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Homilía
pronunciada por
Mons. Pedro Pablo Elizondo Cárdenas, en ocasión de la peregrinación de la Prelatura de Cancún, Chetumal a la Basílica de Guadalupe.

25 de julio de 2006

“Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de su seno”. Querido hermano Mons. Jorge Bernal Vargas, Obispo emérito de la Prelatura de Cancún-Chetumal, queridos hermanos sacerdotes y queridos hermanos fieles, peregrinos de la Prelatura de Cancún-Chetumal:

Con el corazón lleno de profunda alegría e inmensa gratitud hemos llegado desde nuestras  lejanas tierras de Quintana Roo, hasta este significativo cerro del Tepeyac, a este hermoso santuario de Guadalupe, en esta hermosa mañana, para encontrarnos con Nuestra Madre y Reina del cielo, la más amorosa de las madres, la más poderosa de las reinas.

Así como el niño saltó de gozo en el seno de Isabel, y así como Isabel quedó llena del Espíritu Santo, así nosotros en este hermoso encuentro queremos todos quedar llenos de gozo y del Espíritu Santo.

También nosotros al escuchar su saludo dulce y bendito queremos exclamar con gran voz, como santa Isabel:  “Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno”. O como exclamamos los mexicanos: ¡Viva la virgen de Guadalupe!.

Guadalupe significa tanto para nosotros los mexicanos!!. Significa la fe, la identidad y la unión de un pueblo con multiplicidad de etnias diferentes. Guadalupe significa el amor maternal de predilección de María Santísima a esta tierra de México desde los mismos albores de nuestra Patria.

Guadalupe significa el encuentro tierno, amoroso y providencial del indio Juan Diego y de todo el pueblo de México con su madre amantísima del cielo. Guadalupe significa el centro espiritual y la cuna espiritual de nuestra Patria.

Así como María Santísima después de la Anunciación del angel y la concepción del hijo de Dios en su seno bendito, se apresuró a visitar a su prima Santa Isabel, así también en cuanto llegó el anuncio del Evangelio a estas tierras americanas y el hijo de Dios se hizo presente en nuestra Patria, la Virgen Santísima de Guadalupe se apresuró a visitarnos. Es un privilegio y una predilección que no merecíamos pero que Dios quiso regalarnos. “Non omni nationi fecit taliter” .

La visita de María Santísima a nuestra Patria apareciéndose a San Juan Diego y quedándose estampada en su Tilma bendita, ha sido el acontecimiento espiritual más maravilloso y trascendente  que marcó y dio identidad a nuestro pueblo mexicano. Nos sentimos inmensamente orgullosos, felices y agradecidos por esta predilección y privilegio único que nos vino del cielo.

Así como ella nos visitó, así estamos nosotros ahora visitándola, aquí estamos presentes, fieles a nuestra cita anual en este Año Jubilar Guadalupano. Aquí estamos para contemplar en su milagrosa imagen y agradecerle tantas gracias y bendiciones que nos ha alcanzado a lo largo de este año.

Aquí estamos para  recibir su bendición maternal. Aquí estamos para encomendarnos a su poderosa intercesión y decirle con todo el cariño de nuestro corazón: “Bendita tú entre la mujeres y bendito el fruto de tu seno”.

Quiero saludar con particular afecto y gratitud a todos sacerdotes aquí presentes, que han querido reunirse para orar, para mantenernos unidos juntamente con María en oración, para poder mantenernos siempre unidos en nuestra misión. Quisiera aprovechar este momento para agradecerles públicamente y delante de nuestra Madre Santísima de Guadalupe, tanta generosidad, tanta entrega, tanto entusiasmo y tanto sacrificio con que sirven día a día al pueblo de Dios de nuestra iglesia particular de Cancún-Chetumal.

Quiero saludar también con especial afecto y gratitud a todos los fieles de Quintana Roo  que han hecho el gran esfuerzo y sacrificio de venir en peregrinación hasta este lugar santo y bendito, desde todas las parroquias de la Prelatura. Agradezco profundamente este signo de amor a la Iglesia y de devoción sincera a nuestra madrecita del Tepeyac. Que su testimonio luminoso sirva de ejemplo a otros muchos fieles de todas las parroquias de nuestra Prelatura, que le contagien ustedes ese amor a la Virgen, a todos los fieles, que compartan con ellos el tesoro de la fe y de la confianza a la Virgen Santísima de Guadalupe.

Vamos a poner en sus manos orantes, todas las preocupaciones, las ilusiones, las prioridades, los trabajos, las necesidades de nuestra Prelatura y de nuestro pueblo de Quintana Roo.

Venimos a decirle: Bendita tú entre las mujeres –como lo hizo santa Isabel--, a bendecirla por todas las cosas grandes, hermosas, maravillosas, que Dios hizo con la humildad de su esclava. Porque Dios la quiso enriquecer con esa suma prerrogativa y dignidad de ser Madre de Dios-Hijo, y por eso hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo. Y así la ha distinguido con el don de una gracia de santidad  enteramente extraordinaria que aventaja a todas las criaturas celestiales y terrenales. Y es proclamada por la Iglesia, como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia, y es venerada con afecto de piedad filial como Madre amantísima de Dios, de Cristo y de la Iglesia.

Por eso, con todo el afecto y cariño de nuestro corazón, exclamamos con santa Isabel, con gran admiración y devoción: “Bendita tú entre la mujeres y bendito el fruto de tu seno”. Venimos todos unidos como un solo corazón y una sola alma, como los primeros apóstoles que estaban y permanecían unidos en la oración juntamente con María. Todos tenemos algo que agradecerle, algo que pedirle, todos tenemos alguna intención muy particular en nuestro corazón, que encomendarle.

Todos queremos sentir su consuelo aquí en este santuario, donde Ella quiso prodigar todo el amor de su corazón sobre este pueblo. Todos queremos sentir su compañía, refugiarnos en su regazo y escuchar aquella dulce voz que le fijo a San Juan Diego: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?, ¿no estás bajo mi sombra y mi resguardo?, ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?, ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?. Que ninguna cosa te aflija o te perturbe”. Queridos hermanos y hermanas, vamos a poner en las manos orantes de la Virgen Santísima, las prioridades pastorales de nuestra Prelatura.

El día primero de octubre del año 2005, tuve la dicha de tener la audiencia con su Santidad Benedicto XVI en Roma, y al final de su conversación me impresionó sobremanera la claridad con que nos marcó las prioridades pastorales para nuestra Prelatura. En primer lugar,  el seminario. Gracias a Dios pudimos inaugurar el dos de septiembre del año pasado nuestro seminario menor en Chetumal. Para el próximo año contaremos, Dios mediante, con 55 seminaristas menores y con 22 seminaristas mayores. Hemos tenido la dicha inmensa de la ordenación sacerdotal de cuatro nuevos sacerdotes diocesanos, en el mes de junio pasado. Ponemos pues, en las manos orantes de María Santísima, la perseverancia de estas vocaciones y la santidad de estos nuevos sacerdotes que Dios nos ha regalado.

El gran reto y la gran meta de nuestra Prelatura es la nueva evangelización, de la que tanto nos habló el queridísimo papa Juan Pablo II. No dejar ninguna comunidad sin evangelizar, ninguna familia, ningún hogar, ningún corazón, sin la luz del Evangelio. Nueva Evangelización también significa para nosotros una pastoral más especializada que llegue a cada sector de la sociedad, que llegue a la familia, a los jóvenes, a la educación, a cada uno de los sectores más necesitados de nuestra sociedad.  

Para ello necesitamos no sólo sacerdotes sino apóstoles laicos comprometidos que quieran compartir el tesoro de su fe con sus hermanos. Hemos tenido a lo largo del año, varias misiones de laicos,  muy numerosas,  como la gran misión en Chetumal, 14 , 15 y 16 de julio; las misiones médicas.

Este año se ha doblado el número de misioneros laicos que se han movilizado, que han pasado ya los tres mil misioneros laicos. Siete mil laicos comprometidos en el apostolado se reunieron en la plaza de Toros de Cancún para pedir al Espíritu Santo la luz y el ardor misionero en la vigilia de Pentecostés. Esperamos que se haga una tradición fuerte y arraigada en nuestra Prelatura. La vigilia de Pentecostés, la gran misión anual, la marcha misionera maya, que este año contó con 500 misioneros jóvenes de la zona maya.

Han sido pues miles los laicos que han salido de su casa para ir a misionar a otras comunidades, pero aún necesitamos más evangelizadores, más miles de evangelizadores, de catequistas y de misioneros valientes,  generosos y entusiastas, que vayan de casa en casa llevando la palabra y cumpliendo el envío misionero: “Vayan por todo el mundo a predicar el Evangelio”.

Nos preparamos para la V conferencia del Episcopado Latinoamericano. La iglesia nos convoca para la gran misión latinoamericana. Es el soplo del Espíritu Santo que está inspirando a la Iglesia y a muchos miles de fieles, les está pidiendo que sean misioneros, que sean discípulos, que la Iglesia realmente se transforme en una Iglesia misionera evangelizada y evangelizadora. La iglesia necesita encontrar en cada bautizado un corazón de apóstol, discípulo fiel  y misionero intrépido.

Queridos hermanos, la Iglesia los necesita, nos necesita, Cristo nos necesita, nuestros hermanos nos necesitan. Recuerdo claramente, en la semana santa cuando fui a visitar uno de los pueblos, me decía un señor: “por favor señor obispo no se olvide de nosotros, el miércoles de ceniza el padre no pudo venir a ponernos la ceniza, y nos dolió mucho, nos dolió mucho habernos quedado sin ceniza. Por favor no nos abandone, no nos olvide. Yo entiendo que el sacerdote tiene 33 pueblos y no alcanzó a llegar, pero nos dolió mucho no haber recibido nuestra ceniza”.

Los laicos, misioneros, apóstoles, pueden llevar la Palabra de Dios,  pueden ser ministros, pueden ser diáconos, pueden ayudar a sus hermanos, pueden formar a sus hermanos en la fe, ahí los están esperando en tantas comunidades. Esa es la segunda prioridad que nos encomendó el Papa, la formación de catequistas evangelizadores, misioneros laicos, formarlos en el amor a Jesús, que se enamoren de Jesús, que conozcan a Jesús, que lo amen de tal manera y que sean incapaces de quedarse callados, de no anunciarlo, de no proclamarlo a sus hermanos, de no compartirlo con sus hermanos.


“Si me amas, apacienta”. Querido hermano, si tú amas a María, si tú amas a Cristo y por eso has llegado hasta este santuario, si te ha tocado el corazón no puedes quedarte callado. Si lo amas, tienes que anunciarlo. El amor a Cristo está en el compromiso de anunciarlo con entusiasmo, con ardor, con infatigable esfuerzo.

Que María Santísima nos dé ese corazón de apóstoles, encienda ese corazón. María Santísima, tú que eres bendita entre las mujeres, tú que eres la estrella matutina que anuncia a Cristo el sol naciente, tú que eres la Estrella de la Evangelización, tú que desempeñaste un papel tan importante en la primera evangelización de estas benditas tierras mexicanas, intercede por nosotros y alcánzanos la gracia del ardor misionero, del corazón misionero, en cada bautizado.

No basta estar bautizados, no basta decirse cristianos, hay que ser apóstoles, discípulos, que lo conozcamos y nos amemos, de tal manera que no podamos callar esa experiencia y ese amor a Jesucristo. Necesitamos llevar adelante la enorme y apasionante misión que Cristo nos confía.  Ayúdanos Virgen Santísima, a seguir construyendo una Iglesia viva, joven, evangelizada y evangelizadora, una Iglesia misionera. Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno, Jesús. Llévanos a Jesús, enamóranos de Jesús, haznos apóstoles incansables de Jesús.  

La tercera prioridad que me marcó el Papa: la caridad. Caritas, como nos dice en su encíclica “Deus caritas est”. Vivir el amor y así llevar la luz del Evangelio al mundo de hoy.  El mundo de hoy está cansado, saturado y desengañado de tantas palabras y promesas, sólo los hechos le dicen algo. Las obras de caridad son la mejor evangelización de la Iglesia, son la nueva evangelización de la Iglesia.

Después del huracán Wilma la Iglesia católica de Cancún-Chetumal pudo distribuir mil 200 toneladas de ayuda en despensas. Ayuda enviada por las caritas diocesanas y la caritas nacional. También varias empresas privadas, universidades, pidieron a la Iglesia que distribuyera ella su ayuda a los damnificados y necesitados.

Las universidades, la Universidad Anáhuac, los colegios de los legionarios de Cristo también nos hicieron llegar una ayuda muy valiosa no solamente para los damnificados sino también para la reconstrucción de las iglesias y capillas que fueron destruidas o afectadas por el huracán Wilma.

No puedo olvidar el ejemplo heroico de las hermanas de Paipid que en cuanto supieron la necesidad de las comunidades de Agua Azul se lanzaron en su auxilio, sin importarles peligros y sacrificios. Consiguieron un trailer lleno de despensas, amarraron una camioneta atrás del trailer y se fueron atravesando las lagunas que a veces tenían hasta dos y tres metros de hondo de agua, pero ellas no podían parase sabiendo que aquellos pueblos estaban aislados después de ocho días del huracán, sin ayuda, sin medicinas, sin alimentos. Y ahí amarradas al trailer, abriendo el trailer las olas de la laguna, atravesaron y llegaron a la una de la mañana a Agua Azul, y de ahí a las demás comunidades les distribuyeron la ayuda y la asistencia médica.

Vivir el amor y así llevar la luz del Evangelio al mundo de hoy, esa es nuestra misión, esa es la evangelización. Virgen Santísima, ayúdanos a vivir el amor como tú lo viviste cuando fuiste a socorrer a tu prima santa Isabel. Le llevaste la caridad de tu corazón, de tu servicio, de tu saludo y en cuanto llegó tu caridad a su casa y tu saludo a sus oídos, quedó llena del gozo y llena del Espíritu SantoBendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno!”.

Te pedimos Virgen Santísima que nos ayudes a seguir tu ejemplo luminoso de caridad, de servicio y de ayuda a los más necesitados. Tú sabes muy bien que muchos de nuestros hermanos viven en una situación de pobreza extrema, de máxima marginación, no permitas que nos acostumbremos a su miseria y que pasemos de largo indiferentes ante sus necesidades.

Bendice y fortalece a nuestros gobernantes, para que juntos gobernantes y gobernados, construyamos una sociedad más justa, más solidaria, donde reine el respeto a la dignidad de la persona, respeto a la vida, la paz social.

Cada año sufrimos la temporada de los huracanes producidos por la naturaleza, pero tal vez los huracanes más dañinos son los huracanes de ideas, costumbres y culturas extrañas y ajenas a nuestro pueblo que amenazan descomponer la sociedad, desintegrar la familias y pervertir la juventud.

Ponemos bajo tu amparo y protección a todas esas familias en peligro de romperse. Ponemos bajo tu amparo y protección a tantos jóvenes solicitados por todo tipo de tentaciones. Ponemos bajo tu amparo a tantos niños solos que, aunque tengan padre o madre, se ven obligados a vivir en terrible soledad; cuídalos, protégelos y acompáñalos Virgen Santísima de Guadalupe. Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno.

Oh dulce Señora del Tepeyac, la más amorosa de las madres, la más poderosa de las reinas, la bendita entre las mujeres, visita y conforta las familias cristianas para que eduquen ejemplarmente a sus hijos en la fe y en el amor, para que sean semilleros de vocaciones sacerdotales y  apostólicas. Vuelve tu mirada sobre los jóvenes y anímalos a caminar tras  Jesucristo, a conocer a Jesucristo, a amar a Jesucristo, a anunciar a Jesucristo, como ellos lo saben hacer, con el entusiasmo y el ardor de su juventud.

Señora y Madre de nuestra Prelatura, confirma en la fe a nuestros hermanos, para que en todos los campos de la vida social y profesional, cultural y política, actúen de acuerdo con la verdad y la ley del amor y de la justicia que tu hijo Jesús nos ha traído a la humanidad.

Mira propicia la angustia de cuantos padecen hambre, soledad, marginación, ignorancia. Cuida a los que están de paso en esta tierra que no tienen ni casa ni familia. Haznos reconocer en ellos a tus hijos predilectos y danos el ímpetu de la caridad para ayudarlos en sus necesidades.

Virgen Santísima de Guadalupe, salva nuestra sociedad en las garras de la corrupción y de la descomposición. Salva a las familias  de la desintegración. Salva a nuestros jóvenes de las garras de la drogadicción, del alcoholismo, del pandillerismo, del libertinaje sexual.

¡Oh Bendita entre las mujeres! llévanos a Jesús, muéstranos a Jesús, danos a Jesús. Llenos del gozo que da el espíritu Santo, te saludamos, te damos gracias, te pedimos y suplicamos tu intercesión y volvemos a exclamar con tu prima santa Isabel: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno”. Así sea

 
 
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