Amigos
de estos candidatos al Diaconado, muy queridos formadores de nuestro
seminario, queridos sacerdotes que ayudaron en la formación de
estos candidatos al Diaconado, muy queridos Señores Obispos.
Con la imposición de las manos y la oración de la Iglesia, estos
hermanos nuestros entrarán a formar parte de la jerarquía eclesiástica.
Jerarquía, que en su sentido auténtico y original significa:
el que tiene el Poder Sagrado, el que ha recibido el Poder
Divino. Ustedes recibirán el Espíritu de Dios. El Espíritu
Santo a través de un signo muy sencillo que establecieron los
Apóstoles para transmitir lo que ellos habían recibido en Pentecostés.
Ustedes al entrar a esta Jerarquía, saben que no son sus méritos
o sus capacidades. No es lo que ustedes hayan adquirido de experiencia
a través de la vida lo que van ha ejercer, sino lo que van a ejercer
es el poder de Dios.
Especialmente son destinados a servir, a ejemplo de Aquél que
no vino a ser servido, sino a servir, Cristo Jesús. Así nacieron
los diáconos en la primitiva Iglesia, por la necesidad de atender
a los más necesitados.
En nuestro tiempo son muchas las categorías de seres humanos
que necesitan una atención y servicio especial. Ustedes deberán
encontrar los caminos, tener imaginación, dejarse guiar por el
Espíritu para llegar a estos hermanos nuestros tan necesitados
del amor de Dios, tan necesitados de reconocer la presencia de
Dios en obras concretas.
Quizá ya no sean ni las viudas, ni los huérfanos, pero si los
niños de la calle, los encarcelados y otros muchos hermanos nuestros
que están esperando de parte de la comunidad cristiana una mejor
organización, mejores iniciativas para que lleguemos a ellos y
les demostremos que el amor de Dios está en medio de nosotros.
Ustedes son destinados especialmente al servicio, para eso
reciben el Espíritu Santo y la Imposición de las Manos. Ese servicio
también es especialmente a la Eucaristía, ustedes como diáconos
saben que están capacitados para preparar la celebración de los
Misterios Santos. No reciben la Imposición de las Manos para presidir
estos misterios, sino para preparar la celebración de estos Misterios
Santos.
Faltan en nuestra comunidad Arquidiocesana para que los Misterios
Santos sobre todo el de la Eucaristía se prepare adecuadamente.
En muchos ambientes no existe esa preparación, no existen lectores
preparados, monitores preparados, gentes que reciban y despidan
a la comunidad, ni si quiera existen en muchas comunidades cantores
que sepan acompañar la celebración de los Misterios Santos.
El campo que ustedes tienen para servir a la Misa Santa es muy
amplio y como escuchábamos al principio de esta celebración, los
Diáconos reciben la Palabra del Señor para que la difundan y la
lleven a los distintos ambientes.
Sabemos que en esta comunidad arquidiocesana hay muchos alejados
del influjo del Evangelio, ojalá ustedes sepan encontrar caminos
y lleguen a muchos hermanos nuestros que están hambrientos y sedientos
de esa palabra.
Los caminos no están hechos, hay orientaciones generales, pero
se necesita de la iniciativa, ardor, constancia de aquellos que
son consagrados para realizar estos ministerios, pero muchas veces
aunque conozcamos esos caminos, sabemos que hay muchísimas dificultades
al interior y exterior de las comunidades.
Muchas veces no hay el ambiente adecuado para que estos misterios
y ministerios del servicio, a la caridad, al altar, a la Palabra
se realicen adecuadamente. Nosotros nos podríamos quejar de las
dificultades actuales, pero siempre han existido éstas.
Hace 75 años exactamente, cuando México celebraba los 400 años
de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, arreció la persecución
religiosa y sobre todo se hizo presente en Veracruz a tal punto,
que la mayoría de los sacerdotes y el mismo Obispo tuvieron que
salir del Estado, porque el Gobernador Tejeda, un criminal y asesino
buscaba matar no solamente a los sacerdotes, si no a todos aquellos
que expresaran públicamente su fe.
Una táctica fue replegarse en el Estado de Puebla como los
hizo el Obispo de Veracruz Don Rafael Guízar, pero un día se presenta
en Jalapa, en la casa de Gobierno ante el Gobernador y le dice:
sé que usted ha dado la orden terminante de matarme en donde
quiera que me encuentre, no quiero que ninguno de mis feligreses
se manche sus manos con mi sangre, tome su arma y dispáreme.
El gobernador palideció y lo dejo salir, pero el Obispo no confió
en su palabra como era natural, de aquel gobernador asesino, siguió
huyendo.
Y un día se vino a la Villa de Guadalupe, precisamente al Santuario
que tenemos al lado, los Obispos mexicanos estaban celebrando
los 400 años de las apariciones de Santa María de Guadalupe y
él no traía las vestiduras eclesiásticas, como un fiel laico se
quedo entre la multitud, y lo empezaron a reconocer, la gente
empezó a gritar: ¡viva el obispo de Veracruz!, ¡viva Don Rafael!
y no tuvo más remedio que subir a donde estaban los obispos y
le proporcionaron las vestiduras eclesiásticas y celebró los 400
años de las apariciones de Santa María de Guadalupe con los demás
obispos mexicanos.
Esta tarde Don Rafael, nuestro Santo, nuestro obispo mexicano
que ha llegado al máximo que grado que puede aspirar cualquier
cristiano y eclesiástico nos acompaña. Los jóvenes de nuestro
Seminario Conciliar de México lo tomaron desde el principio de
su formación, como su patrono y nos alegramos que ha iniciativa
de ellos puedan estar aquí las reliquias de este obispo santo.
Nos alegramos también, porque sabemos que no solamente son
ustedes los de este grupo del seminario los que lo han tomado
como un modelo de inspiración de vida apostólica y de santidad,
ya en nuestro Seminario Conciliar de México desde hace mucho ha
sido un guía, un punto de referencia para la formación sacerdotal,
de hecho, en el grupo de Mons. Diego, Rector de esta Basílica,
también había sido tomado como el patrono de su grupo, nos alegramos
que Don Rafael haya inspirado a muchas generaciones de nuestro
Seminario Conciliar de México, que siga inspirando a nuestro presbiterio
y seminario a esta vida de santidad. |
|