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Código interno y caracterizaciones

Todo relato o discurso posee una armonía que no es fruto de la simple suma de proposiciones. Tiene una organización que siendo inherente a todo sistema de sentido, en su caso, va más allá de la frase.

Dando un paso más, lo que queremos destacar en este momento, es que la organización propia y estructura literaria del texto tlahtolli del Nican mopohua; es decir, su código interno, es en sí mismo pedagógico. Es por esto también, entre otros factores, que la meditación de las principales acciones que nos relata y de los paradigmas de acción que contiene, nos abre a la posibilidad de hacer súplicas, reflexiones y planteos, que favorezcan la mejor vivencia de los hechos educativos que nos toca protagonizar. Nos abre a la ocasión, como hemos podido comprobar al transitar el novenario, a aproximarnos a concretar nuestros acontecimientos evangelizadores, en la línea de lo que nos desafía a ser, encarnar y buscar el milagro del Tepeyac.

Es que sus grandes escenas o secuencias, correspondientes a los encuentros de Juan Diego con Nuestra Señora de Guadalupe y a sus entrevistas con el obispo, se estructuran con momentos que son análogos a los que se dan en todo acontecimiento educativo, asistemático o sistemático, sea cual fuere. De modo idéntico, en ambos casos, se suceden y reproducen en su interior unidades lógicas o sub-escenas de aproximación, desarrollo y desenlace. Las mismas, antes de que, entre flores (ver Esta obra, subtítulo “Séptimo día”), Ella se pinte en la tilma (ver Esta obra, subtítulo “Octavo día”), se plasman eso sí, según dos modelos pedagógicos contradictorios.

Y es por esto último que los encuentros de Juan Diego con Nuestra Señora de Guadalupe o sus entrevistas con fray Juan de Zumárraga, antes de esa estampación,  tienen un carácter marcadamente antitético u opuesto. En toda ocasión, las acciones de la Virgen realmente hacen muy fácil el acercamiento y el estar con Ella al indio, a tal punto que incluso le habla con el mismo ambiente, o lo “espera”, o bien se “cruza” en su camino cuando éste la pretende evitar. Por el contrario, antes de que la Niña Celestial regale su Imagen, la narración muestra al vidente del Tepeyac dirigiéndose a la presencia del obispo pero padeciendo hechos que dificultan su acceso a él. Las conversaciones en los encuentros con la Madre, parten de su confianza en el indígena y de escucharlo; entonces su palabra lo dignifica y da lugar a su despliegue y acción (ver Esta obra, subtítulo “Primer día”); o, por el contrario, tienen su raíz en la sospecha de los europeos y adquieren un carácter inquisitorial (ver Esta obra, subtítulo “Segundo día”). Así, y como consecuencia de todo lo anterior, confiado y feliz se va Juan Dieguito luego de estar con la Reina del Cielo, abatido y triste tras pasar por el palacio episcopal.

Observamos de esta forma, al considerar los sucesos detenidamente, que entre otros aspectos, se puede identificar o caracterizar a la Virgen Morena con el amor compasivo y atrayente, a su mensajero con una obediencia reflexiva, al anciano tío con el ser testigo calificador de la palabra de su sobrino. Al obispo, con la incredulidad desconfiada y la fe activa y entusiasta; y a sus próximos y ayudantes, con el hostigar y perseguir hipócrita o acompañar respetuoso y generoso, según los consideremos, antes o después de que se quede en la tilma del indio la Persona de la Amada Madre de Dios.

De los diversos protagonistas capitales que participan en la historia del milagro, Nuestra Madre de Guadalupe (ver Esta obra, subtítulo “Tercer día”) es entonces el más importante, en tanto y en cuanto es la heroína que conduce a pasar de una situación de paz mortal, como la del sepulcro, a una de paz de plenitud, propia del Resucitado. Ella es ayudada en su deseo de que todos sus hijos sean más felices y se traten como hermanos, recibiendo al Hijo y su salvación (ver Esta obra, subtítulos “Noveno día” y “Día final”), aunque de distinto modo, por sus colaboradores y enviados: Juan Diego Cuauhtlatoatzin (ver Esta obra, subtítulo “Cuarto día”) y su tío Juan Bernardino (ver Esta obra, subtítulo “Sexto día”). También, hacia el final, por el destinatario inicial de su mensaje, el obispo Zumárraga, y por las personas cercanas a él, que anteriormente se oponían. El primero con algo de comprensible prudencia y los últimos, con una cuota de agresividad y malicia, no presente en el prelado (ver Esta obra, subtítulo “Quinto día”).   

 
 
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