. Les pedimos a
ustedes nos encomienden en estos cinco días de la visita
pastoral para que de verdad aquellos hermanos nuestros experimenten
lo que nosotros experimentamos aquí en el Tepeyac: la
cercanía, la presencia, la dulzura, la ternura de esta
dulce Señora del cielo, Santa María de Guadalupe.
Mis hermanos vallamos ahora
a la fiesta litúrgica que hoy celebramos, la historia
de los apóstoles Felipe y Santiago como de la mayoría
de los doce, hemos de contarla por necesidad en lo que de ellos
se nos dice tanto en los Evangelios, como en los Hechos de los
Apóstoles y en las Cartas de San Pablo, las Cartas Paulinas
o Católicas y observando estas fuentes con atención
los dos apóstoles cuya fiesta celebramos hoy se nos aparecen
de entrada como duros de cabeza y de corazón, ambiciosos
y capaces de comprender las parábolas del Reino, indecisos
en su adhesión, cobardes en la hora del peligro, celosos
de sus privilegios, impacientes por recibir la recompensa, parece
que nos retratan a cada uno de nosotros estos apóstoles,
por eso señalo yo estos defectos de estos dos apóstoles.
Pero estos defectos juntos es
necesario destacar el entusiasmo y la generosidad de estos dos
apóstolos, pues todo ello se necesitaba a grandes dosis
para seguir a un hombre que les hablaba de pobreza, de mansedumbre
y de perdón, se requería tener valor para decidirse,
como hoy también se requiere valor para ser discípulos
de Jesucristo, para seguir en serio a Nuestro Señor Jesucristo
más allá de nuestros defectos, limitaciones y
de nuestras fallas. El Señor nos llama como llamó
a los doce. Cerca del lago de Genesaret vio Jesús a Felipe
y ahí mismo le dijo: “ven y sígueme”;
Felipe tenía casa, mujer e hijos y todo lo deja al instante
y no sólo sigue a Jesús, si no que arrastra este
seguimiento a su amigo Bartolomé: “ven he encontrado
a un Rabí de Nazaret que debe ser el Cristo” y
Bartolomé también siguió a Jesús.
Santiago es nada menos que el
pariente del Señor: ha nacido en Caná cerca de
Nazaret, su Madre María y su padre Alfeo Cleofas pertenece
a la misma familia que José el carpintero y María
su esposa, es por tanto sobrino de la Virgen María, y
pariente de Jesús hermano, es el término que usa
el Evangelio, es uno de los pocos familiares suyos que creyeron
en Él y que le siguieron, es después de la Resurrección
del Señor; sin embargo, cuando la personalidad de Santiago
cobra un relieve muy peculiar probablemente debido a su parentesco
con Jesús, la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén
lo reconoció como su cabeza espiritual.
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En la Primera Lectura que hemos
proclamado, una catequesis de San Pablo acerca de la resurrección
de los muertos, se habían suscitado algunas dudas de la
resurrección de los muertos en la comunidad cristiana de
Corinto, la prueba principal que el apóstol aluce es algo
que transmite porque lo ha recibido y es fundamental, transmite
algo que ha recibido el argumento subyacente es la afirmación
de que nuestra suerte va unida a la fe en Cristo, si Cristo ha
muerto y ha resucitado, también nosotros hemos de morir,
hemos de ser sepultados y resucitar con Él.
Eso que Pablo ha recibido es precisamente
la certeza de la muerte, sepultura y Resurrección de Jesús,
se nos proporciona con ello el concepto de la importancia que
la Tradición posee en la Iglesia, esta tradición
tiene que ser en definitiva apostólica, esto es fundamentalmente
el testimonio de los apóstoles, testigos directos de cuanto
nos trasmiten y por ello con una visión irreparable dentro
de las diversas funciones eclesiales, nadie puede trasmitir lo
que no halla recibido.
Decía al principio de la
Eucaristía, es una ocasión especial, celebrar a
los apóstoles para renovar nuestra fe apostólica,
nuestra fe que está cimentada en el testimonio de los apóstoles,
el testimonio de la visión de Cristo resucitado es una
de las realidades fundamentales que integran la Tradición
y en esta serie de testigos cualificados que San Pablo va luciendo
no podemos dejar de subrayar como aparece también el nombre
de Santiago cuya fiesta celebramos este día, luego proclamamos
el Evangelio de San Juan, los apóstoles piensan que podrían
ver al Padre del cual Jesús les habla y con Él se
identifican totalmente y Jesús se identifica totalmente
con el Padre. Quien ve al Padre, tendrá que ver al Hijo,
quien ve a Jesús sanando a los enfermos, bendiciendo, liberando
a endemoniados, resucitando muertos, está viendo la bondad
del Padre, Jesús está revelando ahí al Padre.
Felipe cuya fiesta celebramos
hoy junto con la de Santiago, le dice: muéstranos al Padre
y eso nos basta, Cristo responde que el Padre no es accesible
a las miradas, si no a la contemplación y que ésta
tiene que apoyarse en el signo por excelencia del Padre: Jesús
el Hijo, sus obras, su Evangelio. Todavía les falta descubrir
el misterio del Hijo, percibir su relación con el Padre,
su papel mediador, la significación divina de sus obras.
Hermanos, a los discípulos
se les exige la fe, que crean y es que la fe es la característica
del discípulo de Jesús. Éste desvela al Padre
porque quiere que los suyos descubran esas obras de conocimiento
que nos llegan a través de la certeza de que somos amados
y redimidos por otro a quien apenas conocemos. Pero que obra por
nuestra salvación y hace llamadas a nuestra responsabilidad.
Por eso el acto de entrega interpersonal a Jesús resume
así mismo toda nuestra entrega en las manos de Dios.
Ojala nos abandonemos al Padre
en el seguimiento gozoso de Jesús, a ejemplo de Santa María
de Guadalupe. Ella es la primera en vivir profundamente los misterios
de Cristo. Ella es el camino seguro para llegar a Cristo y por
eso llevamos a la Señora del cielo allá donde tantos
hermanos nuestros la necesitan para que perciban también
ellos el aliento, la esperanza, la confianza, experimenten la
misericordia de esta dulce Señora del cielo que es trasunto
del amor del Padre.
El apóstol Felipe dice:
quien me ve a mí, ve al Padre, quien contempla a Santa
María de Guadalupe contempla a Cristo Jesús Redentor
y Salvador, contempla también al Padre, por eso ella pide
una casita para en ella mostrar al que es amor, al que es ternura,
compasión, bondad, justicia, en definitiva a Cristo Jesús,
al Padre mismo.
Mis hermanos, pensemos en esto,
reflexionemos en esta palabra, convirtámonos en signos
de la presencia del Padre en medio del mundo, lo mismo que fue
Jesús. En seguirle, en identificarnos con Él, como
hemos pedido en la oración colecta. Él nos llevará
a ser presencia también del Padre celestial como lo es
para nosotros Santa Maria de Guadalupe. Pensando en esto y meditando
esta Palabra, sigamos con la Eucaristía.
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