Muy queridos hermanos y hermanas, fieles
laicos de Cristo Jesús, queridos hermanos en el Ministerio Diaconal.
Saludo con especial afecto a los familiares,
a las comunidades que han ayudado a estos hermanos nuestros en
la formación sacerdotal y sobre todo quiero agradecer especialmente
a mis colaboradores más cercanos en el Seminario Conciliar de
México, que han ayudado a esta Arquidiócesis. Para que estos hermanos nuestros, hoy
se puedan acercar a recibir la imposición de las manos.
Muy queridos hermanos obispos, la Iglesia
ha nacido en el seno de la Santísima Trinidad, en el misterio
de la comunión trinitaria, a la que el Padre nos llama insertándonos
en Cristo. Esta comunión vivida según la lógica del mandamiento
del amor. “Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes”.
Permanezcan en mi amor, pero solo permanecerán en mi amor si ponen
en practica mis mandamientos lo mismo que yo he puesto en practica
los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Mi mandamiento
es éste: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado, nadie
tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos, ustedes
son mis amigos si hacen lo que yo les mando”.
El nuevo Pueblo de Dios congregado
por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo ha nacido
del núcleo de los Apóstoles que escucharon estas palabras y de
aquellos elegidos por Dios, para renovar “in persona Christi,
el gesto que realizo Jesús en la Última Cena instituyendo el sacrificio
Eucarístico fuente y cima de toda la vida cristiana, de toda la
vida de la Iglesia.
El llamado es un misterio que se resuelve
por la iniciativa de Dios y por la docilidad del corazón humano.
La vocación de Isaías asi lo revela; “vi sentado al Señor en un
trono alto y excelso”, yo dije; “ hay de mi estoy perdido yo,
de hombre de labios impuros, que habito en un pueblo de labios
impuros, uno de los serafines voló hacia mi, trayendo un ascua
que había tomado del altar con las tenazas, me lo aplico en la
boca y me dijo: “Al tocar esto tus labios desaparece tu culpa
y se perdona tu pecado”, entonces oí la voz del Señor que me decía:
“ ¿ A quien enviaré?.
La conciencia de nuestra indignidad
es iluminada por el llamado de Jesús, no me eligieron ustedes
a mi, yo fui quien los elegí a ustedes y los he destinado para
que vayan y den fruto abundante y duradero por eso nadie puede
arrogarse esta dignidad sino aquel a quien Dios llama.
Hermanos y hermanas al elegir a los
hombres como los Doce, Cristo no se hacia ilusiones en esta debilidad
humana, es donde puso el sello sacramental de su presencia, llevamos
este tesoro en vasijas de barro para que aparezca una fuerza tan
extraordinaria que es Dios, que es de Dios y no de nosotros por
eso a pesar de todas las fragilidades de sus sacerdotes el Pueblo
de Dios a seguido creyendo en la fuerza de Cristo y actúa a través
de su ministerio. La carta a los Hebreos, nos recuerda que el
sacerdote es tomado de entre los hombres puesto al servicio de
Dios en favor de los hombres a fin de ofrecer oraciones y sacrificios
por los pecados, saben ser comprensivos con los ignorantes y
los extraviados ya que él también esta lleno de flaquezas.
El carácter sacramental que los distingue
en virtud del orden recibido hace que su presencia y ministerio
sean únicos, necesarios e insustituibles, sin el sacerdocio de
Jesucristo la humanidad volvería a la barbarie, las civilizaciones
desaparecerían y el hombre perdería el camino al cielo y frustraría
su salvación. El sacerdocio de Cristo no es accidental
sino que esta inscrito en su identidad de Hijo encarnado, de hombre
de Dios, ya todo pasa por Cristo, nadie va al Padre sino por mí.
Queridos sacerdotes les invito a redescubrir,
el don y el ministerio que hemos recibido y que recibirán estos
hermanos nuestros. El mismo Cristo fue escuchado en su actitud
reverente y aunque era Hijo, aprendió sufriendo lo que cuesta
obedecer, alcanzar asi la perfección se hizo causa de salvación
eterna para todos los que obedecen y ha sido proclamado por Dios,
Sumo Sacerdote: Cristo en el Gólgota a hecho de su misma vida
una ofrenda de valor infinito “He aquí que vengo hacer oh Dios,
tu voluntad”.
Estas palabras expresan su misterio
y su misión, comienzan a realizarse desde el momento de la encarnación
si bien alcanzan su cúlmen, en el sacrificio del Gólgota desde
entonces toda ofrenda del sacerdote no es más que volver a presentar
al Padre la única ofrenda, la ofrenda perfecta de Cristo hecha
de una vez para siempre: tomen y coman todos de El, porque esto
es mi Cuerpo que se entrega por ustedes, tomen y beban todos de
El, porque este es el cáliz de mi Sangre, sangre de la nueva alianza
y eterna que será derramada por ustedes y por todos los hombres,
para el perdón de los pecados.
Este misterio encierra toda la vida
de la Iglesia, de El ha brotado el torrente de gracias que ha
santificado a la Iglesia a través de los siglos. Sin la obediencia
y comunión amorosa de Cristo al Padre, no habría Eucaristía por
eso la Iglesia pide a sus sacerdotes la oblación amorosa de todo
su ser por medio de la promesa de la obediencia al obispo, es
la obediencia a Cristo, es la obediencia al Padre, junto con la
promesa de castidad y pobreza, con las cuales el sacerdote se
ira transformando en ofrenda permanente por las cuales aquel que
reciba la imposición de las manos se va configurando con Cristo,
obediente con Cristo cabeza, hagan esto en conmemoración mía.
Estas palabras de Cristo, aunque dirigidas
a toda la Iglesia, son confiadas como tarea especifica a los
que continuaran el ministerio de los primeros Apóstoles, a ellos
Jesús entrega acción con la que Él se manifiesta como sacerdote
y victima diciendo: “Hagan esto”, no solo señálale acto sino también
el sujeto llamado actuar, es decir instituye el sacerdocio ministerial
en el cual el Espíritu Santo. Infunde los mismos sentimientos
de Cristo, la presencia real de Jesucristo será siempre garantizada
por el Espíritu Santo, cuya efusión en la celebración Eucarística
hace que el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre
de Cristo.
La nueva presencia de Cristo, su nacimiento
Eucarístico en el cenáculo será ininterrumpidamente todo se celebra,
la Eucaristía, la Eucaristía celebrada por la fuerza del Espíritu
Santo y ustedes, son Eucaristía, van a ser transformados, van
a ser consagrados en esta víspera de Pentecostés por la fuerza
del Espíritu Santo, es el Espíritu de Dios el que los transforma,
el que los configura con Cristo para nosotros es una alegría y
también una fuente de responsabilidad de estar tan estrechamente
vinculados a este ministerio.
En todos los sacerdotes veneramos la
imagen de Cristo, que han recibido con la consagración, el carácter
que marca indeleblemente a cada uno de ellos. ustedes van a ser
transformados, configurados con Cristo en ustedes, todos los que
somos del pueblo de Dios reconocemos la presencia de Cristo. Muchos sacerdotes a través de los siglos
han encontrado en la Eucaristía, el consuelo, la fortaleza y la
alegría para caminar entre las tinieblas de este mundo.
Sólo los santos con la intensidad de
su amor pueden penetrar la profundidad de este misterio de la
Eucaristía y del sacerdocio: apoyemos como Juan la cabeza en el
pecho de Jesús, ahí nos encontraremos en efecto en la cima del
amor. Ponemos en el corazón amoroso de Santa María de Guadalupe,
el sacerdocio de estos hermanos nuestros y por su intersección,
pedimos al dueño de la mies, que siga mandando operarios a esta
Iglesia, a toda su Iglesia. |
|