El Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos, al
hablar de la espiritualidad propia del obispo señala, además
de las virtudes teologales, las dotes humanas de humildad, de
pobreza, de obediencia, de castidad, de fortaleza, de prudencia
y de lealtad, es decir de una vida rica en madurez espiritual
y humana.
La verdad es que esta nobilísima, pero exigente vocación, presenta
un ideal que es inalcanzable en su plenitud. El Papa Benedicto
XVI decía recientemente: "el afán nos impulsa a ser
evangelistas y apóstoles de Cristo, pero todo esto debería ir
unido a la humildad y al reconocimiento de nuestros límites.
Habría que hacer tantas cosas, dice el Papa, pero no soy capaz.
Mis fuerzas no son suficientes para hacer todo. Tengo que aprender
y hacer lo que puedo y dejar el resto a Dios ya mis colaboradores".
En este mismo sentido el Cardenal Pironio hace algunos años
decía: "es preciso comprender, ante todo, el momento
episcopal que vivimos. Está lleno de riquezas y de riesgos,
de claridad y de sombra, de comunión, y de tensiones. A la luz
del Espíritu hemos de descubrir las exigencias de nuestra hora
y esforzarnos por ser fieles, asumiendo con gozo nuestro compromiso
y con serenidad nuestras propias limitaciones" (Boletín
CELAM - Junio 1970 - N. 34).
Al igual que los apóstoles dijeron a Jesús, como así también
nosotros debemos decir: "auméntanos la fe".
Nosotros debemos pedir: ¡Señor, fortalece nuestra debilidad
y, a pesar de nuestras limitaciones auxílianos para ejercer
el ministerio que nos has confiado con la seguridad puesta en
el poder del Espíritu que nos ha revestido de fortaleza para
ser testigos de tu pascua!
Asamblea LXXXII.
Con esta Asamblea culminan los trabajos de un trienio en que
nos propusimos la prometedora tarea de revisar y actualizar
las estructuras internas de nuestra Conferencia. Tal vez alguien
piense que un trienio fue un tiempo demasiado largo. Sin embargo,
teníamos conciencia de que ese trabajo es parte de la labor
que nos corresponde como pastores. Este Servidor lo señaló al
comienzo de la LXXIX Asamblea: "La novedad de los tiempos
que nos toca vivir, la rapidez con que se producen los cambios,
la complejidad de los fenómenos culturales y sus interrelaciones,
nos confirman en el dicho evangélico ‘a vino nuevo, odres nuevos"'.
Podríamos decir que las estructuras son como los odres, el vino
nuevo es la fuerza vivifican te del Espíritu. Esto nos habla
de la grandeza y la humildad de las estructuras: ellas no son
lo principal, ellas no producen la santificación, ellas no son
el objetivo último, pero sin ellas, sin su aporte, en los planes
ordinarios de Cristo, no seremos los centinelas atentos que
vigilan el curso de la noche para anunciar con gozo la llegada
del nuevo día.
Gracias a la acción bondadosa del Padre de quien procede todo
don perfecto, hemos ido recorriendo un camino que hoy nos permite
iniciar un trabajo más articulado, más acorde a lo que nos corresponde
desde una eficiente colegialidad episcopal y más ágil para responder
a los retos que hoy nos plantean las exigentes circunstancias
que nos toca vivir.
Por otra parte, también en esta Asamblea tendremos la elección
de los nuevos directivos de los organismos de la CEM. Deberá
ser un momento conducido por la luz del Espíritu; quede lejos
de nosotros toda aspiración a ocupar cargos, ambicionando poder,
prestigio o afán de dominio. Los oficios entre nosotros son
sólo servicios, que suponen mucho amor, generosa abnegación
y luminoso testimonio.
Comunión fraterna con nuestros hermanos de Oaxaca.
Mientras nosotros nos reunimos aquí fraternalmente, bajo la
mirada de maternal ternura de Nuestra Señora de Guadalupe, afuera
hay quienes viven situaciones de tensión y de dolor. Quiero
referirme, con especial afecto a nuestros hermanos del sufrido
Estado de Oaxaca. En nombre de todos los obispos miembros de
esta Conferencia Episcopal, expresamos nuestra solidaridad a
todas las comunidades oaxaqueñas; también nuestra fraternidad
y cercanía espiritual a los hermanos obispos que sirven como
Pastores en ese Estado de la República y, de manera especial
quiero referirme, al Sr. Arzobispo D. José Luis Chávez Botello
y a su Auxiliar Mons. Oscar Campos Contreras. Hemos seguido,
con interés y preocupación, el desarrollo de los acontecimientos;
hemos estado atentos a los comunicados emanados por los obispos
de esas comunidades. Hemos orado por ellos y con ellos. Sabemos
que los conflictos que ahí se viven han sido generados por situaciones
que vienen de mucho tiempo atrás.
Para encontrar la solución nos vienen a la mente las palabras
proféticas, pronunciadas hace ya más de cuarenta años en el
Concilio Vaticano II: "En nada aprovecha trabajar por
la paz mientras los sentimientos de hostilidad, de menosprecio
y de desconfianza, los odios raciales y las ideologías obstinadas
dividen a los hombres y los enfrentan entre si... para edificar
la paz se requiere, ante todo, que se desarraiguen las causas
de discordia entre los hombres, que son las que alimentan las
guerras. Entre esas causas deben desaparecer, dice el documento,
principalmente las injusticias. No pocas de estas provienen
de las excesivas desigualdades económicas y de la lentitud en
la aplicación de las soluciones necesarias" (G. et
Sp.82).
Ante la complejidad de los acontecimientos y el enrarecimiento
del clima entre los sectores sociales, los obispos queremos
alzar la voz para proclamar que hay esperanza para alcanzar
la paz; que confiamos en el amor de Dios que habita en cada
persona para lograr el respeto a la dignidad del ser humano
y conformar, por el ámbito del diálogo la construcción de una
sociedad oaxaqueña en comunión y en solidaridad.
Centenario de Mons. Alonso Manuel Escalante.
Con gusto hemos aceptado la invitación de los sacerdotes Misioneros
de Guadalupe a unimos al agradecimiento a Dios por el centenario
del nacimiento de Mons. Alonso Manuel Escalante. Esta Sociedad
de Vida Apostólica está íntimamente vinculada con el episcopado
mexicano. Fue fundada en 1949 por iniciativa de los obispos
mexicanos, con el fin de enviar misioneros a los países no cristianos.
Mons. Escalante, nacido en Mérida, Yucatán fue ordenado sacerdote
como miembro de los misioneros de Maryknoll. Después de algunos
años de apostolado misionero, fue designado Vicario Apostólico
de Pando en Bolivia; recibió la Ordenación Episcopal en la antigua
basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, de manos del Excmo.
Sr. Luis María Martínez, Arzobispo de México. El mismo Episcopado
Mexicano invitó, con el consentimiento de Su Santidad Pío XII,
a regresar a México para fundar y ser Rector del Seminario Mexicano
de Misiones, acto que se realizó en octubre de 1949. La Santa
Sede lo nombró Director Nacional de las Obras Pontificias de
la Propagación de la Fe y de San Pedro Apóstol, cargo que desempeñó
hasta su muerte, ocurrida el 21 de junio de 1967 en la isla
de Hong Kong mientras realizaba un viaje para visitar las misiones.
Unidos a todos los muy apreciados miembros de la Sociedad Apostólica
de Misioneros de Guadalupe, nos congratulamos por el gran regalo
que significó para nuestra Iglesia el ministerio misionero de
Mons. Escalante; gracias a su generosidad y capacidad organizativa,
hoy esta institución se ha fortalecido y cuenta con cerca de
150 misioneros diseminados por todo el mundo. A través de Mons.
Escalante se hizo realidad el anhelo del Episcopado Mexicano
de formar y enviar misioneros a los países donde el evangelio
no se había predicado.
Conclusión.
Quiero concluir, hermanos, queremos iniciar nuestra Asamblea
pidiendo a San Rafael Guízar Valencia que este sea un momento
que nos haga más sensibles para fortalecer nuestra tarea de
evangelizadores; esa es nuestra misión y la tarea para la que
fuimos elegidos. Su caridad pastoral y su impulso misionero
nos dispongan a celebrar la V Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano. Con cuanta satisfacción veríamos que este Santo
Obispo misionero en varios países de nuestra región fuera proclamado
Patrono de los obispos del continente junto con Santo Toribio
Mogrobe.
A nuestra Señora de Guadalupe volvemos esperanzados nuestros
corazones, en esta hora difícil, pero también cargada de esperanza
de nuestra historia. A ella le pedimos que nos recoja a todos
en el hueco de su manto y que nos haga crecer en sentimientos
de fraternidad, que seamos sensibles al clamor de los que sienten
que se les ha arrebatado la fuerza vivificante de la esperanza;
que nos convirtamos en merecedores de la bienaventuranza evangélica:
"Bienaventurados los constructores de la paz, porque
ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt. 5, 9). |