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La
Señal: Las Flores
(N. M. vv. 122-146)
Y Juan Diego, apenas oyó
el venerable aliento, la amada palabra de la Reina del Cielo,
muchísimo con ello se consoló, mucho con ello quedó satisfecho
su corazón. Y le suplicó instantemente que de inmediato tuviera
a bien enviarlo de mensajero para ver al gobernante Obispo,
para llevarle la señal, su comprobación, para que le creyera.
Y la Reina del Cielo de
inmediato se sirvió mandarle que subiera arriba del cerrito,
allí donde antes había tenido el honor de verla. Se dignó
decirle: «-Sube, Hijito mío queridísimo, a la cumbre del cerrito,
donde me viste y te di órdenes. Allí verás que están sembradas
diversas flores: Córtalas, reúnelas, ponlas juntas. Luego
bájalas acá, aquí ante mí tráemelas». En seguida se puso a
cortarlas, todas absolutamente las juntó, llenó con ellas
el hueco de su tilma.
Y conste que la cúspide del cerrito para nada es lugar donde
se den flores, porque lo que hay en abundancia son riscos,
abrojos, gran cantidad de espinas, de nopales, de mezquites,
y si algunas hierbezuelas se dan, entonces era el mes de diciembre,
en que todo lo devora, lo aniquila el hielo.
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Bajó en seguida trayendo
a la Reina del Cielo las diversas flores que le había ido
a cortar, y Ella, al verlas, tuvo la afabilidad de tomarlas
en sus lindas manos, y volvió acomodárselas en el hueco de
su tilma. Se dignó amablemente a decirle:
«-Hijito queridísimo,
estas diferentes flores son la prueba, la señal que le llevarás
al Obispo. De parte mía le dirás que por favor vea en ella
mi deseo, y con eso ejecute mi deseo, mi voluntad. Y tú… tú
eres mi plenipotenciario, puesto que en ti pongo toda mi confianza.
Y con todo rigor te ordeno que sólo exclusivamente frente
al Obispo despliegues tu tilma y le muestres lo que llevas.
Y le contarás con todo detalle cómo yo te mandé que subieras
al cerrito para cortar las flores, y todo lo que viste y admiraste.
Y con esto le conmoverás el corazón al Gran Sacerdote para
que interceda y se haga, se erija mi templo que he pedido.»
Y al dignarse despedirlo
la Reina del Cielo, vino a tomar la calzada, viene derecho
a México, viene feliz, rebosante de alegría, ya así viene,
rebosante de dicha su corazón, porque esta vez todo saldrá
bien, lo desempeñará bien. Pone exquisito cuidado en lo que
trae en el hueco de su tilma, no vaya a ser que algo se le
caiga. Viene extasiado por el perfume de las flores, tan diferentes
y maravillosas.
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